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Opinión
OPINIÓN

Ecología y coche eléctrico

Miguel A. Munárriz.

Miguel A. Munárriz.

23/07/2016 a las 06:00
  • MIGUEL A. MUNÁRRIZ
Poco a poco los coches eléctricos se van haciendo un hueco en el mercado de automóviles, lo que desde un punto de vista ecológico supone una buena noticia. Pero no debemos equivocarnos al evaluar sus virtudes, porque de hecho, sus ventajas se limitan a la circulación por ciudad y se concretan en una ausencia de contaminación acústica y atmosférica que propicia ciudades más limpias y habitables. Y eso está muy bien, pero tanto su consumo energético como su contribución al cambio climático son similares a los producidos por los coches convencionales, lo que significa que su implantación no afecta a la sostenibilidad del sistema.

Vamos a tratar de explicarnos mejor. Un coche eléctrico tiene un rendimiento superior a un coche convencional; y lo tiene porque no consume en las paradas y porque recupera en el frenado parte de la energía empleada en la aceleración. Pero las pérdidas de energía que se producen desde la central que genera la electricidad hasta la batería -es decir, las pérdidas en la propia central, en las subestaciones de transformación, en las líneas eléctricas, en el cargador y en la batería-, compensan el ahorro producido durante el funcionamiento.

Respecto al cambio climático, el problema estriba en que a nivel mundial el ochenta y cinco por ciento de la energía eléctrica procede de centrales térmicas, lo que significa que el CO2 que dejan de generar los coches eléctricos ha sido previamente generado en la central que ha producido la electricidad. Si se hace un balance serio de las emisiones producidas en uno y otro caso, se concluye que en términos de CO2 ambas soluciones son equivalentes. Si toda la energía eléctrica procediese de plantas nucleares o fuentes renovables, la cosa cambiaría… pero no procede.

Por tanto, si alguien esperaba que los coches eléctricos iban a aportar alguna mejora significativa en términos de sostenibilidad, es mejor que cambie de idea. Si pensamos en un futuro sostenible, la primera condición a considerar es un mundo sin coches, porque las emisiones que producen los mil millones en funcionamiento es algo que la Naturaleza no puede soportar. Y eso no es lo peor, sino que esta cifra se puede duplicar si los países emergentes terminan por consolidar sus economías.

Además, la circulación rodada causa hoy 1,25 millones de muertes al año, y si los índices de siniestralidad siguen aumentando al ritmo actual, en los próximos veinticinco años se pueden producir tantas víctimas como en toda la segunda guerra mundial. Para colmo, nuestras ciudades son cada vez más hostiles, menos habitables, y lo seguirán siendo -aunque en menor medida- si siguen embotelladas aunque sea de vehículos eléctricos.

Ya sabemos que un mundo sin coches es hoy impensable, en primer lugar, porque una parte importante de la economía mundial gira en torno a ellos, y en segundo, porque amamos nuestro coche y no concebimos otro tipo de transporte diferente. Pero eso sólo significa que estamos metidos en un atolladero monumental, porque cada vez es más evidente que este modelo es insostenible; que nos lleva al desastre; que en algún momento vamos a tener que apostar en serio por el transporte público, y que previsiblemente, la transición del uno al otro va a acarrear un enorme coste social…

En conclusión, resulta ingenuo -y temerario- confiar a la tecnología la solución de los problemas que la propia tecnología ha generado, pues cada intento en ese sentido se ha saldado con un problema mayor que el que se trataba de solucionar. Si queremos alumbrar un mundo sostenible, sólo cabe un camino: desandar parte de lo andado, simplificar nuestra vida, y huir como desesperados de lo artificial en beneficio de lo natural.

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