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Una restauración para congelar el pasado

  • Gracias a un proyecto de restauración en 1980, la localidad ha congelado los años para preservar su fisonomía original

Jesús Ekiza Jiménez en la plaza de Labiano, enmarcada por la iglesia románica de La Purificación.

Jesús Ekiza Jiménez en la plaza de Labiano, enmarcada por la iglesia románica de La Purificación.

JESÚS CASO
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13/12/2014 a las 06:00
  • M.M. Labiano
Jesús Ekiza Jiménez (Labiano, 6 de febrero de 1930) apresura el paso cuando, camino de la plaza de su concejo natal llega a la altura del que fuera el colegio público. “Qué despropósito”, murmura mientras mira de reojo un inmueble de planta baja, hecho con hormigón y pintado de blanco. Su diseño rompe con un paisaje urbano en el que predomina la piedra y la madera, fruto de la rehabilitación acometida en la década de los ochenta tras aprobarse un proyecto de restauración de este concejo del valle de Aranguren. “Pero el inspector de Educación se empeñó en hacer este mamotreto”.

Ha sido el único edificio que burló aquella propuesta urbanística. “Se creó un consejo para gestionar el proyecto con seis vecinos junto al arquitecto y secretario municipales del Ayuntamiento de Aranguren”, recuerda Jesús Ekiza, párroco de su localidad natal desde 1984. Un documento con cinco puntos para salvaguardar su fisonomía en la que perduran restos románicos y góticos; ahí están los arcos de medio punto que dibujan la entrada en la iglesia parroquial de La Purificación o las cuatro torres con vanos ya apuntando su curvatura. “Establecimos cinco criterios que todos los vecinos -Labiano funciona como concejo abierto- aprobaron por unanimidad”, recuerda Ekiza. El primero, renunciar a la especulación urbanística con los terrenos. “Con el segundo, se rechazaban las grandes edificaciones. En definitiva, no vender suelo a promotoras aunque estuvieran catalogados como edificables ”.

El tercero también pasó la criba vecinal sin problemas. “Nos comprometíamos a abrir todas las casas cerradas del pueblo y el que no estaba dispuesto a rehabilitarla tenía que sacarla a la venta. En el cuarto, se acordó crear zonas verdes y el quinto hablaba de la obligación de reconstruir las casas con piedra y madera”.

El resultado es que Jesús Ekiza, que a los 14 años se fue de su pueblo al Seminario de Pamplona, cuando regresa no tiene la sensación de haber dejado nada atrás. “Todo está como cuando era niño y venía aquí a jugar al frontón mientras las niñas lo hacían a la cuerda. Pero todos en el mismo espacio y muchas veces compartiendo también diversiones”. Y es que los pocos habitantes de Labiano, que no llegaban a trescientos, obligó a refundir en un mismo colegio -y clases- a ambos sexos. “Algo que no se hacía prácticamente en Navarra. Por eso me hizo mucha gracia cuando en la década de los setenta acudí a una charla de un pedagogo que hablaba de la importancia de la coeducación como algo muy revolucionario. ¡Pero si en mi pueblo la escuela era mixta desde 1920!”.

Su periplo personal pasa por Olite, Caparroso, Roma (para estudiar Teología, Sociología y Antropología), además de profesor y educador en el Seminario de Pamplona y también en la Universidad de Vitoria. Pero paralela a su vida sacerdotal reivindica la de aquel vecino de Labiano nacido hace 84 años en la casa Markalaingoa con la ayuda de la partera María Arrarás, hijo de Felipe Ekiza Iriarte, agricultor de Elía y de la casa Miguelena, y de Epifania Jiménez Gonzalo, madre de siete hijos y de la casa Monena de Ibiricu. “Pero su tía carnal, sin descendencia, se la trajo aquí para, como le dijo, le dieran cariño y se ocuparan de todo. El sentimiento de pertenencia a una casa era muy grande y nadie quería dividirla entre herederos”.
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