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PAMPLONA

Pamplona arropa a Urmeneta

  • En casa de los gigantes a los que tanto quiso, se presentó el pasado viernes la biografía de Miguel Javier Urmeneta

Desde la izquierda, Maitena Urmeneta, Roldán Jimeno y Asisko Urmeneta.

Desde la izquierda, Maitena Urmeneta, Roldán Jimeno y Asisko Urmeneta.

EDUARDO BUXENS
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21/12/2015 a las 06:00
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Sigilosa, la familia de Miguel Javier Urmeneta Arjanaute colocó el pasado viernes un ramo de flores a cada una de las reinas de la Comparsa de Gigantes de Pamplona. Hicieron, en fin, lo mismo que su madre, Conchita Ochoa, todos los años por San Fermín, cuando los gigantes bailaban frente a su casa, en el número 5 del Paseo de Sarasate. A buen seguro varios de los asistentes, el viernes, a la presentación de la biografía de su padre, obra de Roldán Jimeno Aranguren, habrían reparado en el momento. Algo más que una anécdota, un modo de ser.

La puesta en escena de la obra, ‘Miguel Javier Urmeneta Arjanaute (1915-1988), Segunda República, Franquismo y Transición’ fue precisamente en la Casa de los Gigantes, en la estación de autobuses, ese espacio minimalista de contundente hormigón, con paredes en rojo que ilustra de alguna manera la transformación de Navarra a la que Urmeneta contribuyó. Y el que fuera alcalde de Pamplona, diputado y director de la Caja de Ahorros Municipal, entre otros, era igualmente socio de honor de la Comparsa, a la que dio un impulso, igual que a los dantzaris de Duguna, a la coral San José de la Chantrea, a Olentzero, a la asociación Cabalgata Reyes Magos, a Euskal Herria irratia o al jumelage Pamplona-Bayona. De todas estas entidades y de varias más hubo representantes. Estuvieron también los consejeros de Cultura y de Educación, Ana Herrera y José Luis Mendoza; Koldo Martínez, candidato al congreso por Geroa Bai; por parte del Ayuntamiento de Pamplona, Aritz Romeo y Joxe Abaurrea, y muchos nombres de la cultura, especialmente la ligada al euskera en Pamplona. Otros llegaron de más lejos, como la pintora Ana Mari Marín, que recordó cuánto les ayudó Urmeneta en el valle de Baztan, al que estaba ligado a através de su esposa.

TESTIMONIOS

Cerca de 200 personas llenaron la sala en un acto que comenzó con una Soka-dantza. La interpretaron dantzaris de Duguna y familiares de Urmeneta. Cantó la coral San José y arrancó el turno de intervenciones Xabier Martínez de Alava, de la asociación de amigos de Olentzero. Subrayó, como quienes le sucedieron, que “Urmeneta no era amigo de homenajes, pero sí le gustaría ver más grande a Olentzero, a Euskal Herria Irratia o a la Cabalgata”. Sagrario Aleman destacó la vertiente euskaltzale de Urmeneta y recordó una anécdota: “Coincidí ingresada en el hospital con su hijo David. Cuando iba a visitarle, siempre llamaba a mi puerta. Ahora yo llamo a la suya y le despido”, se emocionó.

Carlos Garaikoetxea calificó de “imprescindible la figura de Urmeneta para conocer la historia de Pamplona y de Navarra”. “Por sus obras los conoceréis, dice un pasaje del Evangelio, y sin pretensión de hacer un laudacio, es cierto que fue respetado desde todos los ámbitos, incluso desde los que más difícilmente se podían satisfacer”, reflexionó.

Juan Cruz Alli se refirió, citando a Machado, a “la actitud cainita de quienes desprecian cuanto ignoran”. Subrayó que Urmeneta “no fue rupturista, sino historicista, uno de los políticos del cambio social, económico y político de Navarra que, finalmente, parece reconocido”.

Para Asisko Urmeneta, hijo del biografiado, y traductor al euskera de la obra, el viernes era un día “para dar las gracias”. Dijo que Roldán, Rolan para él, le ha mostrado a un padre en tres dimensiones. “Lo conocimos, pero éramos jóvenes y el libro es como un mosaico, como una escultura de gaudí, con sus luces y sus sombras”, describió, al tiempo que agradeció a Rolan, “erudito”, y a Pamiela, la editorial.

Maitena, una de los cinco hijos de Urmeneta, reparó también en que su padre no quería reconocimientos, pero subrayó que a través del libro han descubierto aspectos de su padre que no conocían. “Él no contaba mucho, se debía a su pueblo, pero guardamos su rectitud y y generosidad, como aquella Navidad que llegó una cesta inmensa. Irá a las Hermanitas de los Pobres, decidió. Los niños dijimos. ¡Noo!, pero así fue. Después llamaron de la residencia para decir que habían encontrado en la cesta una estilográfica de oro”, relató. “Pues para la superiora”, respondió Miguel Javier Urmeneta.
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