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Ituren y Zubieta

Empapados de 'zanpantzar'

  • Una corriente sonora de 56 'joaldunak' hermana Ituren con Zubieta en el carnaval rural junto al río Ezkurra

A la izquierda, el veterano Javier Bereau camina junto al 'Hartza' en el descenso conjunto de los 'joaldunak' hacia el corazón de Ituren, incordiados por el esfuerzo y la lluvia

A la izquierda, el veterano Javier Bereau camina junto al 'Hartza' en el descenso conjunto de los 'joaldunak' hacia el corazón de Ituren, incordiados por el esfuerzo y la lluvia

eduardo buxens
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30/01/2014 a las 06:01
  • Natxo gutiérrez. Ituren
A las tres menos veinte de la tarde, Lázaro Erregerena Ariztegi tocó su trompeta con intención escrutadora, a la espera de encontrar respuesta en el sendero de hermanamiento entre Ituren y Zubieta. El camino del barrio de Latsaga, flanqueado por verdes praderas de poder cautivador acrecentado este lunes por el contraste de la lluvia, es lugar de ensamblaje de las delegaciones de los joaldunak de ambos términos y del barrio de Aurtitz, que reviven el conjuro contra los malos espíritus a golpe de cencerro sobre la espalda. El aviso sonoro de Lázaro Erregerena, veterano del zanpantzar con cuatro décadas de andadura en la manifestación cultural de raíces supersticiosas y raigambre popular, halló eco cinco minutos después con el trasfondo de un sonido metálico perfectamente sincronizado, preludio de la inminente fusión. Los 22 intérpretes de Ituren, caracterizados por su indumentaria de pantalón de mahón, enaguas y vellón, salieron al encuentro de sus invitados para acto seguido coincidir en una misma formación acústica de 56 integrantes.

El descenso en grupo, incorporado ya el Hartza (oso), fue una corriente tan brava en su poder acústico como las aguas crecidas del río Ezkurra que discurría en paralelo. En ese instante, como respuesta a la unión materializada, el cielo encapotado durante la mañana descargó su rabia con una densa cortina de lluvia.

El sol, que trató de zafarse de la rutina de las nubes, iluminó los prolegómenos del encuentro de Latsaga como si intentase dotar de trascedencia el ritual de hermanamiento, que tuvo este martes su reflejo en la devolución de la visita de Ituren a Zubieta.

Los rayos de esperanza en una mañana desapacible, compensada por el calor humano de una alta afluencia de público, volvieron a desplegarse cuando el séquito agrupado apuraba su retirada en el frontón de Ituren.

EL DESVÁN DE LA POSADA

En ese instante, Ane Ansó Loiarte, de 15 años de edad, descubrió su rostro juvenil al retirarse el ttunturo o gorro cónico, rematado en plumas de gallo. Con el nombre impreso de Zubieta en su camisa blanca, aportó, junto a su madre, Julia Loiarte Mutuberria, la imagen femenina en un grupo de presencia masculina mayoritaria. El carnaval rural invita, a su juicio, "a la participación de todos", sin diferencia de géneros. Sus palabras fueron acordes con la iniciativa de su madre adoptada años atrás de incorporar a la mujer en la imposición representativa de la ficción sobre la realidad bajo un manto de melodía sincronizada.

El conjunto mimetizado regresó al punto de partida de la delegación de Ituren, situado en el desván de la posada. Antes y después del itinerario por el entramado urbano, la estancia fue comedor de vituallas reconstituyentes para sobrellevar el sobresfuerzo realizado con cencerros a la espalda de 11 litros de capacidad y 40 centímetros de largo. 12 kilos de sobrepeso -entre los cencerros y las pieles- requirió más que voluntad para los esforzados de dar continuidad a una costumbre heredada de sus antepasados.

Por encima de impedimentos prevaleció un sentir general de mantener vivo un legado recibido, porque, como bien se escuchaba en el desván, "el carnaval es sagrado". La expresión -toda una injerencia en las semanas que anticipan al rigor cuaresmal-, se elevó sobre el vestuario improvisado de colocación de cencerros ajustados con cuerdas sobre recias pieles.

En tal menester se encontraron veteranos, jóvenes y menores, iniciados por sus padres en una suerte de liturgia de respeto y hondo sentimiento. "Se me pone la barba de punta", señalaba con un poso de humor ribeteado de un trasfondo de emoción por la ceremonia desplegada a su alrededor.

De un lado a otro, Ernesto Ariztegi Etxepetaleku buscó un lugar despejado para introducir a su hijo, Markel, de 3 años, en la tradición. Tocado con la preceptiva indumentaria, el pequeño dio sus primeros pasos de joaldun siguiendo la estela de su padre. "Le gusta mucho", apuntaba con orgullo el progenitor. Entre música de charanga y despliegue de escenas esperpénticas con disfrazados de distinta guisa, los cencerros se apagaron en Ituren para propagar este martes de nuevo su eco contagioso en la vecina Zubieta.
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