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Un sacerdote estellés será beatificado 75 años después de morir fusilado

  • "Gregorio y sus jóvenes compañeros fueron llevados como ovejas al matadero en medio de un caos de odio y confusión"

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Gregorio Escobar Barbarin, sobrino y único familiar residente en Estella del futuro beato, muestra el entorno del barrio de San Pedro en el que nació. MONTXO A.G.
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Un sacerdocio breve. Recordatorio de la ordenación de Gregorio Escobar García, el 6 de junio de 1936, cinco meses antes de ser fusilado. DN
  • R.A. . ESTELLA
Actualizada 08/11/2011 a las 01:04

Dentro de poco más de un mes, el 17 de diciembre en la catedral de la Almudena de Madrid se recordará el destino trágico de un estellés, Gregorio Escobar García, que será beatificado junto con otros 22 mártires que partieron del convento de oblatos de Pozuelo de Alarcón para ser fusilados, en Paracuellos del Jarama en este caso. Su vida finalizó con tan sólo 24 años la fría mañana del 28 de noviembre de 1936.

Gregorio Escobar García pasó la mitad de su vida en Estella, donde nació el 12 de septiembre de 1912, el segundo de siete hermanos de una familia numerosa del barrio de San Pedro, parroquia de la que su padre, Hilario Escobar, era sacristán. Educado en un ambiente de profundas creencias religiosas, a los 12 años y gracias a la ayuda económica del párroco, José María Sola, ingresó en el seminario menor de los Oblatos de Urnieta (Guipúzcoa) para después iniciar el noviciado en Las Arenas (Vizcaya).

En su cuarto año de estudios y en unas vacaciones se encuentra con su madre gravemente enferma. Con sólo 16 años, ya conforta y prepara a todos para el inevitable final como el futuro sacerdote que es. Incluso recomienda a su padre que, por el bien de sus hijos, vuelva a contraer matrimonio. Es una muestra más del carácter equilibrado, confidente y de buen consejero, con el que se destacaría entre sus compañeros, según se recoge en su proceso de beatificación. Gregorio Escobar continúa los estudios eclesiásticos en Pozuelo (Madrid), aunque los tendrá que interrumpir en 1934 por ser llamado a filas.

De vuelta y un año antes de terminar los estudios de Teología, el 6 de junio de 1936, es ordenado sacerdote en Madrid, aunque, debido a la alarmante situación de España en ese momento, no podrá ir a su ciudad natal para celebrar su primera misa. Esta era la gran ilusión de toda la familia, que deseaba ver a Gregorio Escobar cantar misa a los pies de la Virgen del Puy, por la que el joven sacerdote sentía desde devoción desde niño. "Nunca volvió a traspasar el umbral de su basílica sobre la colina", se lamenta Gregorio Escobar Barbarin, sobrino del futuro beato y única familia que queda en Estella del malogrado sacerdote.

Las vicisitudes de sus últimos días revisten algunos tintes de peripecia de novela si no fuese por lo infortunado de los acontecimientos. La Guerra Civil trunca todas sus esperanzas como sacerdote.

Efectivamente, el 22 de julio el convento de los Oblatos fue asaltado por los milicianos, y Gregorio, con todos los miembros de su comunidad, quedó hecho prisionero en su propia casa. Dos días más tarde es llevado a la Dirección General de Seguridad en Madrid, donde el día 25 del mismo mes fue puesto en libertad.

Empieza ahí un calvario de clandestinidad y detenciones intermitentes en el que su destino se cruza por un momento con el de otro de los más conocidos estelleses, Manuel de Irujo, ministro sin cartera del Gobierno de Largo Caballero, que en su condición de católico del PNV trataba de liberar a sacerdotes y religiosos vascos de las cárceles.

Enterado al parecer de la situación de Gregorio Escobar, a quien probablemente no conocía, aunque sí sus familias respectivas, le ofrece su mediación para salir de la cárcel. Pero como estaba fuera de su alcance liberar a sus compañeros, Escobar rechazó la ayuda de Irujo. En una de las frecuentes "sacas" de las cárceles que se produjeron a partir de noviembre de 1936, el sacerdote estellés y varios compañeros son conducidos a Paracuellos del Jarama para ser fusilados.

GREGORIO ESCOBAR BARBARIN SOBRINO DEL SACERDOTE

"Debemos caminar todos hacia la reconciliación"

También desde Estella Gregorio Escobar Barbarin se prepara para acudir el próximo 17 de diciembre a Madrid, inspirado sobre todo por un ánimo de perdón. "Momentos como éste son la ocasión que tenemos todos de caminar hacia la reconciliación", opina. Hombre de convicciones políticas, no en vano ha sido concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Estella entre 1999 y 2003, cree que es necesario hacer el ejercicio de aprender de la historia. "La iglesia quiere celebrar estos martirios y es justo y conveniente que así sea, pero debiera hacerlo desde la óptica de un reconocimiento, que no parece llegar, de todas las responsabilidades en aquel conflicto fratricida que congeló la historia de nuestro país y nos impuso a todos la ley del silencio. Gregorio y sus compañeros entregaron generosamente su vida en correspondencia con su fe. Sus jóvenes corazones tan sólo anhelaban ofrecer ayuda y consuelo a quien lo necesitase. Sin embargo, fueron llevados como ovejas al matadero en medio de un caos de odio y confusión", explica. Escobar Barbarin recuerda que casos como éste se multiplicaron por la geografía nacional y, muy especialmente en Navarra. "Entre otras cosas porque aquí no hubo frente de guerra. Porque los paseos y las matanzas cogieron a todos por sorpresa al ser iniciados en el mismo momento en que se produce el alzamiento y, además, porque fueron planificadas sistemáticamente para crear un clima de terror y aniquilamiento precisamente por aquellos que se autodenominaban defensores de la religión. Todas estas otras víctimas son asimismo mártires cuyos sueños y esperanzas en un mundo más justo y libre fueron salvajemente truncados".

Pero de ello también se puede aprender y hacer un punto de partida. "Mal nos va a ir si no somos capaces de reconocerlo y de implicarnos todos en un proceso de reflexión para que la sangre de todos estos inocentes no haya sido derramada en vano", argumenta.

Un presagio del trágico final

Incluso antes de que se desate la guerra, Gregorio Escobar intuye el clima tan hostil que se respira en Madrid. En esa época y según su costumbre continúa escribiendo a su familia en Estella, a la que envía unas reflexiones en las que se denota claramente que presiente su final. El texto autografiado de Escobar dice: "Siempre me han conmovido hasta lo más hondo los relatos de martirio. Siempre, al leerlos, un secreto deseo me asalta de correr la misma suerte que ellos. Ése sería el mejor sacerdocio al que podríamos aspirar todos los cristianos: ofrecer cada cual a Dios el propio cuerpo y sangre en holocausto por la fe. ¡Qué dicha sería la de morir mártir!", dejó escrito.



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