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Aquel encuentro en Melbourne

Aquel encuentro en Melbourne

Pilar Latorre y Cándido Andueza, frente al bar Faris, en la calle Gorriti.

eduardo buxens
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02/03/2015 a las 06:00
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
De niño, Cándido Andueza estuvo dos veces perdido en la nieve. La ventisca apenas le dejaba abrir los ojos.

Era en Urdánoz, en el valle de Goñi, donde visten de blanco muchos inviernos. Sumaban siete casas, 25 vecinos. Él no salió del pueblo hasta los 21 años. Ni a Pamplona casi.

Le curtió el frío, y el trabajo sin horas del campo. Quiso salir, ver, ganar para vivir dignamente. No le importaba la distancia. Y en ella, a tantos miles de kilómetros, encontró el amor. Fue en la estación de Melbourne, en Australia.

Pilar Latorre, una turolense bien garbosa, esperaba a unos familiares. Lo mismo hacía él. Ya no se separaron. Su vida en Pamplona ha estado tras la barra del bar Faris, en la calle Gorriti, donde Candi es una pequeña institución. Cumplen 50 años casados y en abril se irán 20 de luna de miel.

Cándido es un hombre elegante, espigado y pelo cano, luce sus 82 años largos sin tomar siquiera una pastilla. Tiene formas de catedrático. Pero a él le enseñó la necesidad. Y aprendió. Salió de Urdánoz para trabajar de criado en una casa de la vecina Azanza. Estuvo tres años.

El veterinario del pueblo le habló de una fábrica en Bergara, en Guipúzcoa. Allí marchó. El sueldo no le daba ni para pagar la patrona, y metía horas en una serrería.

Luego se empleó en otra factoría, hasta que vio en el periódico un anuncio en el que pedían inmigrantes para Australia. “No, yo no sabía dónde estaba. Pero me daba igual”, apunta y describe con precisión de lo relojero los tres reconocimientos médicos que debían superar antes de viajar. Tenían que desfilar desnudos, uno detrás de otro.

Y los iban descartando. “A los más débiles, supongo”. Él tuvo suerte. Tomó un tren en San Sebastián. Dos días largos y unos cuantos transbordos después llegó a Trieste, en el norte de Italia. Allí embarcó, el 26 de junio de 1958. Cuarenta días duró la travesía. Daría para escribir un libro lo que vio y vivió a bordo de La Toscana, aquel barco con nombre de crucero de lujo. Solo nombre.

Desembarcó en Brisbane, al norte de Australia, y tras una estancia en unos campamentos para inmigrantes de los que tiene muy buen recuerdo, comenzó a trabajar en la recogida de caña de azúcar. A destajo, sin entender nada de inglés. “Fue muy duro”, evidencia. A los seis meses se trasladó a Melbourne. Cortó eucaliptus siete años. Llegó a montar su propia empresa con su hermano. Entretanto, en 1962, se topó con aquel encuentro casual que le cambió la vida. Esperaba a un primo en la estación, cuando conoció a Pilar Latorre. Su historia es paralela. Menos áspera, aunque no se libró del reconocimiento en fila india. Sin ropa. “Yo que no me había mirado ni hasta la rodilla.

Horrible”, rememora el amargo capítulo. Pudo estudiar inglés antes de partir, en una expedición organizada por la Iglesia. También a manejar electrodomésticos. Ella llegó en avión, en un vuelo con ocho escalas.

Se empleó en el servicio doméstico, y luego como modista en un hotel. Pero no se quería quedar.

Sobre todo porque el trabajo de Cándido le obligaba a pasar la semana en el bosque. Y ella no podía soportar la soledad. “Hubiera vivido como una reina, pero sola. Y yo prefiero estar contigo encima de la taza del wáter”, matiza a su marido. Una declaración de amor, a la manera de esta mujer risueña y desenvuelta, que no respiraría sin caricias.

Regresaron a Navarra en 1965, el 1 de marzo, de visita, sin rumbo fijo. El 1 de mayo se casaron y en octubre compraron el bar Faris. Nunca habían estado detrás de la barra. Pero fue una larga amistad.

De casi cuatro décadas. Pilar echaba una mano, pero se dedicó a criar a sus seis hijos. “En 25 años nunca les dejé solos una noche para ir al cine”, recuerda. Ahora ya sí. Siempre tiene preparada la maleta azul, la Guiri, dispuesta a recorrer mundo. A Australia no ha vuelto. Ni piensa. Pero hay mucho más que ver. “No me pego al dinero, sólo al cariño y mis hijos son mi caparazón ahora”, reflexiona.

Tres de ellos trabajan en el Faris. Pilar y Cándido viven muy cerca y no hay día que no se pasen. Allí han hecho una vida, en torno al Ensanche, en un bar de generaciones, de pinchos, de cafés, de tertulia en familia.

Pronto llegan las bodas de oro. Tiempo de celebrarlo. Irán de luna de miel. Ellos y 18 más, los seis hijos, sus parejas y los nietos. A Benidorm. “Un hotel con toboganes porque al abuelo le encanta tirarse del más alto con los nietos”.
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