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Economía de la conducta

La economía como ciencia está en entredicho. Ni las políticas fiscales ni las monetarias han dado los resultados esperados según la teoría estándar

Javier Otazu.

Javier Otazu.

Actualizada 01/09/2019 a las 18:34
  • Javier Otazu
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Uno de los intelectuales de referencia en el mundo de hoy es Yuval Noah Harari. Es conocido por obras como “Homo Deus (Breve historia del mañana)” o “21 lecciones para el siglo XXI”, libro en el que lanza la siguiente advertencia: “la sensación de desorientación y fatalidad inminente se agrava por el ritmo acelerado de la disrupción tecnológica. Durante la era industrial, el sistema público liberal se moldeó para gestionar un mundo de motores de vapor, refinerías de petróleo y televisores. Le cuesta tratar con las revoluciones en curso en tecnología de información y la biotecnología”.

En este contexto, la economía como ciencia está en entredicho. Ni las políticas fiscales ni las políticas monetarias han dado los resultados esperados según la teoría estándar. ¿Entonces? ¿Existe algún camino posible? Se puede hacer un intento. Richard Thaler ganó el Premio Nobel de Economía del año 2017. ¿Razón? Sus investigaciones en Economía del comportamiento o de la conducta. ¿En qué consiste? ¿Qué aplicaciones tiene?

Usaremos de referencia la definición de Dan Ariely, otro de los autores de referencia en este ámbito. Tratamos de “comprender las fuerzas ocultas que determinan nuestras decisiones, en muchos contextos distintos, y encontrar soluciones a problemas comunes que afectan a nuestra vida personal, profesional y pública”. El ejemplo más típico: tenemos una tendencia innata a sobrevalorar el corto plazo. Por eso nos cuesta seguir una dieta o cuesta establecer políticas que supongan un gran beneficio a largo plazo para evitar realizar los sacrificios que deberíamos realizar hoy. Así, se trata de establecer incentivos que permitan tomar medidas más efectivas para el día de mañana. Opciones, muchas. Todas ellas, con un objetivo común: establecer compromisos sólidos y creíbles que impliquen un alto coste en caso de incumplimiento. ¿Difícil? Claro que sí. En Estados Unidos, el 46% de los asesores financieros no tiene un plan de jubilación. En casa del herrero, cuchillo de palo. Está claro: es más fácil justificar nuestro comportamiento que cambiarlo.

Desde luego, la economía de la conducta no pretende sustituir la teoría económica tradicional. Más bien pretende amplificarla. Lo vamos a valorar en diferentes casos. Así, para los manuales de referencia el presupuesto de las personas está formado única y exclusivamente por dinero. No es correcto. Tenemos también tiempo (somos pobres temporalmente cuando no tenemos tiempo para nosotros mismos) y energía (tenemos pobreza energética cuando padecemos problemas de salud o nos faltan entusiasmo y energía para afrontar los retos que plantea la vida cotidiana). Con esta idea, es más fácil ir al gimnasio. Consiste en un intercambio de dinero y tiempo de hoy por energía para mañana.

Según la teoría tradicional, las personas tomamos decisiones de manera racional. No es correcto. La evidencia científica es abrumadora: tomamos el 15% de las decisiones usando la lógica, el 30% según el ámbito cultural en el que nos movemos y el 55% se deben a la biología más profunda. Esta idea es consistente con los tres niveles del cerebro: el córtex (racionalidad), el límbico (emociones), el reptiliano (genes, evolución). Más aún: esta idea es consistente con la forma de informarnos que tenemos las personas. El 7% de la comunicación se expresa mediante el lenguaje verbal, el 38% a partir de la entonación y el 55% con el lenguaje corporal. Sorprendente, ¿verdad? Por esa razón muchas veces malinterpretamos mensajes que recibimos en el móvil o correos electrónicos.

Según la teoría tradicional, nos pueden persuadir para tomar una u otra decisión. No es correcto. Se debe añadir el concepto de presuasión, ya que como dice Robert Cialdini, “quienes somos, con respecto a cualquier tipo de elección, es dónde estamos en el ámbito de la atención justo antes de tomar la decisión”. En consecuencia, existen técnicas que nos llevan a preactivar el núcleo accumbens (recompensa cerebral) para empujarnos así a realizar un compra concreta (es el llamado efecto Goggle y sí, se escribe así). Alarmente, ¿verdad?

Según la teoría tradicional, los gobiernos tienen dos tipos de políticas. Por un lado, las presupuestarias, a partir de las cuales se decide la distribución de los impuestos y el gasto público. Por otro lado, las normativas, a partir de los cuales nos pueden impedir sobrepasar una velocidad en la autopista, obligar a estudiar unas materias determinadas o prohibir el tabaco en espacios cerrados. Una vez más, no es correcto. Existe el denominado paternalismo libertario, que consiste en empujar a las personas a tomar decisiones que sean mejores para el conjunto de la comunidad sin obligarles a ello. Por ejemplo, todas las personas son donantes de órganos por defecto. Si alguien desea renunciar a ello, es libre de hacerlo.

La amplificación del presupuesto, conocer cómo es la toma de decisiones de las personas, cómo se les puede empujar a cosas “desagradables” (una compra inútil, un voto manipulado), o como se les puede orientar a actividades positivas (voluntariado, donaciones de órganos) junto con el concepto del paternalismo libertario nos abre un mundo de posibilidades ilimitadas. ¿Lo exploramos?

Javier Otazu Ojer Economía de la conducta, UNED de Tudela. www.asociacionkratos.com

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