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Opinión
ANÁLISIS

Morir por el fuego de una vela

José Murugarren
José Murugarren.
  • JOSE MURUGARREN
Actualizada 25/11/2016 a las 11:16

Cuando el Banco Mundial preguntó hace algún tiempo a 20.000 personas con dificultades económicas cuál era la necesidad más urgente que tenían resultó que lo que reclamaban en primer lugar no era dinero. La preocupación más expresada era la sensación de que estaban solos. La soledad entendida como ausencia de personas que se interesan por ti. Mata más el aislamiento que la pobreza. Es esa impresión dura de no importar a nadie en el mundo la que introduce un dolor profundo del que en ocasiones uno no se libera. Me viene a la cabeza esta reflexión al leer estos días la noticia terrible de la muerte de una mujer de 81 años en Reus después de que la llama de una vela prendiera en el colchón y provocara un incendio. Hacía dos meses que le habían cortado la luz y utilizaba velas para iluminarse. ¿Hay mayor soledad que darse luz y calor con una vela? ¿Hay mayor abandono que saber que la empresa eléctrica te ha cortado la luz? La víctima vivía a oscuras y con la amenaza añadida de que el arrendatario del piso había interpuesto una demanda judicial de desahucio por impago del alquiler. Era invisible para todos, también para la suministradora de electricidad y para el Ayuntamiento.

HUIR DE LOS POBRES

Ser pobre es un estigma para el pobre y un acicate para que la gente en general, te rehúya. La batalla que ahora mantienen por echarse la responsabilidad la empresa eléctrica y el ayuntamiento de Reus es un lamentable postureo de dos partes que buscan salir bien en una foto trágica.

Ocurre que la ayuda a los desfavorecidos en nuestro tiempo está en manos de entidades sociales profesionales que llevan la solidaridad con criterios empresariales; sirven de complemento a las acciones de las administraciones, sean gobiernos o ayuntamientos. La solidaridad en las sociedades modernas olvida muchas veces la necesidad del afecto humano, de la proximidad y la empatía. Porque los grandes principios, la libertad, el derecho a una casa, la igualdad..., son imprescindibles pero no pueden alimentar emocionalmente. Ni a los ricos, ni a los pobres.
Es una conquista que la ley proteja nuestros derechos a la educación y a la salud, la libertad de poder decir y hacer lo que queramos siempre que respetemos a los demás. ¿Pero qué ocurre si nadie escucha lo que decimos y a nadie importa lo que hacemos? Entonces el deseo de ser apreciado y comprendido cobra más relevancia que los grandes principios.

En Pamplona unas 29.000 personas padecen situaciones de pobreza energética que el Ayuntamiento se ha propuesto atajar con medidas paliativas. Quiere decir que en Navarra las cifras pueden alcanzar las 60.000 personas. Resulta terrible pensar que hay gente en esa situación. A la mujer de Reus le faltaron medios económicos para pagar las facturas pero probablemente en estas tragedias siendo grave la situación económica lo trágico es la pérdida de esa red social de cariño, de apoyo. Además de los grandes principios y de la solidaridad de los ayuntamientos y organizaciones sociales lo que la gente necesita es que la quieran.


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