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“Este tipo de niñato jamás lleva un FPP2, ni una mascarilla quirúrgica, sino una de pega, con colorines a tono con la vestimenta deportiva”

En este tiempo de mascarillas he podido establecer una tipología de usuarios del embozo quirúrgico. Mi especialidad son los usuarios de gimnasios e instalaciones deportivas, con quienes he mantenido intercambios de punto de vista sobre educación, civismo y otras cuestiones absurdas que sólo nos importan a dos o tres chalados. El usuario que ocupa la pirámide de la cadena trófica en el uso de la mascarilla responde a un perfil casi invariable. Edad, entre 30 y 40 años; mucha ingesta de proteínas; ocupación principal, su cuerpo; marcada tendencia a la vigorexia y al narcisismo; educación, inexistente; respeto a los demás usuarios, (“¿Qué es eso?”); especialidad, hacerse el tonto, el sordo y, dado el caso, el chulo. Suelen colocarse la mascarilla como quien enseña la chorra por encima del bañador, es decir por debajo de la nariz. Por supuesto, este tipo de niñato jamás lleva una FPP2 ni una mascarilla quirúrgica, sino una de pega, con colorines a tono con su vestimenta deportiva. Esta gente no deja nada al azar cuando de su imagen se trata. Aunque le reproches su falta de consideración, cosa que le trae al pairo, y, en consecuencia, pongas en conocimiento de los gestores de las instalaciones la infracción del socio, estos se limitarán a recodar cada hora por megafonía el uso obligatorio de la mascarilla. Eso sí, todo muy correcto: en vasco y en español. Nadie se ocupará de vigilar que se cumpla la norma. Te quedan dos opciones: hacer de tu tiempo de ejercicio una modalidad de la vigilancia policial, con el riesgo notable de terminar arrojando a la cabeza del infractor una mancuerna o, sencillamente, quitarte tú también la mascarilla. Como quien visita una playa nudista. Respirar a pleno pulmón, esputar y sudar como si no hubiera un final: convertirte a la auténtica religión de los imbéciles. Si algo me ha procurado un placer casi perverso durante esta pandemia es comprobar la incapacidad de muchos congéneres para aceptar la realidad, aunque esta tenga el tamaño de una vulgar mascarilla.
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