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Aceptar el fracaso nos hace más felices

Emilio Garrido

Emilio Garrido

DN
Actualizada 29/07/2019 a las 17:17
  • Emilio Garrido
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Obtiene más fracasos aquél que más se esfuerza en no tener ninguno. Quien está siempre temiendo tener un fracaso, es ese su primer fracaso, aunque no se dé cuenta.

Nos esforzamos tanto y de tal manera en no tener un fracaso, que ese continuo estrés que supone “no tenerlos”, nos hace -sin darnos cuenta- cometer muchos más... ¡Ese es el gran fracaso de una persona que no acepta que el fracaso es parte de nuestra vida de humanos! Hay que aceptarlo y saber que para tener un éxito, hay que tener mil fracasos.

Siempre recuerdo un gran empresario, que acudió a mi consulta, porque tanto que se esforzaba y trabajaba, no acababa de encajar en el nivel que él mismo se había propuesto... Por supuesto un nivel ideal, que no estaba al alcance ni de sí mismo ni de muchos empresarios, pero él erre que erre, que tenía que conseguirlo. Empezó a tener mareos, a perder la voz, a generar dolores erráticos -cada día tenía uno diferente y en diferente lugar-, que le trajo a nuestra especialidad. Cuando le dije que su nivel de perfeccionismo no admitía tener fracaso ninguno, recuerdo su reacción: “¡Ya sabía yo, que este despacho no iba a ser mi solución!”. Tanto ímpetu ponía en sus cosas, de trabajo, de esfuerzo, de horas, de quitárselas a sí mismo, a su familia, a su ocio necesario, que no podía entender que “siempre estuviera mal, o por lo menos nada bien”. ¡Con lo que él trabajaba, con la seriedad con la que hacía todo...! “¡No venga usted ahora a decirme, que soy un perfeccionista y se acabó!”. Por supuesto que la exploración confirmó lo que habíamos intuido: la presión psicológica que tenía, le había hecho desarrollar una serie de síntomas psicosomáticos que no le dejaban vivir con salud y con felicidad.

Lo más difícil no fue mi trabajo, que sigues el protocolo y todo va sobre ruedas con una mínima empatía y cariño hacia su persona. Lo más difícil fue hacerle entender que cuanto más se esforzaba, cuantas más horas metía, peor le salían las cosas... y, además, no se encontraba bien. “¡El trabajo lo resuelve todo!”, me decía con suma fuerza. Y, es verdad, que el trabajo es al mismo tiempo que nos da la vida, nos da “la muerte”. Pero no, en su justa medida. Comprender y aceptar esto fue lo más difícil. Una vez así, fue poco a poco aceptándolo, y todo empezó a ir casi sobre ruedas.

Empezó a aceptar que no pasa nada por fracasar, que su fracaso no se debe a que trabaje poco o mucho, sino que el fracaso es parte de nuestra vida, igual que sudamos cuando hacemos un esfuerzo físico o hace calor. Hubimos de trabajar para que su objetivo no fuera única y exclusivamente “sacar adelante la empresa, él solo, y a base de horas metidas a todas las horas del día”. Quizás este apartado de la terapia fue el más duro. Un enorme temor a fracasar le hacía fracasar más y consigo mismo. Su cuerpo pensaba diferente y su mente no conectaba con su cuerpo. En alguna medida cuando me escuchaba, notaba que le aliviaba sobremanera, pero otra vez su cuerpo no renunciaba a sus niveles de perfección. Sé que una parte de él se sentía aliviado porque el profesional le proporcionaba una excusa aceptable para justificar su fracaso.

No se puede elegir entre “el todo o el nada”, porque la presión se hace tan grande que nos crea una enorme ansiedad e inseguridad, y estos dos ejes hacen que las cosas no salgan bien, a pesar de meter tantas horas. ¡Cuántas noches no durmió, en vela, pensando cómo hacer! Un continuo estrés e infelicidad fueron durante muchos años el objetivo de su vida. Le tranquilizó mucho saber que hay mucha gente como él, que tienen los mismos problemas, no ser el único reconforta mucho. Aprendimos a aceptar el fracaso como parte de nuestra vida, y que el perfeccionismo rechaza el fracaso porque es un idealista, no acepta la realidad, está condicionado por su miedo a caerse, a tropezar, a equivocarse, a fracasar... Trata de forzar, en vano, la realidad, creyendo que el fracaso es inevitable (Tal Ben-Shahar, 2011).

A nadie le gusta fracasar, pero aceptar que existe el fracaso es una forma de empezar bien un nuevo camino.

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