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Opinión
CON EL MANDO EN LA MANO

Los 80 ya no molan

OSCAR BELLOT

OSCAR BELLOT

26/08/2016 a las 06:00
  • OSCAR BELLOT
El tiempo no perdona. Tampoco a las series que, en casi todos los casos, y al contrario que el buen vino, no mejoran con el paso de los años. Quienes afrontamos nuestra infancia en la década de los 80 crecimos creyendo que el bien siempre acababa triunfando sobre el mal. Por muy crudas que se presentasen las cosas, bastaba con contratar a un grupo de excombatientes de la guerra del Vietnam que fueron condenados por un delito que no habían cometido o con reclamar la ayuda de un piloto con cazadora de cuero y problemas de memoria que sorteaba cuanto obstáculo salía a su paso gracias al vehículo futurista que le habían encomendado. Y si algo se nos rompía en casa, siempre podíamos soñar con emular a ese personaje dotado de una singular destreza para fabricar cuanto útil precisase empleando los objetos que tenía a su alcance incluso si se encontraba en el páramo más absoluto.

Durante muchos años, 'El coche fantástico', 'El Equipo A' o 'MacGyver' siguieron alimentando la parrilla a través de innumerables reposiciones que hicieron que nos aprendiésemos los capítulos de memoria. Pasaba como con 'Salvados por la campana', 'Cosas de casa' o 'El príncipe de Bel Air', cuyos chistes nos hacían más digerible la comida. Hasta que, de tanto repetirlos, comenzaron a perder la gracia. Lo mismo sucedió con las arriesgadas misiones de Hannibal Smith y sus chicos o de Michael Knight y su inseparable KIT. Donde antes había alborozo, el tedio comenzaba a abrirse paso. Y no sólo porque ya no había espacio para la sorpresa, sino porque las modas iban cambiando y nosotros tampoco éramos ya los mismos. Michael Knight bien podía ser el héroe del niño que habíamos sido, pero ya no podíamos dejar de admitir que en el fondo era un hortera y un tanto chulito. Ibamos aprendiendo de la vida y ya no nos encantaba, como antes, que los planes siempre saliesen bien. Queríamos tramas cuyo final no pudiésemos anticipar porque ya no precisábamos de la consoladora división entre buenos y malos que tan cómoda nos resultaba durante la infancia. Y comenzamos a olvidarnos de ellos, avergonzados incluso de haberles rendido pleitesía alguna vez. En el fondo, la culpa no era suya, sino nuestra. Nos habíamos convertido en adultos y debían pagar el precio por ello. Los 80 habían dejado de molar.

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