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El niño que escuchaba las campanas

  • De niño, Jesús Pomares Esparza corría de Jarauta, su calle, a la catedral para escuchar el sonido de las campanas
  • "Las campanas de la catedral marcan el inicio de las fiestas de Pamplona desde 1584", cuenta

Jesús Pomares bajo la campana María en la torre norte de la catedral

Jesús Pomares bajo la campana María en la torre norte de la catedral

j. c. cordovilla
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13/01/2014 a las 06:01
  • PILAR FDEZ. LARREA. Pamplona
De niño, Jesús Pomares se escapaba de su casa, en la calle Jarauta, y corría hacia el atrio de la catedral, donde pasaba horas con el cuello bien estirado y los ojos atentos como los de un párvulo. Miraba al campanario, absorto ante aquellos hombres y mujeres que tocaban las campanas, enmudecía con el sonido de los instrumentos más antiguos de la ciudad; también se despistaba Pomares cuando salían del colegio, en Escolapios, para las clases de gimnasia sobre las pasarelas del Arga, y él corría en otra dirección, otra vez hacia las campanas. Con estos antecedentes, no extraña que sea campanero, uno de los veinte que en celebraciones solemnes tañen los bronces de la seo pamplonesa.

Pomares, suscribe, ha desgastado suelas de zapato camino de la catedral. Ha escuchado una y mil veces el sonido de las once campanas que forman el conjunto de las dos torres de la catedral, "patrimonio musical", subraya, de la ciudad. No le cansa, al contrario; se ha afanado en recuperar los sonidos ya perdidos, tantos y tan variados que advertían a los pamploneses de funerales, tormentas, incendios o fiestas solemnes. En 1980, hace 34 años, dejó el atrio y subió a la torre. Las 149 escaleras que separan el suelo de la María no le restaron aliento, más bien se lo dieron. Y Petra Díez Reguero, la última campanera, le contó todos los secretos.

Bueno, casi todos. Alguno se habría llevado, a buen seguro. Desde entonces, este pamplonés de 56 años continúa ligado a los bronces. Subraya el buen ambiente entre los campaneros, "todos muy motivados". Tocan algo más de 30 días al año, en esas fiestas solemnes. La siguiente será San Blas, el 3 de febrero. Como hace últimamente, Pomares dirigirá los toques desde abajo para que estos coincidan con la liturgia.

En la torre norte está la campana María, la única no mecanizada, además de la de las Horas y la de los Cuartos. En la sur, las otras ocho, que bandean aunque tienen ya sistema eléctrico. "Antes sólo repicaban, desde que se restauraron las volteamos, con lo aprendido en los cursos de Francesc Llop, catedrático que supervisó la reparación", observa. La María pesa más de 10.000 kilos y el badajo suma unos 350. Por eso, hacen falta dos personas para hacerla sonar. "Con una sería muy justo", evidencia Pomares, con el oído acostumbrado a los decibelios por encima de 130. "Hay quien que se coloca orejeras", matiza. No es para menos. En este punto recuerda la carraca, "patrimonio de la ciudad, con un sonido proporcional al de la campana María, que se toca sólo en Semana Santa, y en ocasiones despierta la ira de algún vecino".

Antes, cuando el de campanero era oficio, pasaban días en la torre. Si fallecía un canónigo tocaban cada cuarto de hora; subían con la comida y veían despertar y acostarse a la ciudad, desde una atalaya donde los ojos alcanzan hasta el Pirineo. Ahora también la tañen en funerales, pero no más de media hora.

Anécdotas no faltan en lo alto de la torre. Entre ellas, rescata la de aquel 7 de julio de hace seis o siete años, cuando a las nueve de la mañana faltaban manos para hacer sonar la María y reclutaron a un par de australianos que rondaban la fuente de Navarrería. "Subieron y tocaron", revela Pomares.

Complicado quedarse con un toque, con una fecha. Pero le parece especial el de Nochebuena, a las doce de la noche, en la misa del Gallo, cuando la contaminación acústica descansa en la ciudad y la María, entonces sí, llega a todos los rincones en la inmensidad de la noche. Curioso lo del 6 de julio, cuando los campaneros se guían por el reloj de la catedral, y suenan las campanas a las 12 en punto. "Aunque en el ayuntamiento no hayan lanzado el cohete. Las campanas marcan el inicio de las fiestas desde 1584, el Chupinazo es bastante más joven", arguye.

Y, ya entrados en enero, el grupo de campaneros ha entregado al Cabildo la Gallofa, singular denominación del calendario de toques, en este caso de 2014.
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