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La vida de Palmira es mucho más que 142 líneas

  • “La ONCE me dio la vida, empecé a vender el cupón con 58 años y me jubilé casi con 67”

La vida de Palmira es mucho más que 142 líneas
Palmira Salinero, el martes, en una cafetería de la plaza del Consejo de Pamplona.
eduardo buxens
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Actualizada 25/01/2016 a las 06:00
Palmira luce unos pendientes exclusivos, tanto, que se los ha hecho ella, con 82 años y un 10% de visión. “Bueno, mi profe me ayudó a hilvanar”, susurra sentada en una cafetería de aire vintage en una Pamplona también de antaño, en la plazuela del Consejo. Su bisutería no es más que un detalle, pero tal vez enmarca la valentía de una persona que ha perdido visión, pero en absoluto capacidad, ni de hacer, ni de ayudar. Lo malo, si lo hay, es que su vida, con tintes de novela, no se puede resumir en las 142 líneas de este reportaje.

Palmira Salinero nació en Ávila, en 1934, la pequeña de seis hermanos. “Quedamos las cuatro hermanas, todas viudas, los dos hombres murieron”, subraya. Cuando tenía 13 años el padre falleció y se trasladaron a Madrid. Se casó antes de cumplir los 20. Así se explica que sea ya bisabuela. Tuvieron cinco hijos, el marido trabajó en un taller y luego lo cambió por un oficio singular, el de las gramolas, “aquellas máquinas que metías cinco duros y sonaban dos canciones”. Con ellas de la mano llegaron a Pamplona, hace 48 años, a San Jorge, donde vive desde entonces.

“La primera máquina se puso en la cafetería de los Ros, frente a la plaza de Toros, pero luego mucha gente empezó en el negocio y ya no era lo mismo”, describe por qué decidieron abrir una ferretería. “Estaba en la ronda de Ermitagaña y allí trabajé yo también unos cuantos años”, apunta una vida asentada hasta que, como en tantas casas, la enfermedad llamó a la puerta, la de su marido, postrado meses en una cama de Ubarmin.

“A mi hijo, que nos, ayudaba, le tocó la Mili en Melilla, no podíamos atender, así que traspasamos el comercio”, avanza Palmira, nombre árabe, de ciudad siria, como una novela ambientada en Oriente. Parece que la hubieran maquillado para algún escenario, tonos perla en unos ojos de cuento. “No, qué va, me maquillo yo, es que en la ONCE nos enseñaron”, confiesa coqueta, y ella debió ser alumna aventajada. Porque, además de bonitos, los ojos de Palmira son miopes, mucho. Arrastran un enfermedad genética, sin cura, que le ha dejado un 10% de visión, oro puro para esta mujer que exprime un porcentaje tan exiguo. Con él, Palmira se afilió a la ONCE. “¿Cuándo fue?, tres años antes de morir mi hijo”, descubre el episodio más amargo. “En un accidente, en una obra municipal de la calle Mayor, estaba en el sindicato, tenía que pasar por allí, se apoyó en una grúa y cayó de una altura de cinco pisos, tenía 30 años y dos niños pequeños”.

Sucedió el 21 de marzo de 1990 y Palmira estuvo ocho años sin cruzar aquella calle maldita. “Un día me dije, por qué tengo que dar la vuelta cada vez que vengo por aquí, esto hay que asimilarlo”, cuenta a escasos cien metros de aquel lugar.

Apenas dos años después murió su marido. Tenía 60 años. “Yo no quería ver a nadie, ni salir..., solicité vender el cupón”. Empezó el 1 de agosto del 92 , estuvo ocho años, en Mendebaldea, “al principio siempre con gafas negras, así no notaban cuando lloraba”. Pero tiene claro que la ONCE le dio la vida, al menos se la devolvió. “Me sirvió para salir de casa y económicamente, porque apenas me quedó pensión”, reconoce y dice más: “Conmigo se han portado todos siempre muy bien. Vendía en Caprabo y Eroski, lo que antes eran Mabo y Aundia, y nunca me dejaban vender en la calle”, recuerda y sonríe años felices. Ya jubilada, en 2004 creó con otro puñado de afiliados SUPPO, sección de la unidad progresista de pensionistas de la ONCE. Y en ella sigue. En Navarra hay unos 100 mayores en la organización, tratan de velar por su bienestar, además de programar viajes, excursiones, homenajes y visitas a residencias y hospitales.

Palmira conoce cada baldosa del tramo que va desde la sede de la ONCE a la plaza de Merindades, donde coge la villavesa. Pero se mueve por toda la ciudad, con ayuda de un bastón y de quien se la quiera prestar. En esos paseos llenos de sombras es una defensora de las personas con discapacidad. Porque detecta cada escalón de más. Y lo denuncia. Tiene una queja bien clara: el mando para invidentes de las villavesas no funciona. “He llamado varias veces a la Mancomunidad, me dicen que lo están mirando, pero sigue igual”. Y el aparato, apenas unos centímetros de tecnología, es para ella y otros tantos, seguridad, saber el número del autobús que llega. Ni más ni menos.

¿Y aún le quedan horas al día?. Pues sí. “Desde que murió mi hijo duermo con pastilla, si me acostara a las diez, para las cinco ya estaría despierta, así que igual me dan la una y media”. ¿Y qué hace en ese tiempo? De todo, incluso ve algo la televisión, muy cerca y muy borroso; y avanza en su labor del taller de manualidades. Hace muñequitas, cajas, decora botellas y cose chaquetitas de punto que envían a una ONG. “Sí, para eso no hace falta ver, son los dedos los que guían”, aclara, habituada al asombro de sus interlocutores . Y también lee, con una lupa y aumentado el tamaño de la letra de su libro electrónico. De ese modo ha terminado la trilogía de Dolores Redondo, ha saboreado autores tan dispares como Miguel Ángel Revilla, Santiago Carrillo o Dolores Ibarruri, la historia reciente, en fin, de un país que le llevó de Castilla a Navarra. “Pero a todos mis nietos los he llevado a conocer el pueblo donde nací, Solana del Río Almar se llama”.


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