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Opinión
CONCEPTOS ESPARCIDOS

Animalistas y taurinos

Fernando Hernández

Fernando Hernández

Actualizada 18/10/2016 a las 17:30
No puedo negar que el movimiento animalista me cae antipático, y hay días en que me da miedo su empeño por equiparar animales y personas. Los veo subidos en un púlpito desde el que, abrasados por un celo justiciero, parecen abogar por la extinción de la raza humana. ¿Exagero? Este es un tuit del PACMA del pasado mes de abril: “Tras 30 años sin humanos, Chernóbil es ahora un paraíso natural para los animales”. El mensaje implícito está claro. Luego, además, están los días en que a algunos de sus seguidores se les va la mano, y se alegran de la muerte de un torero, o la desean para un niño con cáncer.

El problema de la perspectiva animalista es su incoherencia. Si los animales tienen derechos, nosotros no tenemos peor derecho que cualquier otro animal, y si el resto de las especies actúan exclusivamente por su propio beneficio los seres humanos deberíamos poder hacer lo mismo. El hombre no es menos natural que un león, una cucaracha o un hipopótamo.

Pero si el ser humano es radicalmente distinto del resto de los animales (y la intuición nos dice que es así), la cosa cambia. Ya no es que los animales tengan derechos (la idea de los derechos humanos, al fin y al cabo, es una construcción humana, y muy reciente), sino que somos nosotros los que tenemos obligaciones hacia los animales.

Los antitaurinos (que no todos son animalistas) deberían reconocer que los aficionados a los toros no disfrutan con la tortura del astado. Si fuera así, la suerte de varas, en la que hay un mayor desequilibrio entre el picador acorazado y el toro, sería la más celebrada. Y no habría protestas cuando la muerte del toro se convierte en una carnicería al fallar los descabellos. Es más, la lidia moderna ha ido desprendiéndose con el paso del tiempo de sus elementos más crueles, como cuando en 1923 se hizo obligatorio el uso del peto en los caballos de los picadores, para acabar con el espectáculo de quince o veinte caballos destripados en cada corrida.

Para los aficionados a los toros lo que importa es la destreza, el valor, la belleza, el riesgo en una danza ritual y estilizada. Es normal que se sientan atacados y desconcertados. Su afición no solamente es legal, sino que era muy popular hace no más de veinte años. Pero deben reconocer que hay mucha gente, cada vez más, que no entiende, y a la que no le gusta, que para divertirse haya que maltratar y matar a un animal (y todos los que hemos estado en una corrida sabemos que el toro sufre). Por qué hay que hacerlo es una pregunta que no tiene una respuesta clara, y los argumentos económicos, de tradición o culturales no resuelven la cuestión. Esto ya no es una conspiración de solteronas inglesas, como a veces quieren creer los taurinos, sino un movimiento que arraiga en España. Para cerca de 300.000 votantes, los del PACMA, el principal problema de este país son los toros, y esa es la punta del iceberg de una sensibilidad que está cambiando. No se sabe cuánto, ni a qué velocidad, pero sí está claro en qué dirección.
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