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Un sastre al milímetro para los aperos

  • En su comercio con aire de antaño se encuentran también artículos de otros oficios desaparecidos

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Evaristo Goyache Sardina con algunos de los collares en los que estaba trabajando ayer en su negocio de la calle Calderería. MONTXO A.G.
  • R. ARAMENDÍA . ESTELLA
Actualizada 17/01/2012 a las 00:02

AUNQUE sigue en el mismo lugar, con el mismo mobiliario y hasta el mismo letrero de porcelana, el trabajo en la guarnicionería de Evaristo Goyache Sardina, de 57 años, poco tiene que ver con el que se hacía en la de su abuelo, Evaristo Goyache Redín, que la abrió en la calle Calderería en 1914, ni en la de su padre, Evaristo Goyache Pascual, con un taller que tenía tres obreros. Como sus cuatro hermanos varones (tiene además una hermana) aprendió el oficio de pequeño. "En las familias grandes de entonces después de la escuela íbamos pasando por el taller y así aprendimos todos. Yo hice maestría eléctrica y trabajé en Vitoria, pero mi padre me propuso seguir con la tienda y volví en 1986". Fue el único de los hermanos que se decidió. "Al parecer la vocación se transmitió por la vía del nombre", bromea.

"Mi meta ha sido mantener el espíritu de la tienda antigua, que siga como era desde el principio". Las mismas estanterías originales y un largo mostrador de roble de una pieza dan fe de que lo han conseguido. El pequeño taller en la trastienda está hoy en desuso y se utiliza sobre todo como almacén, aunque ahí siguen tres máquinas de coser.

"El cuero es la materia prima fundamental del guarnicionero, pero la labor que lo define es la costura de las piezas. Es como un sastre, aunque de aperos en su mayoría agrícolas". Los guarnicioneros elaboraban todo tipo de utensilos para el campo, no sólo los collares para cencerros del ganado, las cabezadas de mular y caballar y multitud de arreos, sino también algunas piezas de la maquinaria, como las lonas de segadora. "Al margen del cuero, uno de los materiales que más se cosía eran las lonas y por eso los guarnicioneros han sido siempre tolderos. Mi padre lo fue, pero lo dejó por vértigo, y yo no seguí", explica. Antonio DomblásHermoso, el otro guarnicionero que queda en Estella, está especializado en esta rama.

Un abanico reducido

Hoy la elaboración manual se ha reducido a unos pocos artículos. "Lo que más hago son collares para perros, para cencerros y algún cinturón. La mayoría de mis clientes son gente de los pueblos de la merindad, que han usado este tipo de elementos siempre y aún los prefieren. Un collar de perro puede durar toda la vida del animal, algo que no suele pasar con los que están fabricados en serie". Pero algunas piezas son también caras. "Casi todos los ganaderos prefieren que cada animal lleve cencerro, pero no resulta asequible en todos los casos. Un pastor con mil ovejas, por ejemplo, es difícil que se lo pueda permitir, porque pueden costar entre diez y dieciocho euros".

Hace años Evaristo Goyache dio un giro a la gama de productos de la tienda, ya que no sólo se venden artículos artesanos, sino un sinfín de objetos relacionados con el campo y las casas rústicas, desde calzado a a adornos como fuelles, otro objeto que también era fruto de la colaboración entre guarnicioneros y carpinteros. "He ido recogiendo en la tienda ejemplos de varios oficios que ya han desaparecido en Estella, como las cestas de castaño, botas de cuero, botijos o cordelería. Algunos los hago yo mismo, como los cíngulos que se emplean en las túnicas de las procesiones de Semana Santa". También encinta a mano zapatillas de esparto para fiestas y sigue vendiendo abarcas de cuero, algo que hoy en día sólo utilizan los danzaris. "Hace años un amigo solía decir que mi negocio era como El Corte Inglés pero sin escalera mecánica. Es verdad que aquí se puede encontrar un poco de todo". Pero siempre para uso rural.

La guarnicionería Goyache mantiene ese aire de los comercios de antaño porque efectivamente lo es. En el año 2014 cumplirá cien años. "Yo seguiré aquí hasta que me jubile, con 65 o 66 años, según lo que marquen las leyes. Tengo dos hijas que se dedican a otras profesiones y no creo que vaya a seguir nadie. Probablemente entonces el negocio se extinguirá". La tienda entonces no pasará de los 105 o 106 años.

Pero mientras tanto, ha encontrado una nueva vitalidad. "Con la crisis, cada vez tengo más demanda de arreglos. Ahora la gente se lo piensa antes de tirar algo a la basura. Cualquier correa de bolso o maleta se puede coser o arreglar. En estos últimos años he vendido menos y he arreglado mucho más".

Otra de las nuevas vertientes a las que ha enfocado su negocio es el Camino de Santiago, que le ha traído nueva clientela. "La ruta es una fuente muy importante de visitantes. Presto mucho servicio a los peregrinos de bicicleta, que suelen tener frecuentes desperfectos en el equipaje que llevan colgado de las bicis. A partir de primavera vienen pronto y hago un esfuerzo para que a partir de las 9.30 se puedan seguir adelante con todo reparado", concluye.



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