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Cuidar al cuidador

  • Manuel Sarobe Oyarzun
21/07/2020

Leo que los médicos navarros son los que menos salario bruto, sin guardias, cobran de España. Sigo leyendo que los españoles son, a su vez, los segundos peor pagados de Europa. A la vista de ello parece claro que la asignatura más importante a cursar por los futuros doctores es el inglés, pues es la que les permitirá trabajar allá donde más se valore su profesión. La página web del colegio de médicos de Navarra, sin ir más lejos, informa de una oferta para ejercer la medicina de familia en Dublín con un sueldo de entre 140.000 y 150.000 euros anuales, el triple que aquí. Quienes hablen euskera también encontrarán mejores condiciones cruzada la muga.


Me pregunto por qué una comunidad que en muchos órdenes es la más generosa -renta básica, por ejemplo- paga tan mal a sus facultativos, todavía no repuestos de los recortes de 2010. Por qué no perciben una retribución acorde con nuestra renta per capita, coste de vida y elevada fiscalidad. Cataluña, cuya deuda pública multiplica por 25 la de aquí, abonará próximamente a sus doctores una extra por el Covid-19. ¿Se merecen acaso menos los navarros? Si no hay presupuesto, ¿no pueden ser gratificados con más vacaciones para aliviar la enorme presión a la que la pandemia les está sometiendo? Quizás tenemos dinero, pero no sabemos administrarlo. Recordemos, una vez más, que María Chivite, priorizando su interés personal al general, ha dilapidado 24 millones de euros creando cargos innecesarios solo para pagar favores políticos.


Los galenos forales añaden a sus infrasalarios otros problemas crónicos como la alta tasa de interinidad, el insuficiente tiempo por paciente -a quien el médico mira menos que a su ordenador-, la profusión de tareas administrativas y burocráticas, la dificultad para cubrir las bajas, el aumento de las quejas y agresiones, la creciente presión asistencial que provoca una sobrecarga laboral causante de patologías asociadas al estrés y que quizás explique el elevado índice de suicidios de este colectivo... Es sintomático que un buen número de estos profesionales tan vocacionales ansíe jubilarse anticipadamente.


Nótese que hay médicos que no dejan de serlo cuando cuelgan la bata. Unos porque se llevan a casa la preocupación por un diagnóstico, por la evolución de un operado o la pena por una muerte, aunque fuera inevitable. También las alegrías, claro está. Otros porque continúan su formación robando tiempo a su vida personal o familiar. Los emolumentos de estos profesionales deberían estar a la altura de su alta capacitación -alcanzada tras 6 años de una carrera a la que solo acceden los mejores, seguidos, de aprobar el MIR, de otros 4 ó 5 de especialidad- y de su responsabilidad. Nuestras vidas están en sus manos. No es lo mismo que un funcionario del Catastro se equivoque perimetrando una parcela, que el bisturí de un cirujano seccione lo que no debe. Valoremos, además, su disponibilidad, pues nuestra salud no solo se atiende en horario de oficina.


Reconozcamos económicamente la labor de los médicos, empezando por los de atención primaria, depositarios de nuestros secretos más íntimos; auscultadores de almas, además de cuerpos; hombres y mujeres ante cuya sola presencia experimentamos un efecto sanador. Añadamos a los especialistas y, particularmente, en tiempos de epidemia, a quienes se vacían en unas urgencias saturadas o en la UCI de los milagros. Si se agudizan los rebrotes quizás haya facultativos que decidan no volver a ser héroes. No enfrentarse, desprotegidos, a un virus arriesgando su vida y la de su familia. No conformarse con unos bienintencionados aplausos desde los balcones. No sacrificarse por una sociedad que ha descuidado las medidas de prevención. Y, si es así, nada cabrá reprocharles. Porque no podemos pretender ser cuidados por aquellos a quienes nosotros mismos no cuidamos.


Manuel Sarobe Oyarzun

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