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Presentó "El balcón en invierno"

Un personaje llamado Luis Landero

Un personaje llamado Luis Landero
Un personaje llamado Luis Landero
  • Ion Stegmeier. Pamplona
Actualizado el 30/10/2014 a las 14:12
Una novela se inicia cuando un personaje empieza a actuar. Es el componente más importante, según indicó Luis Landero en el Club de Lectura de Diario de Navarra el pasado 28 de octubre. Una mujer le había preguntado por sus personajes literarios favoritos y el autor extremeño se vio sobrepasado por la magnitud de la pregunta; citó, a bote pronto, la Celestina, el Quijote, los de Shakespeare, los caracteres oscuros y grises del siglo XX, como El extranjero de Camus, o los menesterosos de Chejov y Kafka. "Un escritor es el que consigue hacer interesante a la gente vulgar", manifestó. "Y poderosas, las palabras vulgares".
Así que cuando cuando José Ignacio Roldán, responsable del club, le preguntó ayer si su último libro, El balcón en invierno (Tusquets), es una novela o habría que llamarlo de otro modo, Landero no dudó: "Es una novela, lo he escrito con el mismo espíritu que las otras novelas, sólo que los materiales son reales". Esta vez la materia prima es él y sus recuerdos.
Mickey en Alburquerque
Landero estaba escribiendo otra novela pero llegó a un atolladero. "Era una novela escrita con más oficio que devoción", admitió ayer. La aparcó y brotó entonces una vieja idea suya, escribir algo autobiográfico, que en este caso salió como un chorro. Terminó el libro en seis meses, aunque dice que ha tardado toda su vida en cocinarlo, a fuego lento.
Landero proviene de una familia de hojalateros judíos que se establecieron en el siglo XV en Alburquerque, según contó José Ignacio Roldán, un lugar por donde no se pasa, ni en tren, ni por carreteras importantes. Pasó una vez un camión, eso lo recuerda bien Landero, cuando era niño. En su pueblo, entonces, el ambiente era muy duro. No había luz, ni agua corriente, ni las calles estaban asfaltadas. Entre todos los vecinos sumaban tres coches. En clase, el cura hablaba del personaje bíblico de Rut la espigadora, y él creía estar enamorado de ella. Un día estaban en clase cuando se escuchó un ruido insólito. Un camión. "El cura nos dijo: 'Hijos míos, ha llegado la Coca Cola". Bajaron del vehículo dos personas con máscaras de Mickey y Donald. "Era la primera vez que veíamos a esos personajes y que veíamos una botella de Coca Cola", recordó. "No olvidaré nunca la cara de estupor y de escándalo de un perro al ver aquel pato Donald", prosiguió entre las risas del público. El cura les advirtió de que solamente podían tomar Coca Cola los que estuvieran libres de pecado. Los pecadores debían pasar antes por el confesionario. "Yo tenía sueños eróticos con la segadora Rut y me puse en la fila", contó. "Cuando salí, la Coca Cola se había acabado", contó.
El balcón en invierno es el balcón a recuerdos como éste. Y aunque calificó a la memoria de "selectiva, mentirosa, y también poética", Landero recuerda bien detalles, que le gustaba el olor de las manos de los curas, como a vainilla y el de la cera en la iglesia, aunque más tarde descubrió otros olores y sabores que le agradaron más, como el ambientador del cine, el tabaco rubio americano o la cerveza. También le apasionaba la poesía, eso lo tiene muy claro.
El caso es que en ese terreno se mueve su novela, en "las ciegas marcas" que señaló Freud, en las cosas de su propia experiencia, que ha vivido y ha visto vivir.
Algunas se le metieron a más profundidad que otras; sólo unas pocas llegan a adquirir la categoría de "hechos fundacionales". La relación con su padre es una. "Él quería que yo estudiara y fuera alguien en la vida, yo era un macarrilla y me gustaba el cine, las motos, las chavalillas, teníamos una relación tormentosa, éramos casi enemigos declarados", confesó ayer.
Cuando su padre falleció, algo cambió dentro de Luis Landero. "Juré ante él muerto que yo sería lo que él quería, le pedí perdón", explicó ayer. "Es algo que quedó muy marcado en mí, siempre pensé que tenía una deuda con mi padre", explicó ayer. Después, cuando empezó a escribir, su padre se convirtió en su "musa literaria". Aparecía siempre, en todos los libros, se hizo algo obsesivo. "Hay hechos significativos en la vida de uno que nunca pasan, momentos fundacionales donde está el germen de su destino", precisó. En realidad, la novela tiene mucho de homenaje a los suyos, y a la generación de sus padres, "una generación abnegada a la que debemos mucho y a la que no se ha hecho ningún homenaje", lamentó.
Landero no se considera un intelectual, dice que es un narrador, alguien que observa mucho. "El mundo está por descubrir", asegura. "¿Alguien pensó que los girasoles tenían una belleza tan turbadora antes de que Van Gogh los pintara?", preguntó. Está de acuerdo con Ortega en que "las cosas maravillosas están más acá que allá". Él cree en esa capacidad de asombro, de caer en que uno está rodeado de cosas extraordinarias.
Contó que Buñuel todos los días se obligaba a contar una historia, porque la imaginación hay que ejercitara o, en caso contrario, se marchita. "Igual que se disciplina la imaginación, también se puede disciplinar el asombro", dijo ayer ante un Club de Lectura repleto de público, como en las mejores ocasiones. "Joyce decía que no hay personas mediocres, sino observadores mediocres", apuntaló.
Landero escribe a mano. Primero en un borrador a pluma, luego lo pasa al papel del atril. Ahí hace una raya a la izquierda, el margen para anotaciones, y pasa el texto con un lápiz negro. Las siguientes correcciones las hace con un rotulador azul, las que vienen después con uno rojo y las últimos con verde. "Cinco colores, los cinco estratos de la escritura que con un vistazo ya sé cuales son", compartió. Pero lo más importante no es eso, es la concentración. Recordó lo que le aconsejaba su amiga Carmen Martín Gaite cuando él se quejaba porque había pasado dos o tres horas delante de un papel sin lograr escribir nada. "No es un tiempo perdido- le decía Martín Gaite- estás ablandando la materia". "Todos somos distintos y estamos condenados a la originalidad", afirmó. Sacar esa materia, ese mundo interior, es la tarea del escritor.
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