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Iza

La sabiduría de una casa centenaria

Iza es la capital de la cendea que lleva su mismo nombre y donde se diseminan 13 concejos

La sabiduría de una casa centenaria
La sabiduría de una casa centenaria
  • M.M. Iza
Actualizado el 07/11/2015 a las 06:00
Cuando Rufina Azcona Larumbe llegó a Iza tenía 29 años. Atrás dejaba su Zurucuáin natal en el valle de Yerri (Tierra Estella) para seguir con una vida rural pero ahora junto a Feliciano Andueza Huarte, un agricultor que consiguió -recuerda ella- que le apeteciera casarse. “Un amigo suyo tenía parientes en Zurucuáin. Ya antes había rechazado a alguno pero este me gustó”, cuenta esta centenaria, a las puertas de la casa familiar que le supera un siglo en edad. Y es que para Rufina este es el rincón favorito Iza, su hogar, donde crió a sus ocho hijos y en el que ha visto aumentar la familia con 12 nietos y 5 bisnietos.

Eran años donde no se hablaba de sostenibilidad ni de aprovechamiento de los recursos naturales. Pero que se hacía de forma instintiva, siguiendo las costumbres de antiguos moradores. “La cuadra con los animales siempre iba abajo, para aprovechar el calor que desprendían y subía hasta el primer piso”, dice Rufina, que hace 47 años se quedó viuda por culpa del cáncer. Una enfermedad que también se llevó a uno de sus hijos, Miguel José, cuando solo tenía 30 años.

El resto, entre los 70 años y los 57 de José Mari, juan Camino, Charo, Ramón, José Luis y Alfredo, se han repartido entre Grocin, Marcaláin; Orkoien y Barañáin, salvo tres que siguen en Iza. Como ahora hacen bastante jóvenes, lo que unido a su cercanía a Pamplona hizo levantar más de 40 adosados. Así se ha pasado de los 11 vecinos cuando llegó a vivir Rufina a los 115 actuales.

Y siguiendo con la sostenibilidad, eran años en los que la lógica imponía paredes de piedra con, como la suya, dos metros de grosor para guardar el calor en invierno y mantenerse frescas en verano. Pero eran también viviendas a las que no había llegado el agua. Era mediados de los cincuenta cuando su marido pensó que era un despropósito las caminatas de su mujer hasta el lavadero cuando los días de lluvia se escurría la preciada agua por el canalón. Así que hizo un depósito donde cabían 25.000 litros, que recogía este caudal. “Lo conectó a la cocina con un gran grifo. Me convertí en la única mujer del pueblo con agua en su casa por lo que aquí en invierno venían las mujeres a lavar”.

Casas en las que no había cuarto de estar, sino una gran estancias en torno a la cocina de leña que además de para guisar servía para calentar. “Y la comida no sabe igual ahora, claro que no”, dice Rufina. Hogares en los que había un gran comedor - “que solo se abría en las grandes ocasiones”- y un enorme pajar, que esta familia de Iza albergaba en la planta superior.

Y también, recuerda Rufina, casas que en los pueblos muy pequeños se convertían en improvisadas tabernas los domingos. “Los vecinos nos íbamos rotando para que los hombres fueran a las casas a jugar a cartas, comer sardinas viejas y beber vino. ¿Nosotras? Las casadas no salíamos, pero las solteras se iban a la estación de Zuasti donde se hacía un baile”. Y casas, como la de la familia Andueza Azcona que hacían las veces de escuela. “Era lo que se llamaba escuela de temporada, de noviembre a finales de abril. Aquí la maestra era María Teresa Ribujet, que se quedaban en nuestra casa mientras las clases. Después nuestro gallinero se convirtió en la escuela hasta que tuvimos una en 1957”, recuerda esta centenaria sin ningún titubeo en fechas. No es de extrañar para una mujer que aún hoy hace sudokus, juega a las cartas cada día -incluido al mus que le enseñaron hace poco sus nietos- y se sabe al dedillo las idas y venidas de toda su extensa familia. “Bueno, me falla un poco el oído”, dice casi disculpándose por su envidiable longevidad.
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