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Egüés

El tiempo de un pueblo que ya no lo marca el campo

  • Hasta 2011, este concejo albergó el Ayuntamiento de un valle al que da nombre por ser, junto a Badostáin, el pueblo más grande

El tiempo de un pueblo que ya no lo marca el campo
José Javier Oroz Lizarraga, sentado en uno de los bancos de piedra del frontón que anteceden a la plaza de la iglesia.
M.M.
  • ​M.M. Egüés
Actualizada 04/04/2015 a las 06:00
En el pueblo de Egüés han cambiado muchas cosas en pocos años. De ser la cabeza visible de un valle al que daba nombre por, junto a Badostáin, tener el que más vecinos a ceder la sede del Ayuntamiento a Sarriguren. Y de tener a más de veinte familias dedicadas a la agricultura a quedar únicamente tres.

Es precisamente este último dato el que más ha transformado la vida de una localidad que poco ha variado su fisonomía. “Había previsto construir urbanizaciones al norte, más alejada de Egüés, y al sur, pegada al pueblo. La primera nos hizo pasar de 100 habitantes a los más de 300 de ahora -lejos de los 13.108 de Sarriguren- pero la segunda se paralizó por la crisis”, dice José Javier Oroz Lizarraga, agricultor de 67 años.

En cambio, este vecino de Egüés dice que la transformación ha sido social. “Antes, todos vivíamos al mismo ritmo, que marcaba el campo. Por eso quizá se coincidía más en la calle. Ahora la mayoría de la gente trabaja en Pamplona y se ha convertido un poco en barrio dormitorio”, describe.

Pero el crecimiento de la población no ha quitado de este paisaje humano a los niños. Y eso que hace décadas cerró la escuela. “En cuanto llega el buen tiempo los traen sus padres a los columpios del parque”, explica sobre un recinto que, frente a la casa parroquial, cedió la iglesia para construir allí el lugar infantil. Detrás, la parroquia con un incipiente gótico en sus arquivoltas y el frontón. “Aquí hacíamos también la vida de críos”, recuerda. “Antes los niños nos cuidábamos unos a los otros. Ahora vienen con sus padres”.

Aunque esa mayor libertad, no les evitaba que les cayera una regañina cuando se iban al río Urbi. “Ahí sí que se enfadaban porque veían más peligro. Pero a nosotros nos encantaba ir para coger cangrejos. Por supuesto, autóctonos que estaban buenísimos. Ahora no pesco porque solo quedan de esos americanos que no tienen ni sabor”. Y ya en la adolescencia, se marchaban hasta Huarte los domingos para la sesión de cine parroquial. “Las familias eran muy numerosas y aunque los pueblos no tuvieran muchos habitantes sí había un buen grupo de críos para jugar. Cuando yo era niño estaríamos una veintena de chavales de la misma edad en un lugar de poco más de cien habitantes”.

Vecinos, recalca además, que sometidos a la misma fuente de ingresos vivían en similares condiciones. “Entonces en las casas el suministro dependía de la central eléctrica de Oricáin. Y las familias teníamos unas bombillas que apenas nos daban luz”.

José Javier Oroz, que se pierde en las raíces de su árbol genealógico para indagar las raíces familiares en Egüés -”de toda la vida”, resume- tuvo la oportunidad de marcharse a la ciudad. “En casa éramos cinco hermanos y yo fui el único que me dediqué al campo. Me gustaba la agricultura y me sigo gustando. Así que siempre he dicho que irme a Pamplona ni me ha atraído y, lo que es más importante, ni me he visto obligado”, afirma.

Los que sí tuvieron que emigrar al menos lo hicieron a pocos kilómetros, apenas ocho. “Pero si se tiene hijos la atadura es grande. No puedes estar toda la vida con el coche para arriba y para abajo. Así que la mayoría se quedaron en Pamplona. Pero también muchos optaron por conservar la residencia familiar y vienen todos los fines de semana”.


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