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La mirada valiente de María

  • María Azpilicueta García nació en Betelu, el 22 de abril de 1913. Sus padres eran de Lezáun

María Azpilicueta, en el salón de su casa. Detrás, un retrato donde posa con su biznieta, la baloncestista Irati Echarri.
María Azpilicueta, en el salón de su casa. Detrás, un retrato donde posa con su biznieta, la baloncestista Irati Echarri.
EDUARDO BUXENS
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
Actualizada 30/11/2015 a las 06:00
Cuenta María que “era muy fotogénica y salía bien en las fotos”. Más bien era guapa, mucho. Lo atestiguan sin lugar a la duda los retratos que conserva. Y lo sigue siendo con 102 años cumplidos en abril, un cutis amable, una mirada descaradamente buena y un punto pícara, y esa melena, cuidada y decorosa de las artistas de la época. “Me falta menos de medio año para los 103 ¿Llegaré verdad?”, se pregunta en su casa de la colonia Ruiz de Alda de Pamplona. María Azpilicueta García es una de las pocas vecinas que inauguró estas viviendas, 176 en total, patio abierto entre las calles Aralar y Media Luna, y aún vive allí. Hubo un paréntesis. Pero a las cosas malas, prefiere dedicarles poco tiempo. Porque también hubo bueno, y lo cuenta despacio y bonito. Y ella se queda con eso, con unos hijos trabajadores, con la sonrisa de sus nietos, con las comidas de cumpleaños en el restaurante, con las Navidades en la casa rural.

María nació en Betelu. Fueron ocho hermanos. Su padre, de Lezáun, era caminero. De allí se trasladaron a Erice de Iza, y después a Lekunberri. Tenía 14 años cuando el padre falleció en un accidente de tráfico en el puerto de Azpirotz, con 42 años. Se quedaron sin pensión y sin casa. Recuerda cada minuto de aquel día. Han pasado 88 años. Y agradece, vehemente, la ayuda que recibieron de los vecinos de Lekunberri. “Incluso hicieron una colecta en el Hotel Ayestaran y en casa Escala nos mandaban leche en el Plazaola”, reitera.

María conversa con la seguridad de que le da una memoria en plena forma, donde no falla una cifra, un nombre, una cita. Dice que era feliz en la escuela, y se enfadaba cuando no le dejaban ir. “El mejor regalo era un tebeo”, revela ahora que ya no puede leer, mientras pregunta a sus hijas, así a bote pronto, qué harán con todos sus libros cuando ella se vaya. “He leído muchísimo, por eso parece que soy culta, pero no lo soy”, apunta humilde. Vaya si lo es, es historia, memoria, y dignidad. La muerte del padre le alejó de los pupitres. “Tuve que ir a servir a Pamplona, con 14 años. Pasé mucha hambre, todos los días para cenar café con leche y pan. Se me cortó el periodo y cuando mi madre se dio cuenta me llevó al hospital y me sacó de aquella casa”, relata la crudeza siempre con gesto amable y hasta con trazas de ironía.

Para entonces su madre se había trasladado a Pamplona, a la calle San Gregorio y ella empezó a trabajar como modista. Cosían ropa de trabajo. “Tres pesetas por una docena de camisas. Mi madre tenía el cielo arriba y la tierra abajo, pero ninguna noche nos acostamos sin cenar”, cincela otro pasaje valiente.

“Un mal día me casé. Con un militar”, sorprende María. Porque ella no está orgullosa de la foto de su boda. “Fueron 26 años de calvario”, resume sin más detalle. Tenía 52 años y cuatro hijos, los dos mayores hacían ya su vida y las pequeñas tenían 8 y 11 años, cuando decidió que ya no podía más. Seguramente salvó a sus hijos. O a ella misma. Al menos los arrancó del maltrato. Marchó por una vida digna. Y le ayudó la Iglesia cuando el Estado no contemplaba un divorcio. “El párroco de San Francisco me decía que cuando hubiera jaleo abriera bien las ventanas y me dieron la separación eclesiástica”. Le escuchan sus dos hijas, y un nieto.

María fue a París, a trabajar, y dejó a las niñas en las Jesuitinas. “Todo lo que ganaba era para su colegio”. Al poco regresó. A casa de uno de sus hijos, en Descalzos. Trabajó en una familia, en un bar, en un colegio... Salieron adelante. “Mi marido murió de cáncer. Dudé, pero volvimos a la casa. Al tiempo. La desinfecté eso sí”. También regresó a París. Pero esta vez de vacaciones. Ha viajado mucho: Italia, Londres, Canarias “cinco veces”. Su vida es larga. Seguramente la merecía. Tendría que conocer otros paisajes, ver crecer a sus nietos, y biznietos, disfrutar su hermana Carmen que la visitaba a diario, “tan buena que no había otra igual” de las comidas en familia, del tocino entre pan. “No salgo mucho, pero en coche hasta donde me lleven”. “Y a veces, hasta me cabreo”.


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