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Opinión
OPINIÓN

El mercado del cerebro humano

es profesor de Economía de la UNED de Tudela

Javier Otazu.

Javier Otazu.

21/07/2016 a las 06:00
  • JAVIER OTAZU
Dentro de los diferentes mercados económicos como los coches, viajes de avión, libros, pisos, acciones o melocotones, existe uno muy particular. Es el mercado del cerebro humano. Existen diferentes empresas y organizaciones (las cuales pueden ser legales o ilegales) que compiten por adquirir dicho producto. En este mercado tan especial suele ocurrir que la empresa que logre un cerebro lo tenga para siempre, aunque no es seguro. Depende de cada caso.

Admito que esta introducción puede resultar extraña y cuidado, no es lo mismo cerebro humano que cuerpo humano. En el segundo caso nos estamos refiriendo a la esclavitud. Según el Indice Global de esclavitud, existen 46 millones de personas en estas condiciones nuestro planeta. Y aunque asociamos esta lacra al África Subsahariana, en esta zona del mundo “sólo” hay unos seis millones de esclavos, el 14% del total.

Aunque existen múltiples atentados en un año, es lógico que nos afecten más cuando más próximos nos resultan, como en el reciente caso de Niza. La clave para poder realizarlos es despojar del nivel de persona humana al enemigo. En el maravilloso libro “El lugar más feliz del mundo”, el exdirector de El Mundo David Jiménez narra, en un reportaje conmovedor, cómo un comando de vietnamitas observa un grupo de soldados norteamericanos reunidos en un claro de selva. Cuando están preparados para dispararles, observan que están leyendo cartas de sus madres. En ese momento, los soldados rompen a llorar. Así, los vietnamitas deducen que los norteamericanos, pese a todo, también son personas y abortan la operación. Por desgracia, el fanatismo islamista no atiende a razones.

Hoy en día algunas empresas y organizaciones buscan también conquistar cerebros humanos. Y aunque la publicidad es legítima, existen mecanismos para generar nuevas necesidades (o despertar otras dormidas) que podrían ponernos los pelos de punto. Uno de los mayores expertos mundiales en la materia, Martin Lindstrom, lo expone magistralmente en su libro “Small Data” (¡sí!, lo contrario del famoso Big Data).

Vamos a escarbar en estos casos. Existe un dicho por el cual “es más fácil de cambiar de mujer o de religión que de equipo de fútbol”. Y la realidad demuestra la veracidad de esta afirmación. Es normal; ser de un equipo de fútbol nos sirve para establecer relaciones sociales e incluso para identificarnos personalmente. Romper con el equipo puede equivaler a romper las relaciones sociales vinculadas a nuestro antiguo equipo. Por eso los clubs intentan captar aficionados cuanto antes con ofertas muy buenas para bebés o familiares de socios. Cosas del mercado.

Una persona que sea fan de una marca posiblemente lo sea para siempre. Aunque la Coca Cola es el ejemplo más paradigmático, existen empresas de ropa deportiva, de moda o perfumerías que han tenido millones de clientes fieles a lo largo de toda su vida. No hace falta pensar mucho para pensar en empresas que cumplen estas características.

Disfrutamos de una libertad religiosa que no se da en otros lugares del mundo, y eso está muy bien. Pero si pensamos en la religión en términos de mercado, pocas personas cambian de religión. Y en este caso lo más importante es que las religiones infunden unos valores de unión y comunidad muy importantes que tienden a revertir en el bien común. Como siempre, las radicalizaciones extremas no conducen a nada bueno. Y en el caso de las religiones éstas tienden a darse en el caso de las sectas, ejemplo paradigmático de conquista absoluta del cerebro humano por parte de una organización.

Si pensamos en términos de afiliación, los partidos políticos también son un mercado de estas características. Por eso suele ser muy barato afiliarse a un partido, así se obtiene una fidelización más fuerte. Pero aquí lo relevante es que está mal visto desafiliarse de un partido y a los tres meses cambiarse a otro. Todos sabemos lo que quiere decir la palabra “chaquetero”.

Es curioso, ¿verdad? Equipos de fútbol, marcas de las que somos fans, religión e ideología política cumplen las características de estos mercados. Ahora bien, ¿qué tienen en común?
Estos mercados son parte de nuestra personalidad y la moldean en una relación causa efecto que tiene dos sentidos: yo compro luego así soy; yo soy así luego así compro. No es lo mismo decir que alguien es del Real Madrid, compra en Zara, es católico y del PSOE que decir que alguien es de Osasuna, compra en Mercadona, es agnóstico y vota a Geroa Bai.

Está muy bien ser de cualquier club, marca, religión o partido. Pero muchas veces nos volcamos en demasía con algunas de estas filiaciones cuando creemos que “lo mío es lo bueno, lo de los demás es lo malo”.

Si algún día perdemos los nervios en alguna conversación referida a asuntos relacionados con los tratados en el presente artículo, está claro. Hemos entregado nuestro cerebro humano a una empresa o institución.
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