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LIBROS Y CINE

"La vida no tiene tema ni argumento"

 

Gonzalo Suárez
Gonzalo Suárez
  • NEREA ALEJOS.DN.Pamplona
Actualizada 10/10/2011 a las 14:33
 Su autobiografía, -aunque él no la termina de considerar así-, se titula El hombre que soñaba demasiado (2005). Más conocido como director de cine, Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) pisa con frecuencia el terreno literario para desdibujar la frontera entre lo vivido y lo soñado, como bien se puede apreciar en su última novela, El síndrome de albatros, que presentó ayer en los Diálogos de medianoche que organizan Caja Navarra y Diario de Navarra. En su visita a Pamplona, Suárez se remontó a los Encuentros del 72, aquella cita insólita con la cultura de vanguardia que emergió en los estertores del franquismo y a la que fue invitado.

¿Cómo interpretó usted los Encuentros del 72?



Fue muy interesante y relevante, aunque estaba esa reticencia de qué podíamos hacer bajo la dictadura de Franco. ¿Dejabas de hacer todo, o salías corriendo y te ibas? Entonces nos dimos cuenta de que otra forma de pelear contra la dictadura era crear objetos culturales.

¿Por qué se marchó a París en los años cincuenta? ¿Qué buscaba allí?



Huir del franquismo, pero no solo como dictadura, sino como la mediocridad absoluta que había impuesto. Era una mentalidad que la palpabas. Y entonces había un hambre de lo prohibido que daba sentido a todo. Pero, sobre todo, París era mi padre, un catedrático de francés que en la guerra perdió la cátedra y por fortuna no perdió la vida. También, por fortuna, yo no fui al colegio hasta los diez años. Fue mi padre quien me instruyó, me enseñó a leer y a escribir y me contaba historias de aventuras.

¿Aquel fue entonces su germen literario?



Sí, y también las historias que yo me inventaba en la biblioteca de mi padre o en aquel pasillo largo de casa. Esa es la génesis de lo que me sigue incitando: tratar de que algo pase, incluso convertir la literatura en acción. Curiosamente, esto que puede parecer reminiscente o nostálgico, ha pasado a convertirse en un síndrome de vida. Quiero captar cada instante. Y entiendo que la literatura no tiene nada que ver con eso, porque conlleva una ordenación que es mentira. Yo no recuerdo mi vida de una manera cronológica, como un recuento de datos. La vida es una bofetada limpia, aquí y ahora.

¿La literatura es una manera de ordenar el caos de la vida?



Exactamente. En el fondo, lo que cuento me importa bastante poco, sobre todo la temática. La vida ni tiene tema ni tiene argumento; el destino sólo existe a posteriori. A mí me lleva más tiempo la cadencia musical de las palabras que lo que cuento.

Entonces, ¿cómo escribió su autobiografía, El hombre que soñaba demasiado?



Escribí retazos, porque me siento incapaz de escribir una biografía. Lo que cuento, aunque sea imaginado, también es verdad. En cierta manera, lo que imaginas es otra experiencia.

Y aquel París mítico que imaginaba, ¿llegó a ser real?



Sí, encontré el París que buscaba, o mi óptica así lo veía. París era la meca. En este momento en que la Unión Europa solo consiste en hablar de economía, yo añoro esos tiempos en que Europa era Baudelaire. Yo nunca he sido un hombre de grupo, pero he estado absolutamente abducido por los impresionistas, todo lo que llegaron a crear a partir de París. Realmente, la aventura era la propia vida.

¿Y en esa aventura de imaginar la vida, le hubiera gustado dedicarse al boxeo, algo que está presente en sus personajes literarios?



En aquel momento, el boxeo era algo mítico, de películas, de serie negra. Yo practicaba el boxeo, hasta que me rompieron una costilla y entonces me gustó menos.

¿Cómo ocurrió aquello?



Me la rompió mi hermano. Y como suele contarlo él, mi primera reacción fue quitarme los guantes y pegarle (se ríe a carcajadas). Pero nunca he boxeado seriamente.

¿Cómo se decide si una historia es más apropiada para una película o para una novela?



El libro Ciudadano Sade nació como un encargo para hacer un guion, pero luego no se pudo hacer la película. Visto lo cual, hice una novela. En general, donde me encuentro más a gusto es cuando empiezo a teclear sin saber a dónde voy, como un pianista de jazz. De repente, yo soy el primer sorprendido.

Entonces, ¿lo suyo es pura improvisación?



Pero improvisación no es sinónimo de ligereza o de veleidad. De repente, dejas las compuertas abiertas y empiezas a escribir.

¿Y a la hora de escribir El síndrome de albatros, lo hizo con la idea de experimentar con esa frontera entre ficción y sueño?



De repente se me ocurrió escribir una obra de teatro sobre alguien que estaba muerto, con ese estupor de decir "estoy muerto", el mismo de decir "estoy vivo".

Comparte agente literaria con Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells.



No, la dejé hace poco, como un matrimonio que rompe después de tantos años. Fui el primer escritor que tuvo ella, y yo publiqué mi primer libro en los año sesenta, justo cuando ella se inventó esa profesión de agente literario, que entonces no existía en España. Le debo mucho a ella. Escritores como García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa pasaron por mi casa de Barcelona. También venía Pere Gimferrer, que en aquella época se carteaba con todos los escritores. Aquel piso de Barcelona, en Amigó 70, tenía mucha energía, con una terraza donde daba el sol sobre la ciudad. Por allí pasaron todos los que luego fueron los "novísimos". Durante dieciséis años, Barcelona fue la ciudad más importante de mi vida.





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