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VOLUNTARIOS

La ilusión de 'adoptar' un abuelo

Doce jóvenes, de entre 18 y 27 años, que participan en un programa de acompañamiento a mayores que se estrena en Navarra: 'Adopta un abuelo'

Alicia García Mañeru, de 82 años, recibió con jotas a sus nietas 'postizas' el sábado: Nicolle Villanueva Hernández y Stefanía Pérez Foronda.

Alicia García Mañeru, de 82 años, recibió con jotas a sus nietas 'postizas' el sábado: Nicolle Villanueva Hernández y Stefanía Pérez Foronda.

Actualizada 04/11/2016 a las 10:32
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El sábado por la mañana no fue un día cualquiera en la residencia San Fermín, de Pamplona. Seis ancianos residentes en esta clínica conocieron a sus nuevos nietos. Doce jóvenes, de entre 18 y 27 años, que participan en un programa de acompañamiento a mayores que se estrena en Navarra: 'Adopta un abuelo'. Les visitarán personalmente cada semana durante varios meses.


La historia empezó hace tres años en Ciudad Real, la ciudad del fundador de esta oenegé. Alberto Cabanes solía visitar a su abuelo en la residencia de ancianos. Allí conoció a Bernardo Cea, otro octogenario. Viudo, sin hijos, Bernardo pidió un nieto a los Reyes Magos. Alberto decidió concederle el deseo y lo adoptó como abuelo. Tras fallecer su abuelo de sangre, mantuvo el vínculo con Bernardo y sigue visitándole. Este joven abogado de 28 años decidió extender la iniciativa por distintas ciudades de España. Creó 'Adopta un abuelo' en octubre de 2014. El boca a boca, Internet, Facebook y la difusión mediática hicieron el resto.


Todo se realiza con un compromiso muy serio. Se visitan residencias de ancianos, se seleccionan voluntarios, se les da una formación y se les suscribe un seguro. A cada pareja de jóvenes les asignan un abuelo de entre los que eligen participar en el programa. Su compromiso es visitarle en la residencia durante hora y media un día pactado de la semana. Dado que la mayor parte de voluntarios son estudiantes, el programa de visitas dura nueve meses, de octubre a mayo, respetando los periodos de exámenes, Navidad y Semana Santa. El hecho de acudir en pareja busca que la conversación fluya mejor, evitar que se creen dependencias y asegurar que, al menos, uno nunca falla a la cita.


UN MAÑO TENAZ


Alfonso Mata Villa, un zaragozano de 21 años que estudia 4º de Derecho bilingüe en la Universidad de Navarra (UN), conoció 'Adopta un abuelo' por un amigo que estudia en Ciudad Real y se propuso traerlo a Pamplona. “Es la ciudad idónea porque hay mucha gente de fuera que viene a estudiar”. Comprometido y tenaz -“soy de los que piensan que, si puedes hacer algo, debes hacerlo”-, visitó distintos geriátricos de la capital navarra y recabó voluntarios de entre 18 y 30 años en Facebook y en charlas en colegios mayores. Se apuntaron casi 60. Alfonso se entrevistó personalmente con 30 de ellos “para evaluar su nivel de compromiso y disponibilidad de horarios”. Seleccionó 12. El límite vino dado por la demanda. “Sorprendentemente”, solo una residencia les abrió las puertas. “En otras, te ponen excusas. Dicen que ya tienen sus propios voluntarios”.


En la residencia de la Avenida de Galicia, se ofrecieron seis abuelos para ser adoptados: 4 mujeres y 2 hombres. “Como para muchos voluntarios es su primera experiencia con mayores, la única condición que ponemos es que tengan deterioro cognitivo leve o inexistente”, dice Alfonso. “La movilidad nos da igual. Pueden ir en silla o con andador”.


La hora y media semanal de visita se emplea en pasear, hablar, jugar a cartas o al dominó. Por ejemplo, la estadounidense Mariana Bethencourt Graterón y la mexicana Carolina Paniagua Falcó, ambas de 19 años, ya tienen programa con su abuelo Antonino Martínez para el próximo jueves. Viudo, con dos hijos y tres nietos a los que adora, Antonino quiere enseñar a jugar a mus a sus nietas trasatlánticas. Mariana estudia Educación y Carolina, Derecho. Se apuntaron a la iniciativa a través de Tantaka, voluntariado de la UN.


“Creo que soy la única de aquí”, comentaba a media voz Raquel Mendioroz Lusarreta el día de la presentación, tras constatar la variedad de acentos y orígenes de los demás voluntarios. Zizurtarra, de 21 años, ha terminado Magisterio en euskera y estudia en la UNED un Master de Calidad de Vida en Personas Mayores. Resuelta, saludó a su abuela adoptada, Agapita Azqueta Arteta. Natural de Otazu y vecina muchos años de la calle Estafeta, es la veterana del grupo de residentes. Pero se reserva la edad: “Tengo ochenta y algunos años”, dice coqueta. Compartirá otro nieto extranjero, el ecuatoriano Carlos Torres Arcentales, de 18 años, recién llegado a Pamplona para estudiar Derecho.


VACÍO DE ABUELO PROPIO


Stefanía Pérez Foronda, de 25 años, reconoce que se apuntó para llenar un “vacío”. Sus dos abuelas viven en Colombia, de donde vino a los 9 años. Con ella, aquí en Pamplona, vivía un abuelo enfermo de Alzheimer -“era como un bebé”- que falleció en marzo. Y el vacío se agrandó. “¡Qué mejor manera de llenarlo que ésta!”, dice esta colombiana que trabaja en un comedor escolar y estudia bachiller nocturno . Su nueva abuela, la raguesa Alicia García Mañeru, la recibió con una jota, igual que a la peruana Nicolle Villanueva Hernández, 20 años, su otra nieta postiza. Alicia, viuda, sin hijos, sigue siendo vitalista, amante del baile y la pintura, aunque se siente en silla de ruedas. Durante 20 años ejerció como enfermera -“de las buenas”, apostilla- en el Hospital de Navarra. Nicolle apenas lleva tres meses aquí. Estudia Veterinaria, pero comenta que quiere empezar enfermería el curso próximo. “Que vengan cuando quieran, que les enseño lo que quieran”, le suelta Alicia, feliz.


Marivi Villanueva Iturain, de 89 años, pamplonesa, soltera, vivía sola hasta que enfermó. Tiene dos sobrinos a quienes crió como a hijos y que la visitan con frecuencia. “Estoy recibiendo el cariño que yo les di”, reconoce. Ahora recibirá también la visita semanal de Pablo y Sofía, una pareja de novios de Madrid, ambos de 19 años. Pablo Gasull González estudia 2º de Filosofía y Periodismo en la UN. Su novia Sofía Montoro Prieto llegó este año y cursa 1º de Ciencias Ambientales. Él ya estuvo de voluntario el año pasado en la residencia Amma Mutilva. “Pero no teníamos un anciano asignado. Íbamos y hablábamos con todos un poco. Era más difícil entablar relación”, lamenta. Él, que siempre ha tenido a sus abuelos “viviendo lejos”, opina que “no hay mejor manera de aprender a escuchar que hacerlo escuchando a los mayores”.


Alberto Laviñeta Solís, 76 años, dejó boquiabiertas a sus nietas ya en la primera visita. Arquitecto, casado -su mujer sigue viviendo en la casa familiar en Pamplona- tiene cuatro hijos de los que enumera con orgullo destinos y profesiones: una en San Sebastián; otro, en Estados Unidos; otro en Jaca y un cuarto, ingeniero. “Vive aquí, pero es un decir, porque viaja mucho. Es el que me llevó a bucear con el tiburón blanco”, suelta ante la mirada atónita de Ana Canalda Moreu (madrileña, 21 años, 3º de Medicina) e incrédula de Alexandra Robles Melgar (estadounidense, 20 años, que estudia 1º de Diseño en la UN). De origen mexicano, Alexandra lleva tres años en Pamplona. Ve a sus abuelos por Skype.


El valenciano Pablo García-Elías y el madrileño Jaime O’Connor López serán los nietos de Pepita. De 18 años, son compañeros de colegio mayor. Pablo estudia ADE y Derecho bilingüe. Jaime hace Marketing en inglés. María Josefa Úcar Janices nació en San Martín de Unx pero residía Pamplona. Un atropello de coche le obligó a coger muletas y mudarse a la residencia en febrero. “Sola ya no podía ya”, reconoce esta viuda, sin hijos. “Me queda un hermano que tiene seis nietos”. Y así, todos, ávidos de atención, hilando historias. Hasta que la terapeuta les llama a comer. Y cuelgan los etcéteras para la próxima visita.

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