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10 cosas que siempre pasan en Sanfermines

Si has visitado Pamplona durante las fiestas, sabrás de qué hablamos. Si no, prepárate para lo que viene

10 cosas que siempre pasan en Sanfermines
10 cosas que siempre pasan en Sanfermines
  • ÍÑIGO SOTA. DN.ES
Actualizado el 03/07/2015 a las 08:13
«Porque llegaron las fiestas de esta gloriosa ciudad, que son en el mundo entero una fiesta sin igual. ¡Riau-riau!», grita el gentío a media tarde del 6 de julio. Y… ¡tan diferentes! Si alguna vez has vivido la fiesta más famosa del mundo, habrás pasado por ello. Si no, siempre hay una primera vez. El encierro, los gigantes, la procesión de San Fermín, los pasacalles, el ambiente nocturno… Todo esto ya está en las guías, así que ponte cómodo/a y descubre qué otras cosas pasan en Sanfermines que el propio Hemingway podría corroborar en caso de seguir vivo.

1. Tender la ropa blanca y descubrir que sigue sucia. ¿Es el blanco nuclear el mejor color para salir a la calle en San Fermín?, se ha preguntado todo pamplonés a lo largo de los siglos. Seguramente no sea el color más práctico para una fiesta en la que uno se ensucia con más facilidad que tirándose de cabeza a un pozo de petróleo, pero la tradición manda. Por eso, a pesar de dejar los pantalones y las camisetas bañadas en refresco de cola y meterlas después en la lavadora, el vino seguirá ahí. Siempre.

2. Hacer amigos en cualquier esquina. No importa el momento del día, con quién estés ni el aspecto que tengas. Siempre habrá alguien dispuesto a acercarse, sin motivo aparente, para iniciar una conversación o comentar la jugada después de que alguien haya hecho algo vistoso (cosa bastante frecuente, por cierto). En San Fermín, nadie es amigo de nadie y todos son amigos de todos. Para que luego digan que los del norte son cerrados y sosos.

3. Querer almorzar en algún bar el día 6 y acabar haciéndolo en plena calle. Esto es un clásico. Salvo las cuadrillas más previsoras, que reservan con meses de antelación, muchas personas caen en la cuenta durante su primer día de piscina a mediados de junio. Así, pasa lo que pasa, que recorren la guía telefónica para acabar recurriendo al plan B: comprar unos bocadillos y sentarse en el paseo de Sarasate a esperar que lleguen las doce del mediodía. Cuando llueve, es otro cantar. El resto de días, almorzar resulta más fácil, pero nunca hay que dormirse en los laureles.

4. Olvidar la fiesta por un rato. Hay fiesteros incansables, pero muchos, al cabo de los días, suelen necesitar una mañana o tarde de relax, un rato alejado de la fiesta que les permita cargar las pilas. Ir a la piscina suele ser uno de los recursos estrella, sobre todo en el caso de los que tienen familia y, además, deben matar otro pájaro: ahorrar un poco.

5. Que alguien te tire su bebida por encima. Esta tradición está hermanada con la primera, por supuesto. Si has estado en Sanfermines y jamás te ha caído un cubata por encima, haz memoria: quizá te engañaron y viviste otra fiesta. La única manera de que esto no te haya ocurrido es que estuvieras los nueve días encerrado en casa o en el hotel. Eso o ¿vivir? la fiesta a través de la tele.

6. Ayudar a llegar al hotel a algún visitante desorientado. Si eres de fuera, tranquilo, los pamploneses también suelen desorientarse a según qué horas. Es una constante obvia: una ciudad que de pronto se vuelve monstruosamente turística es el escenario perfecto para que muchos no sepan ni en qué día viven ni en qué hotel se han alojado. Las copas de más y no conocer la ciudad, blanco y en botella.

7. Buscar un sitio donde desayunar. Cuando el cielo clarea y los servicios de limpieza comienzan a limpiar las calles del casco viejo, tienes tres opciones: ir a coger sitio para ver el encierro (hay quien se levanta a las cuatro de la mañana para ir y abrazar su trozo de tablón), desayunar porque el encierro ya te da un poco igual o desayunar antes de ir al encierro aún a riesgo de no ver nada. Las cafeterías se suelen llenar. Solo siendo el más rápido podrás disfrutar de un desayuno con la calma que te pide el cuerpo tras una noche de fiesta.

8. Llegar tarde a los fuegos artificiales y no tener sitio. Otro clásico. Que si vamos a ver la salida de las peñas de la plaza de toros, que si el toro de fuego, que si vamos a comprar los bocadillos al restaurante en el que más cola hay porque es donde mejor se cena… A no ser que salgas con el amigo más puntual, ese que siempre llega un cuarto de hora antes, te tocará ver los fuegos de pie en mitad de la plaza de La Paz. Si le echas un poco de morro, puedes abrirte hueco entre las cuadrillas que estén sentadas en el césped contiguo a la estación de autobuses. Siempre que haya, claro.

9. Salir del bullicio y respirar. A algunos no les basta con ir a la piscina o encerrarse en casa durante un día con la música a todo volumen. Navarra tiene enclaves muy interesantes y paisajes preciosos para los que deciden dejar la ciudad durante un día o unas horas. Solo hace falta ser previsores, conocer los horarios de apertura de los diferentes parajes y organizarse para aprovechar hasta el último segundo del día. Unos bocatas, refrescos, ropa de deporte y un buen calzado, el mejor equipo para desconectar de la fiesta. Lo saben bien los pamploneses que no tienen vacaciones durante la primera quincena de julio.

10. Querer ver el Pobre de mí en la plaza consistorial y morir en el intento. Junto con el chupinazo, es el momento de mayor aglomeración. Este caso es similar al del punto 8. Entre que hay que cenar, que tu amigo se enrolla y que es el último día de fiesta y ya estás de vuelta, o eres puntual o no te quedará otra opción que entonar el Pobre de mí desde alguna calle adyacente a la plaza del ayuntamiento.

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