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PREMIO TOMÁS BELZUNEGUI

Lee el relato ganador completo 'Doña Elvira, que sabía enseñar a volar'

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Actualizada 13/12/2013 a las 10:16
Mayra sintió que se le desgarraba el alma cuando doña Elvira, su doña Elvira, aflojó los dedos que mantenía entrelazados con los suyos desde hacía horas. Se le deslizaron suavemente, como sin querer, destejiéndose de lo que le agarraba a la vida. Un escalofrío recorrió la espalda de Mayra. Doña Elvira, su doña Elvira, se iba y ella volvía, otra vez, a quedarse sola. Antes de avisar a nadie, dejó que los recuerdos se agolparan haciéndose sitio en sus pensamientos.

Hacía dos años que Mayra había llegado a casa de doña Elvira, entonces, doña Elvira a secas. Fue a partir de esa fecha cuando empezó a abrirle las puertas de su casa y de su corazón. Mayra se había presentado en respuesta a un anuncio en prensa donde se solicitaba persona amable, discreta y con disponibilidad de tiempo para cuidar a persona mayor. Mayra consideró que reunía los requisitos, además de tener una gran urgencia por encontrar una fuente de ingresos.

Y aunque Mayra llegó para cuidar a doña Elvira y atender las tareas de su casa, la realidad fue que, a partir de entonces, una entró en la vida de la otra con la naturalidad con que la noche sucede al día. Doña Elvira era dulce y sus dedos, que ahora se desgajaban de la mano de Mayra, habían pasado hojas y hojas de cuadernos de maestra y de páginas de libros que le hicieron soñar con otros mundos y con otras vidas.

Mayra, en cambio, no había vivido más que la suya y llegaba a su nuevo destino con la esperanza de encontrar otra que había soñado para ella y los suyos que, por ahora, había dejado en su país. Desde su silla de ruedas y con una vista cada vez más deteriorada, doña Elvira le abrió un mundo a los libros y volvió a vivir otras historias a través de Mayra, quien le leía lo que le pedía cada vez con un mayor interés.

Doña Elvira le apuraba cada vez más para que terminara, o no, pronto las tareas domésticas, incluso que las dejara así, de esa manera, porque cada vez ansiaba más ese momento en que las dos se sentaban, una junto a otra, en una cercanía que, además de física, poco a poco llegó a ser intelectual, para compartir lecturas de héroes y villanos, de amores y tragedias, de reyes y lacayos, de vidas que quedaban todavía por vivir a las dos.

Doña Elvira le enseñó a saborear las delicias de las páginas que descansaban en las estanterías de una casa, donde el silencio que reinaba normalmente dejaba paso en otros momentos a pasiones y luchas, a conflictos y tiempos de otras épocas, en cuanto Mayra comenzaba a leerlas ante la atenta doña Elvira, que, mientras, perdía su mirada hacia lugares que pocos podían ver.

Al principio doña Elvira elegía los libros que Mayra debía leerle. Eran totalmente nuevos para una persona como Mayra que había leído lo justo para sobrevivir. Con el tiempo, fue Mayra la que decidía, después de convertir en habitual el ritual de pasar sus ojos de izquierda a derecha y de subirlos de abajo a arriba y volverlos a bajar para escoger el perfecto, el libro que encajaba ese día y esa hora.

Uno de esas veces en los que ya elegía Mayra, sus ojos se posaron en un libro que desplegaba misterio y pasión a su alrededor. Mayra leyó el título. Doña Elvira, que ya para entonces era su doña Elvira, miró por la ventana, y tensa e impaciente ajustó como pudo su cuerpo menudo a la silla para disponerse a volar en avioneta, como tantas otras veces en otros momentos había hecho. “Yo tenía una granja en África…” escuchó leer a Mayra. Y con Isaak Dinesen y sus Memorias de África, en boca de Mayra, volvió a sentir palpitar su corazón. “Tú también aprenderás a volar sobre África, ya verás”, le decía doña Elvira.

Mayra continuaba día tras día. “Anoche soñé que volvía a Manderley”, y doña Elvira pidió una manta a Mayra antes de continuar para que el frío helado que sentía la nueva mujer de Max de Winter, provocado por la gélida ama de llaves de Rebeca y la sequedad de su marido no se volviera a incrustar entre sus huesos. Mayra alternó Daphne du Maurier con otros autores y otros libros, como el que comenzaba con “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” o con “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”, un comienzo preludio de lo que iba a ocurrir a lo largo de las eróticas páginas de Nabokov. A uno le seguía otro, con el ansia de saber si encontraría otro más interesante todavía. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”; o ese “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”, y, lo que son las cosas, Mayra pasó del burro de Juan Ramón Jiménez al recuerdo de cuando nació su hijo, que lo sintió así, como sin huesos de desprotegido que vino al mundo, tal como le sigue sintiendo a pesar de que la vida le alejó de él hace ya un tiempo. Doña Elvira percibió un llanto suave y silencioso cuando Mayra comenzó a leer a Tolstoi por primera vez en su vida: “Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”, en las páginas de Anna Karenina. Y Mayra, otra vez, volvió a acordarse de su hijo, ay, dónde estará, cuando comenzó a leer “Sonó el teléfono y supo que la iban a matar”. Por qué Arturo Pérez Reverte le hizo llorar con su Reina del Sur es algo que doña Elvira sólo pudo intuir.

Y así, entre título y título, mientras Mayra iba leyendo cada vez más ávida de sensaciones y emociones, y de vidas y de historias, se fue tejiendo una relación que sobrepasaba lo doméstico y lo material. Doña Elvira le enseñó a soñar, a vivir, a estremecerse con las emociones que transmiten las letras y que sólo son accesibles a quienes tienen un corazón especial. “Llamadme Ismael”, comenzó a leer Mayra, y poco le hizo falta con ese comienzo para embarcarse en la travesía del barco ballenero Pequod, que el capitán Ahab convirtió en su obsesiva y autodestructiva persecución de la gran ballena blanca Moby Dick. No dejó ningún inicio sin terminar, llegaba hasta el final, hasta la última página, hasta la última letra.

Todos los comienzos de tantos libros que aprendió a leer durante dos años se agolparon con fuerza en la cabeza y en el corazón de Mayra cuando vio que doña Elvira se le iba. ¡Tanto había vivido y viajado con ella desde dos sillas unidas a un libro! ¡Y tanto quedaba por leer aún! ¡Cómo se marchaba ahora dejándole huérfana de historias que ella le había enseñado a amar!

Eso sí, a partir de ahora, en cada libro que cayera en sus manos, Mayra encontraría, entre letras, entre líneas, entre páginas, a doña Elvira, su doña Elvira, y con ella compartiría, como si de un narrador omnipresente se tratase, todas las lecturas que había dejado pendiente.

Pasó poco tiempo cuando desde el otro lado del teléfono le dieron la noticia. Doña Elvira había escrito su propia historia para ella, una historia breve pero interminable para Mayra. “Dejo todos mis libros y el lugar donde han vivido hasta ahora a quien ha sabido descubrir la emoción de las letras, sentir su calor y su frío, llorar y amar las historias. Los dejo a Mayra, que ha aprendido a volar sobre las tierras de África”.
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