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Opinión
OPINIÓN

La belleza como imperativo moral

Borja Vaz

Borja Vaz

01/12/2016 a las 06:00
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  • BORJA VAZ

Ninguna zona de Rapture demuestra las consecuencias de una filosofía objetivista pasada de rosca como el pabellón médico, donde el doctor Steinman se mortifica por sus ambiciones estéticas inalcanzables, y su posición al inicio de la aventura realza el efecto. Es evidente que a Ken Levine y su equipo de Irrational Games les encantaban los lemas, y los que vemos garabateados con sangre por las deterioradas paredes de la clínica ilustran el proceso mental del cirujano plástico. Frases como “la estética es un imperativo moral” o “el ADAM nos niega cualquier excusa para no ser bellos” dejan entrever el estado de la psique del doctor, pero realmente detallan su progresivo descenso a la locura las grabaciones que deja esparcidas por los rincones del hospital. En unas comienza explicando sus teorías de cómo las enseñanzas de Andrew Ryan, el industrioso fundador de la ciudad, se aplican a los cánones de belleza: “Con la modificación genética, la belleza ya no es más un objetivo o una virtud, sino una obligación moral. ¿Acaso forzamos a lo sanos a vivir junto a los contagiosos? ¿Juntamos a los criminales con los que respetan la ley? Entonces, ¿por qué permitimos a los feos tratar a los bellos?”. Otras grabaciones demuestran un estado más avanzado de locura, cuando se confiesa aburrido ya de configurar las mismas formas una y otra vez, y reclama su derecho a moldear el cuerpo humano como Picasso en su etapa cubista. Es una disociación no ya de los ideales de belleza con la realidad morfológica de los cuerpos, sino un caso de figuración extremo que se pasa por el forro las convenciones naturales. Es una demostración de la autarquía de la mente sobre el cuerpo, al que puede manipular a su antojo, contraviniendo su funcionalidad básica.  El enfrentamiento final sucede en el quirófano, donde expresa su frustración por no poder transmutar a sus pacientes según los designios de su diosa, Afrodita. Al reparar en nuestra presencia, lo único necesario para incitar su furia asesina es nuestra fealdad, que trata de exorcizar con una ametralladora Thompsom. Sin embargo, en esos momentos, es probable que Steinman nos suponga feos por no tener una cara con forma de triángulo isósceles, tres ojos y dos narices.

La ciudad de Rapture atesora detalles en cada una de sus dependencias que ilustran tanto su historia como la personalidad de su fundador. En los muelles los contrabandistas no trafican con drogas o armas, sino con crucifijos y biblias. Los árboles de Arcadia sirven para que Ryan nos confíe una anécdota de cómo, cuando vivía en la superficie y el gobierno trató de nacionalizar un bosque de su propiedad, lo quemó antes de permitir que pudieran disfrutarlo los parásitos, el gran anatema de la filosofía objetivista, los individuos que se niegan a contribuir con su esfuerzo y lo único que buscan es servirse del ingenio y la capacidad de otros. La religión organizada, en ese sentido, es una de las principales organizaciones parasitarias, junto a toda institución que crea en la redistribución de la riqueza.

Y es que al fin y al cabo la filosofía objetivista es un ataque furibundo al estado del bienestar, una convicción inequívoca de que la sociedad solo llega a su versión más cualificada cuando cada individuo actúa motivado únicamente por su propio beneficio, en una vorágine de individualismo egoísta que, de alguna manera inexplicable, consigue repercutir en todo el conjunto de la sociedad. Andrew Ryan (un anagrama con ciertas libertades de Ayn Rand, por cierto) funda Rapture como un paraíso libertario donde los artistas pueden crear sin temer al censor, donde los científicos pueden investigar y experimentar sin lidiar con las imposiciones morales o religiosas de los débiles, donde todos sean capaces de desarrollarse y realizarse en todas las facetas de la vida, reverenciando la gran cadena del hombre que destruye panteones y tronos. Y sin embargo, es precisamente esa ansia de libertad desmesurada, ese egoísmo utilitarista lo que al final acaba condenando a la ciudad. Porque Ayn Rand (y por ende, Ryan) confía ciegamente en la gran cadena del progreso humano obviando la máxima de Plauto "Homo homini lupus" (el hombre es un lobo para el hombre). Ryan desprecia al parásito en un principio, pero acaba identificándolo con el débil, al que permite que sea utilizado por los más fuertes. Así, las niñas de Rapture acaban convertidas en Little Sisters, monstruos esclavizados para agilizar la economía de muerte y destrucción del ADAM y los plásmidos. El hombre se convierte en un depredador con sus semejantes, arrojándose a una espiral de autodestrucción.

En BioShock Infinite, que estilísticamente supone un cambio radical (de las profundas e ignotas profundidades abisales a los cielos abiertos y luminosos de Columbia, una ciudad voladora) se atreve con una versión ultranacionalista del americanismo protestante y blanco. Allí, otra vez, el principio del juego resulta fundamental por su fuerte carga simbólica. De nuevo llegamos a un faro, pero esta vez, en vez de hundirnos, ascendemos a los cielos en un rapto, un arrebatamiento escatológico sacado directamente de la imaginería apocalíptica. Llegamos a una iglesia plagada de vidrieras y velas titilantes. Es un entorno de paz y serenidad. Para entrar en la ciudad de Columbia, tenemos que aceptar las aguas del bautismo y limpiarnos de la iniquidad de la tierra. Los santos padres fundadores (Franklin, Jefferson, Washington) nos ofrecen sus dones: la fuerza de la espada, la sabiduría de la llave y la justicia del pergamino. Y a partir de ahí todo se precipita.

La narrativa en BioShock Infinite es más directa. Nuestro personaje, Booker DeWitt, habla en esta ocasión, y mucho, con nuestra principal acompañante, Elizabeth. Tiene un argumento más expositivo, donde realmente suceden más cosas, y se complica todo mucho más. Su ambición narrativa, sin embargo, a veces juega en su contra, enlodazando sus mensajes (sobre todo cuando sitúa a los oprimidos Vox Populi al mismo nivel de bajeza moral que los opresores racistas). Y sus estancias, aunque estéticamente impecables, no resultan tan perturbadoras como la clínica de los horrores del doctor Steinman.

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