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SU VIDA, EL MONTE

Los amigos de las alturas

Diario de Navarra inicia el próximo domingo en la contraportada del periódico una serie de reportajes que cuentan historias de personas ligadas a una cima, a un monte, a un paraje o a una ermita de Navarra

Felipe Ituláin Redín en la ermita de San Miguel en Izaga, a 1.240 metros.
Felipe Ituláin Redín en la ermita de San Miguel en Izaga, a 1.240 metros.
  • DN. PAMPLONA
Actualizada 09/10/2016 a las 10:32
Los suyos, son perfiles cincelados en vertical, siempre mirando a lo alto. Son felices en el monte, en alguna cima, en algún raso, en alguna ermita o paraje. Personas amarradas a un paisaje que desde el próximo domingo nos contarán su vida, explicarán por qué sonríen al viento, a la nieve, a la oscuridad de una noche sin luz.

Las contraportadas de los domingos inician una serie de entrevistas, reportajes o encuentros con hombres y mujeres que en algunos casos han nacido en el monte y siguen en él; en otros han aprendido a amarlo, aunque su sitio está en la ciudad.

La estadística dice que actualmente el 60% de la población de Navarra, de sus 600.000 habitantes largos, reside en el área metropolitana de Pamplona. Pues bien, los entrevistados son el reverso de esta realidad. Han apostado por viajar contracorriente. Como Miguel Cantero Ampo, que en diciembre pasado entró en la residencia de ancianos de Erro, pero pasa buena parte de los días en su chabola de Valcarlos, muy cerca del alto de Ibañeta, al abrigo de su rebaño de ovejas. Dice convencido que aquello es más sano, sonríe y se encoge de hombros sin renunciar a los inviernos más duros, cuando hasta las ramas de las hayas jóvenes tocan heladas el suelo. O la historia de Felipe Ituláin Redín. Vecino de Zuazu, guarda las llaves de la ermita de Izaga, que deja a todo el que se la pida. A los pies del templo románico, a 1.240 metros de altitud, desgrana relatos de una vida de subidas y bajadas que han hecho de su vida el monte. Agricultor jubilado, tiene 84 años y ya no puede salvar a pie los más de 700 metros de desnivel, pero no pierde ocasión de llegar por pista con el todoterreno de algún amigo o familiar. “No es raro encontrarse alguien por aquí, casi todos los días puedes saludar a algún montañero”, dice calzado con unas botas que han gastado suela sin salir de Izagaondoa.

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