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Artesanía

El sol calentó la XXVIII edición del Día de la Tierra en Bera de Bidasoa

  • La temperatura de hasta 26 grados favoreció que miles de personas disfrutasen de la feria

El tamaño de las calabazas expuestas en el colegio Ricardo Baroja sorprendió a los visitantes
El tamaño de las calabazas expuestas en el colegio Ricardo Baroja sorprendió a los visitantes
Jesús Caso
  • Beatriz Díaz. Bera
Actualizada 29/10/2014 a las 06:00
En las calles y plazas de Bera confluyeron el domingo más de cien artesanos, miles de personas y altas temperaturas. El buen tiempo favoreció una gran presencia de visitantes que pudieron probar y comprar productos autóctonos. 

Desde ropa hasta tallas de madera ocuparon la calle Alzate. Se podían encontrar productos actuales de la zona y algunos de los más tradicionales que con el tiempo han ido cayendo en desuso. En la plaza de Bera se colocaron 38 puestos gastronómicos. Entre ellos se encontraba uno de carne ecológica en el que la sociedad de ganaderos Trigo Limpio vendía, según contaba el socio Gabriel Errandonea, "carne de vacas Betizu y caballos Pottokas, razas en riesgo de extinción".

"Después del puente y en la Plaza Nueva también hay productos tradicionales y otros más modernos. Hemos procurado que haya variedad", explicó la coordinadora del Lurraren Eguna, Bitori Telletxea. Parte de los beneficios de los puestos se destinaron a la asociación encargada de organizar el evento, Gure Txokoa. En el colegio público Ricardo Baroja había una exposición de hortalizas, frutas, verduras, frutos secos y hongos. En ella participaron veinte caseríos.

En el interior de la Ikastola Labiaga, los hermanos Rosa y Totono Errandonea hiceron un homenaje a Julio Caro Baroja a través de una exposición de fotografía. Cada año en el Lurraren Eguna, muestran imágenes antiguas del pueblo y sus habitantes que recogen desde los años ochenta. Este año, con motivo de los cien años del nacimiento del escritor, decidieron mostrar fotografías de su vida y su faceta de pintor.

ARTESANOS VETERANOS

Con la furgoneta cargada de herramientas y madera de laurel, Román Aduriz instaló su puesto en la calle Alzate. Con unas manos acostumbradas a trabajar la madera durante más de cuarenta años, talló durante la mañana cadenas con dicho material. 

Aduriz contó que "desde las últimas cadenas de este tipo que se hicieron han pasado unos cien años". Él quiso recuperar y mostrar de pueblo en pueblo un trabajo artesano que aprendió de pequeño en el lugar donde nació, Oiartzun (Guipúzcoa). Explicó que "solo se pueden hacer con madera de laurel porque es la única que no se rompe".

Con sus 83 años, Aduriz acude al Lurraren Eguna desde hace unos treinta. En cuanto a las ventas, confesó que son muy escasas porque "la gente tiene poco dinero y para todo no llega". Crear una cadena de madera le puede llevar horas, pero Aduriz aseguró que disfruta con ello y que le gusta que la gente se interese por su trabajo artesano.

Unos metros más adelante, Agustín López se concentraba en hacer con sus manos escobas de brezo. "Durante los meses que tienen la letra ‘r’ se corta el brezo. Hay que dejarlo quieto de uno a cuatro años hasta que se seque bien. Después ya se puede montar la escoba", explicó López. 

Desde el año 98 ha recorrido pueblos y ciudades de Navarra, el País Vasco, Aragón y La Rioja para mostrar y vender sus escobas. López comentó que "la venta es escasa. Pero lo importante es que a la gente le gusta ver lo que hacían nuestros abuelos". Con una sonrisa triste, este vecino de Bakaiku y uno de los últimos escoberos del lugar, dijo: "Este año me retiro con 82 años. Es mi afición desde que me jubilé".

En la zona de la gastronomía, uno de los puestos más veteranos era el formado por Martín Artieda y su cuadrilla (en total unas doce personas), ecargados de hacer talos. Artieda es un beratarra de 82 años y ha participado en el Lurraren Eguna desde la primera edición. 

"La base de un buen talo es un maíz muy molido con cáscara y todo, hasta que sea polvo", explicó Artieda. Después a la harina se le añade agua y sal y se amasa todo. También contó que en su infancia comió muchos talos y que ahora prefiere no hacerlo: "Fue un alimento esencial y recurrido en la posguerra, ya que no había pan".


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