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Cigüeñas sobre Barañáin

  • José Mª Redín Berdonce
12/09/2020

Era una tarde de verano, las gentes iban y venían paseando por las calles del pueblo. Los matrimonios jóvenes con sus hijos, los abuelos con los nietos, aquel con la bici, el otro con el perro… Cuando de pronto como si fuese una nube apareció aquello… “¡Mirad!”, les decía un abuelo a sus nietas Lucía, Jimena y Martina, “cuántas aves hay en el cielo”. Eran una bandada de cigüeñas venida de lejos… Nadie se paró a contarlas pero por el tamaño que aquello tenía se trataba de cientos. El espectáculo, además de curioso, era bonito ver cómo las cigüeñas con su elegante y estilizada figura subían y bajaban a la vez que dibujaban en el cielo círculos concéntricos, para después suavemente posarse en antenas y aleros. Tampoco dejaba de ser curioso a la vez que sorprendente que desde aquellos instantes hasta que dejaron de verse nadie hablo más del maldito virus ni la causa de sus muertes.

Y es que con tanta mascarilla y tantos miedos se nos está olvidando poco a poco lo que es mirar al cielo. Más tarde después de lo que habíamos visto y a las aves alzar el vuelo al mirar alrededor y ver de nuevo aquellas nietas con el abuelo pensé “Aquí también hay vida”. ¡Ya lo creo que hay vida! No tenemos nada más que mirar un poco alrededor de nosotros para darnos cuenta que los que hoy hemos estado aquí somos tan afortunados que aunque tengamos que lavarnos la manos, ponernos guantes, mascarilla y guardar las distancias con tanto recelo, todavía estamos vivos y podemos vernos. Por eso cuando miremos hacia arriba y veamos pasar alguna vez esas nubes de plumas blancas, sea en el verano o sea en el invierno, acordémonos que aquí abajo también hay vida… Y ya solo por eso podemos estar contentos.

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