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Rejones

centauros en son de triunfo

Extraordinaria corrida de Capea, que puso las orejas en bandeja a Hermoso, Leonardo Hernández y Armendáriz

los rejoneadores Hernández, Hermoso de Mendoza y Armendáriz triunfan en la plaza de toros de Pamplona.

Los rejoneadores Hernández, Hermoso de Mendoza y Armendáriz triunfan en la plaza de toros de Pamplona.

Corrida de rejones: Hermoso de Mendoza, Armendáriz y Hernández salen por la puerta grande 29 Fotos
Corrida de rejones: Hermoso de Mendoza, Armendáriz y Hernández salen por la puerta grande

Extraordinaria corrida de Capea, que puso las orejas en bandeja a Hermoso, Leonardo Hernández y Armendáriz

José Carlos Cordovilla / Eduardo Buxens
Actualizada 10/07/2018 a las 10:07
  • Pablo García-Mancha

Sultán, el primero de la tarde, tuvo un son excepcional, una nobleza casi dormida en la que se aletargaba una embestida franca pero pesarosa. Ideal para el maestro de Estella, que lo toreó como la seda, sin necesidad de despeinarse y que a lomos del bellísimo Berlín compuso una especie de poema sinfónico a un ritmo tan lento que las pasadas previas a cada banderilla eran auténticas caricias como quien le coge un pellizquito a un niño. Es decir, todo sin emoción, como un ballet alucinante de color y escorzos, pero falto del ingrediente de la conmoción que provoca la bravura desatada de un toro. Hermoso le arrancó una oreja que supo a bienvenida de un público que le adora y que guarda en la memoria infinidad de faenas mágicas que ha sido capaz de depositar en este ruedo.

El toro de la tarde, y de muchas tardes, salió en segundo lugar. Dos orejas le cortó sin mácula Leonardo Hernández a pesar del pinchazo previo a la estocada. No era nada sencillo estar a la altura del bravísimo Jaquetón, un astado que se instaló en la perfección desde que salió al ruedo por la prestancia de su anatomía, por la asombrosa envergadura de su corpachón murubeño y porque semejante contenedor estaba habitado de una bravura singular, de un ansia infinita para perseguir con rectitud a cualquier equino que lo citara y a la distancia que fuera. Un toro para soñar el toreo por el compás y el ritmo que derrochó desde que abandonó la oscuridad de los chiqueros para vérselas con dos soles: primero el fulgor luminoso de la plaza y, después, con el caballo albino bautizado con el nombre del astro rey con el que Leonardo Hernández logró los mejores momentos de la faena y de la corrida galopando de costado y por momentos cosiéndose literalmente a la franca embestida del burel con el estribo. El toro no paró de galopar y, aunque el jinete extremeño hizo alardes como las corbetas saltarinas con Xarope, no se pueden obviar las dos grandes banderillas que dibujó con Sol al borde mismo de ese abismo de las cercanías con las que homenajeó la proverbial embestida del grandísimo toro de Capea. Faena de triunfo gordo que marcó el devenir del triunfal festejo. Un toro para la memoria del maestro Pedro Moya que recibió una vuelta al ruedo inapelable.

Las dos orejas de Pablo Hermoso de Mendoza en el quinto fueron harina de otro costal porque el remiendo de Carmen Lorenzo distó varias galaxias en bravura del inolvidable Jaquetón. Pero tuvo, como el resto de la corrida, suficientes argumentos para labrar una faena interesante en la que afloró la legendaria maestría del jinete estellés, que cortó dos orejas sin despeinarse, dos orejas que basó en los esbozos de hermosinas con Disparate, su mejor caballo; y a lomos del resucitado Pirata con un excelente par de banderillas a dos manos. La plaza estalló de júbilo y Hermoso refrendó las emociones con un rejonazo fulminante que le pusieron los dos colgantes del toro en sus manos.

GRAN ARMENDÁRIZ

Y con sus compañeros con el horizonte abierto de la salida a hombros, Roberto Armendáriz aguardó con paciencia a que llegara su turno. Y por toriles apareció Ladrillero, un ejemplar mucho más recortado de sus hermanos, pero también excelente. Se hundía en el albero descolgando el cuello buscando las patas de los caballos y cuando la faena comenzó a regurgitar, salió Ranchero y puso la plaza bocabajo con tres banderillas tremebundas. Toro y caballo enfrentados en rectitud a escasos tres metros el uno del otro. La primera con todas las ventajas de la querencia a favor del animal. Y Armedáriz aguantó lo indecible y sorteó el viaje rozando los pitones la anatomía del caballo como si tal cosa. Lo repitió dos veces más y el público aguantó lo indecible para que la defectuosa estocada del rejoneador navarro enviara al astado al paraíso de los bravos y el rejoneador se sumara al desfile triunfal de los tres toreros por la puerta grande.

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