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Un pueblo que olía a mar

  • Paco Amóztegui, con 12 años, comenzó a trabajar en las salinas barriendo y a los 14 ya tenía que cargar con cestas de quince kilos de mayo a septiembre

Paco Amóztegui sostiene en sus manos una fotografía antigua de las salinas en el mismo lugar donde estuvieron.

Paco Amóztegui sostiene en sus manos una fotografía antigua de las salinas en el mismo lugar donde estuvieron.

CASO
27/02/2016 a las 06:00
  • M.M. Salinas (Galar)
Cuesta creer que en el campo de fútbol de Salinas (Galar) fuera hasta la década de los sesenta un solar de losetas de piedra destinadas a la extracción de sal. Pero antiguas fotografías y la memoria de gente como Paco Amóztegui Serrano permite con la imaginación desenterrar los dos metros de tierra con los que se tapó la explotación que a muchas familias redondeó una economía basada en la agricultura y ganadería. “Sí, la mayoría de las parcelas eran de gentes de aquí, aunque también había otros que solo tenían en Salinas tierras y las salinas”, recuerda Paco Amóztegui, de 76 años, y que trabajó en este lugar desde los 12 hasta los 20. Después, tras hacer la mili , encontró trabajo en una fábrica. Y fue la industrialización de la comarca de Pamplona la que robó la mano de obra de las salinas. “Era lógico. Cobrabas a final de mes y tenías tus horas. La vida en el campo era dura. El ganado, la agricultura y de mayo a septiembre las salinas”, dice Paco.
Su historia puede ser la de muchos otros de su edad. A los doce años, sin terminar el colegio, se ocupaba de barrer en las salinas, tanto el mineral como el agua. “Se sacaba de dos pozos hechos al manantial subterráneo. Tenía tanta sal que si te caía un poco a la cara se te quedaba blanca. Como los brazos”. O los pies ya a los 12 años endurecidos entre el agua y el mineral. “Siempre he dicho que podría hacer la Javierada descalzo”, ríe, para añadir otro dato a su biografía, ser de los primeros peregrinos al castillo del patrón de Navarra. “Sí, íbamos calzados... Pero con albarcas llenas de paja”.

Y a los 14 años se ponía punto final a la vida de escolar para entrar de cabeza en las labores de las casas. “A las siete de la mañana ya estabas en pie para dar de comer el ganado o llevarlo al campo hasta mediodía. Por la tarde, la misma historia”. Hasta mayo, cuando había que introducir el trabajo de la sal. “Primero se lavaban las losas con agua dulce y se les echaba encima la salada de los pozos. Si hacía un sol bueno, en cinco o seis días ya estaban en flor”.

Llegaba entonces el momento de barrer. “Se formaba una capa de escamas en la superficie que ahora se cotiza como un manjar. Pero entonces la escoba lo arrastraba todo por igual”, sonríe. “Después, con los tiradores de madera (una tabla con un mango) se hacían los montones. Al día siguiente las cogías con los terreros (cestas) donde cabían hasta quince kilos. Lo normal era acarrear dos a la vez”. El material se dejaba en las eras para que se escurriera el agua y de ahí las familias lo trasladaban hasta las casetas añadidas a sus viviendas. “Si te fijas, la mayoría tienen la huella de la sal, con la piedra comida, como un azucarillo”, dice Paco mientras señala algunas de estas construcciones. Y también dañaba a los coches. “Había que echarles una brea en los bajos para evitar que se oxidaran. Los mecánicos decían que aquí se estropeaban más que en San Sebastián”.

El último eslabón en este proceso era la venta. “La mayoría de las veces era a ganaderos que utilizaban la sal en la matanza. Y también venía un tal Suescun de Puente La Reina que la comercializaba como condimento. Era una sal de mucho sabor, fuerte... La de ahora no me sabe a nada”, reconoce Paco. “¿El precio? Unas siete pesetas el kilo. Un buen sobresueldo para muchas familias que cogían miles y miles de kilos”. Paco dice que todo el trabajo, amontonar, acarrear o sacar el agua, era duro. “Pero a mí me costaba especialmente cuando en el sorteo para el turno de sacar el agua te tocaba de dos a tres en pleno verano”. Una estación no le pillará nunca remojándose en el mar. “Buf, ya he tenido sal suficiente en mi vida. Yo soy de secano”, ríe.
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