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La droguería es su terapia

  • Esther Nieto Fernández, de 82 años, sigue tras el mostrador de la droguería que abrieron sus padres en Pamplona
  • El comercio le aporta vitalidad para cuidar de su hija, que padece una enfermedad rara con una grave discapacidad

Esther Nieto, en su droguería

Esther Nieto, en su droguería

eduardo buxens
0
27/01/2014 a las 06:01
  • pilar fdez. larrea. Pamplona
La salud y yo somos buenas aliadas. Mi niña se tiene que ir un cuarto de hora antes que yo y quiero que viva mucho, conque para rato tengo historia", se sincera Mª Esther Nieto Fernández en el mostrador de la droguería que atiende desde hace más de cuatro décadas en la calle Paulino Caballero de Pamplona. Tiene 82 años y su niña, Alicia, 53 y una enfermedad rara que conlleva una grave discapacidad psíquica y física.

En buena parte, el comercio es la terapia de esta mujer, ya bisabuela, abierta a la ciudad desde el pequeño local donde vende jabón chimbo o el último perfume del mercado, pero sobre todo conversa y toma aliento para volver a casa y escuchar lo mejor del día: "Mamá, guapa". Es una de las escasas frases que pronuncia Alicia.

Esther Nieto es asturiana de la cabeza a los pies, como lo son los asturianos. Y su sueño es volver. "Ya no de pie, pero mis cenizas irán. Si no, prometo volver del otro mundo y tirar a mis hijas de los pelos", bromea. Lo dice en su tienda, pero bien podría ser el escenario de algún teatro de renombre, porque luce rostro de reputada actriz, un cutis agradecido y cuidado, sutil maquillaje y la melena minuciosamente marcada. Tiene los ojos muy claros, tanto que su mirada casi se adelanta a sus palabras. Su voz, dulce y pausada, narraría el mejor cuento infantil.

Nació en Granda, cuenta, un pueblecito pegado a Oviedo. De allí era su madre; su padre, castellano, de Medina del Campo. A finales de 1938, antes de terminar la Guerra Civil, la familia se trasladó a Pamplona y el padre se empleó en el Centro Farmacéutico del Paseo de Sarasate. Esther estudió en el colegio Ezquerro de la calle Estafeta y el bachiller en Teresianas.

Paseaba con sus amigas por la Plaza del Castillo, donde coincidía con jóvenes asturianos estudiantes en la Escuela de Peritos Agrícolas. "A mí siempre me tiró el acento", reconoce. Una de aquellas tardes conoció a Juan de Miguel, asturiano de Avilés, agente de combustibles de Renfe. Esther se casó con él antes de cumplir los 20 y enviudó camino de los 40. "No sé si me casé con el hombre guapo y elegante o con la añoranza de volver algún día a Asturias", confiesa. Tuvieron tres hijas, la pequeña no tenía 2 años cuando murió el padre; la segunda, enferma, contaba 11 , y la mayor 18. La pensión no daba para mucho, así que Esther comenzó a trabajar en la droguería que sus padres habían abierto dos década antes, en 1950. Ya no se ha movido de allí.

"Aún me preguntan por el señor Nieto, por mi padre, fue muy querido. Murió en el 68, creo que fue, y todavía lo recuerdan", subraya. Y menciona en ese punto a quienes han sido los dos pilares de su vida, su madre, Alicia, y la madre Montoya, teresiana oriunda de Estella. La primera, dice, le enseñó a vivir; la segunda le ayudó a subir las cuestas de la vida, a veces muy pronunciadas. El trabajo en la droguería, el trato con los clientes, suavizan la pendiente. Por eso sigue allí. "Si me hubiera quedado en casa, con mi hija, a la que adoro, dejaría de ser yo para ser su enfermera. Y ella perdería la vitalidad de su madre. Aquí me relaciono con la calle, tengo amistades, no voy al cine, ni al teatro, ni a tomar café. A mi niña no la dejo. Ella me da vida y yo la recibo aquí".

Tan contundente como sencilla es la reflexión de Esther Nieto: "Si no viniera no me pondría tacones, ni me pintaría. No voy de compras,  pero, si de camino a casa veo algo que me gusta, me lo compro. ¡Y me hace mucha ilusión!". "Los clientes vienen a por un producto especial, pero también a por conversación. Hablamos sobre todo de lo bueno, lo malo mejor dejarlo. Ha habido días muy hermosos, no tengo derecho a quejarme, las recompensas han sido mayores", apostilla.

No está sujeta a un horario. Abre a media mañana y si la gripe le visita, se queda en casa. Así seguirá. Por algo habla con su salud cada vez que ésta se pone testaruda. Pero, por si acaso, Esther, a quien ese cuarto de hora sin su niña ya le parecerá "muy largo", les tiene dicho a sus hijas, bien alto y bien claro, que en su funeral quiere que suene la gaita.
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