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CEMENTERIO

El arzobispado abre la cripta de Los Caídos en la cuenta atrás de las exhumaciones

Ayer se permitió la entrada a los medios de comunicación en la zona de las tumbas de Mola, Sanjurjo y seis navarros

En primer término, la tumba de Mola con las letras en metal de oro y un escudo con la laureada de San Fernando.

En primer término, la tumba de Mola con las letras en metal de oro y un escudo con la laureada de San Fernando.

Actualizada 30/09/2016 a las 11:50
  • M. M. PAMPLONA
Desde que en 1961 llegaron los restos de Mola y Sanjurjo a la cripta de Los Caídos junto a los de otros cinco navarros muertos en el frente nacional, apenas se ha abierto esta pequeña catacumba del monumento diseñado por José Yárnoz y Víctor Eusa. En 1964, el traslado desde Puente la Reina de Severiano Arregui Olalquiaga, muerto en la guerra y elegido para representar a su merindad, selló para la multitud el espacio abovedado.

Así, el silencio y la oscuridad rellenan hace 55 años la cripta que mezcla el yeso de paredes crema con las piedras de sillería que dibujan los arcos y las ocho columnas que enmarcan el sarcófago de Mola, junto al granito de las cinco tumbas neoclásicas con los restos de los seis navarros -la que representan a la comarca de Sangüesa, compartida por dos hermanos- y el metal en oro de los escudos.

Tan solo los días 19 de cada mes, un grupo de la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz enciende las luces de la cripta para celebrar una misa. Unos diminutos focos que apenas entresacan de las sombras las tumba. Hubo que renunciar a la lucernaria sobre la tumba de Mola. No aguantó la humedad de Pamplona.

Medio siglo casi de olvido, aunque tras la puerta del pequeño pasillo que desemboca en la cripta ha habido trasiego de cajas, con el almacén del Banco de Alimentos o cuando la Asociación de Belenistas ocupaba el espacio contiguo para organizar por Navidad sus exposiciones. Tan solo un paréntesis: en el año 2004, cuando se restauró al completo el inmueble que el arzobispado cedió al Ayuntamiento. Menos la cripta.

Pero la decisión adoptada por el equipo de gobierno municipal (Bildu, Geroa Bai, Aranzadi e IE) de exhumar los cuerpos en noviembre ha despertado el interés de este espacio mortuorio, por lo que ayer el arzobispado permitió ayer el acceso a los medios de comunicación. Y a las doce, se abría la puerta de madera que daba al pasillo flanqueado a su derecha por las fotos de los religiosos asesinados durante la Guerra Civil en el bando nacional. En frente, una bandera del Vaticano. Y a ambos lados, las tres únicas lápidas que quedan con los muertos nacionales durante la contienda.

En el espacio circular central, la tumba de Mola se destaca subida a dos grandes peldaños de granito. Sobre su lápida, en letras de oro “Navarra a Mola”. Y alrededor, en hornacinas, las cinco tumbas en granito con diseño neoclásico de los seis navarros representantes de las merindades. Para Sanjurjo se construyó un ábside convertido en altar. Su sarcófago es igual que el de los otros navarros, pero mientras aquellos tienen grababas sus leyendas en piedra, al militar le pusieron en metal de oro “A Sanjurjo su pueblo”.

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