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ESTEBAN ORTA RUBIO

150 años de la llegada del tren a Tudela

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Imagen de 1900 de varios usuarios del tren Tarazonica ante los vagones del ya desaparecido ferrocarril. NICOLÁS SALINAS
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Imagen del tren Tarazonica. J.A.
Actualizada 18/09/2011 a las 02:05

E N unos momentos en que tanto se habla de la llegada del AVE a Navarra no estará mal que recordemos que llevamos ya siglo y medio disfrutando del tren en nuestra tierra. El 18 de septiembre de 1861, en pleno reinado de Isabel II, don Cosme Marrodán, obispo de Tarazona, bendecía la nueva estación de ferrocarril de Tudela. También bendijo ocho flamantes locomotoras dispuestas a entrar en servicio. Un acto solemnísimo al que asistió el rey consorte, don Francisco de Asís, que declaró inaugurado oficialmente el trayecto Tudela - Pamplona.

Sin embargo, no era la primera vez que el tren llegaba a Tudela. Meses antes, -el 29 de abril, según Juan José Martinena- se había efectuado el primer viaje de pruebas desde Pamplona. Las crónicas hablan de gentío inmenso apostado a ambos lados de la vía, mientras, solemne y majestuosa, envuelta en nubes de vapor, hacía su entrada "La Celestina", la locomotora que arrastraba el convoy. Niños y mayores quedaron asombrados con la llegada del monstruo.

La Ribera, tierra de buenos caminos

La Ribera ha estado siempre bien comunicada por encontrarse en la mejor vía natural de la península, el corredor del Ebro, al que alguien calificó como "Autopista al corazón de España". Efectivamente, el río Ebro comunica dos mares, el Cantábrico y el Mediterráneo, y sus afluentes ofrecen los caminos que conducen a la Meseta o guían a Europa. Por aquí pasó la calzada romana que unía Tarraco (Tarragona) con Legio (León) y del puerto fluvial de Ribotas (Tudela) partían, en la Edad Media, mercancías y viajeros hacia Zaragoza y el Mediterráneo. Siglos más tarde, el Canal Imperial sirvió de vía fácil y segura hasta la llegada del ferrocarril.

Por ello, a nadie extrañó que Tudela, sin ser capital de provincia, estuviese entre las primeras ciudades españolas en tener estación de ferrocarril. Su situación a orillas del gran río y entre dos focos industriales, País Vasco y Cataluña, así lo planteaban. Ya en fecha tan temprana como 1855, al dictarse la Ley General de Ferrocarriles, el ayuntamiento de Tudela se unió al proyecto de ferrocarril entre Bilbao y Zaragoza. Posteriormente, apareció el de Zaragoza-Pamplona.

La construcción del ferrocarril

Los primeros trabajos de desmonte y nivelación comenzaron en la zona en agosto de 1858. Así lo afirmaba el corresponsal en Tudela del periódico bilbaíno Irurac-bat, cuya crónica fechada el 2 de julio de 1859, apunta la noticia de haberse expropiado 43 casas para demolerlas y dar paso a la vía férrea. El promotor fue el Marqués de Salamanca, que contó con el apoyo de capital francés y que incluso estuvo por el mes de septiembre en Tudela.

La construcción de las líneas Zaragoza-Bilbao y Tudela-Pamplona provocaron ilusiones y también desencantos entre los pueblos, pues la posibilidad de tener cerca la vía y, sobre todo, contar con una estación suponía -literalmente- subirse al tren del progreso. A la larga supuso una auténtica revolución. Para Navarra fue una oportunidad clave de dar salida fácil a sus excedentes agrarios, tanto al mercado nacional como al extranjero. El gran favorecido resultó ser el vino, con una gran demanda del mercado francés, afectado por la filoxera. Evidentemente, no es casualidad que entre 1850 y 1880 la superficie dedicada a viña en Navarra aumentase un 30%. Los valles del Queiles y del Alhama, de gran tradición vinícola, estaban de enhorabuena y en ese mismo tiempo casi triplicaron la producción.

Una crónica de la época

Conocíamos algunos detalles de lo ocurrido en Tudela por la breve descripción que trae Mariano Sainz en sus Apuntes Tudelanos. Pero he aquí que hace apenas unas semanas encontré entre viejos papeles del Archivo Decanal una crónica de tal acontecimiento. No es muy amplia, pero complementa la anterior y permite conocer aspectos hasta ahora ignorados.

Por ejemplo: el rey consorte, don Francisco de Asís, que el día anterior había inaugurado el tramo Barcelona-Zaragoza, partió de esta capital hacia Tudela a las 9.32 horas en un convoy en el que viajaban también el ministro de Fomento y numerosas autoridades. Todo fue bien hasta Pedrola, donde ocurrió "un pequeño descarrilamiento". Aunque la crónica asegura que "no bulcó ningún coche", el incidente impidió que siguiera adelante el tren. Ante esta adversidad, salió uno desde Tudela al que hubieron de trasvasar al rey y su séquito. Nueva parada en Cortes, donde esperaban las autoridades de Navarra y el ayuntamiento de Pamplona con su banda municipal en traje de gala. Por fin, llegaron a Tudela un tanto pasados de hora.

El obispo de Tarazona, subido a un altar con la imagen de la Purísima traída del convento de Madres Dominicas, bendijo la flamante estación, la nueva línea "y después las ocho locomotoras una por una". A continuación, un baño de masas desde la estación al centro de la ciudad para asistir al banquete que la empresa constructora ofreció a tan ilustres huéspedes. El cronista, escandalizado, afirma que el coste de la comida ascendió a "cuatro o cinco mil duros". Prosigue luego describiendo las calles engalanadas: "El M.I. Ayuntamiento colocó en la Carrera de las Monjas y en la plaza titulada del Hospital 48 maderos pintados con cinco banderitas nacionales cada uno y sobre el arco titulado de la Carrera, las armas del Ayuntamiento adornadas con banderines. Hubo de estos 245."

No se olvidó el cronista de cuantos ilustres personajes se acercaron aquel día a Tudela. Entre otros nombra a Salustiano Olózaga (1805-1873) "jefe del partido progresista"; al general Domingo Dulce (1808-1869) "Capitán General de Cataluña", y al influyente corellano Fermín Arteta (1796-1880), ministro en varias ocasiones y ya por entonces retirado en Corella. Termina, "y otros personajes cuyos nombres no he podido averiguar."

Tras la comida, el rey continuó hasta Pamplona, de donde volvió al día siguiente a Tudela Aún tuvo tiempo de visitar el Bocal antes de partir, al atardecer, para Madrid. Curiosamente, no volvió por Zaragoza en ferrocarril, sino que tomó la posta en Cintruénigo y de allí, por Soria alcanzó la corte.

Día grande para Navarra

El 18 de septiembre de 1861 fue un día grande para Navarra. En adelante, el tren la unía con Madrid en un viaje increíblemente rápido. La capital de España ya no se hallaba a varios días de distancia. Viaje largo y muy caro, pues al costo del billete en diligencia había que añadir los gastos de comida y hospedaje. Por el contrario, ahora, todo quedaba a poco más de 12 horas. Los viajeros lo notaron. Pregúntenle al poeta Gustavo Adolfo Bécquer, que en su viaje al monasterio de Veruela, la primavera de 1864, invirtió el mismo tiempo en venir de Madrid a Tudela que de Tudela al Moncayo. Efectivamente, a la capital ribera llegó, cómodamente, en una noche. Aquí tuvo que esperar, almorzar y tomar luego la vetusta diligencia para Tarazona. ¡Sólo tardó tres horas en recorrer los 22 kilómetros! Nueva espera, hasta que instalado en una mula de arrieros pudo llegar al ansiado cenobio donde escribió Cartas desde mi celda.

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