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REPORTAJE

Vivir bajo un puente

  • Tienen vidas distintas, pero las comparten. Antxon y Moisés duermen desde que se conocieron, hace tres meses, bajo uno de los puentes de Pamplona. A orillas del Arga y en diez metros cuadrados, se sienten en casa.

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Todas las mañanas, a las 8 horas, barren el suelo del puente. IVAN BENITEZ
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Un dibujo de Antxon sobre el lugar en el que vive hace 3 meses. IVAN BENITEZ
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Las novelas están ordenadas sobre una rama de árbol. IVAN BENITEZ
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Moisés agarra a Antxon camino del puente en el que viven, al fondo. IVAN BENITEZ
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Antxon muestra la película que rodó con su hija, Bella Bimba. IVAN BENITEZ
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Moisés lee Buda, una historia en la que se siente reflejado. IVAN BENITEZ
  • ANDREA GURBINDO. PAMPLONA
Actualizada 25/11/2011 a las 01:08

Nosotros somos personas normales, pero nos gusta vivir así". Son las nueve de la mañana. Hace dos horas que Antxon y Moisés han amanecido. Las baldosas de su particular domicilio se desperezan llenas de polvo y hojas. Cada uno en su rincón, se acomodan en la que llaman "la casa más grande de Pamplona", y hacen lo que más les gusta: uno pinta y otro lee. El primero sujeta un lapicero negro desde el extremo contrario a la punta y, con delicadeza, dibuja una silueta en un lienzo. Transmiten energía y fuerza. Viven desde hace tres meses bajo un puente.

Moisés y Antxon se conocieron en el comedor social del Ayuntamiento de Pamplona. Lo hicieron cuando el mercurio de la ciudad todavía marcaba temperaturas que no echaban en falta el abrigo. Noventa días después, ambos recuerdan que, desde el principio, existió entre ellos una conexión especial. Aún hoy, cuando la melodía de su inusual escenario suena otoñal y fría, les delata una enorme complicidad. Aunque se llevan 9 años, ejercen roles de padre e hijo.

Recuerdan perfectamente aquel día. Tras pasar unas horas en los jardines del Caballo Blanco, con unos amigos, tuvieron que plantearse qué hacer. Con una mochila sobre los hombros, pensaron que la expresión literal de vivir bajo un puente podía adecuarse a sus necesidades del momento. Compartiendo las mismas ansias de libertad, se instalaron a los pies del Arga. Bajo un manto de hierro que sustenta vidas muy diferentes a las suyas, pasan las noches más húmedas del mes de noviembre.

Antxon tiene 58 años y nació en Tolosa (Guipúzcoa). Su condición de actor le hace reconocerse en un "artista". Sus días transcurren en el mismo punto desde hace tres meses, cuando se unió a Moisés. Desde entonces, no se mueve de ahí. Aprovecha las horas muertas para leer, pintar, escribir y hablar con vecinos y gente que se acerca. "Aquí yo estoy muy bien. Mira, tengo de todo", dice señalando el acogedor espacio que tiene a sus espaldas. No le falta razón. Un telón gris y frío cambia el color de la escena. Varios detalles y el orden calman los diez metros que ocupan. Dos mochilas y varias bolsas reposan en las cabeceras de sus camas, formadas por cartones, mantas y sacos de dormir. Y dos cajas simulan ser mesas. En una de ellas, una botella de pacharán vacía hace sus veces de jarrón, aguantando una rama de hojas rojizas. A su lado hay un palillero y un plato de fruta. Una manzana y media docena de naranjas. En una caja, a modo de nevera y despensa, cereales, leche, un par de paquetes de galletas, mermelada y otros productos de intendencia. Una docena de libros se ordenan por tamaños en una rama que simula ser una estantería. La armonía del espacio llama especialmente la atención.

Cerebro y buen humor

Antxon protege su mirada bajo un sombrero de lana o un gorro de pana. Poco importa. Su aspecto bohemio y los colores de su vestimenta hacen juego con el paisaje de la estación. Es consciente de que sobrevivir es difícil, pero su teoría es "cerebro y buen humor". Hace años estuvo casado, pero no funcionó. "Me bajaba de un avión y me subía en un barco", cuenta. A su vida, marcada por lo que obliga la calle, todavía tiene que encontrarle título. La sombra del viento,el primero de la trilogía de Carlos Ruiz Zafón, es el del libro que actualmente reposa sobre su "mesilla de noche". Un tronco y dos decenas de ramas son los elementos que decoran su espacio más íntimo. Guarda con cuidado las novelas que le han regalado y recopila de las bibliotecas. "La gente es muy buena. Se acerca y se preocupa por nosotros", dice mientras saluda a cuatro ciudadanos que pasean a primera hora. "Yo no duermo mucho. No puedo. Estoy toda la noche pensando y riéndome de mí mismo. Eso es lo que más me gusta", cuenta. No todos, pero muchos mediodías acude al comedor social del Ayuntamiento de Pamplona. "Voy por ir, porque no necesito comer", dice. "Prefiero estar aquí. Mira, nos levantamos pronto y barremos el puente. La gente hasta nos dice que está más limpio que su casa". Cada pocos minutos ríe con timidez.

La experiencia de irse

Moisés le observa mientras habla. En otros momentos del día su mirada se pierde en las fotografías que guarda de sus familiares. Ambos recuerdan a los suyos y les echan de menos. "Pero no echo en falta nada más", admite Antxon. "Tienes que ser tú. Búscate la vida, sin nada que te ate. Yo no necesito nada ni a nadie, aunque me encanta estar con personas". Moisés asiente mientras revuelve el azúcar del primer café que toma desde hace mucho tiempo. Su situación es muy diferente a la de su compañero de calle. "Quise vivir una experiencia. Irme. Irme sin un duro y ver cómo se vivía así", explica entonces.

Moisés es valenciano. Tiene 49 años y en diciembre cumplirá los 50. Su aspecto le hace entrañable. Su comodidad callejera la completa una maleta a modo de almohada. "Cuando estás en una situación como esta te encuentras gente de todo tipo. A mí, por ejemplo, me gusta ayudar a las personas y al salir a la calle te das cuenta de quién lo hace también por ti. Esos son pocos". Es meticuloso. Guarda todos y cada uno de los dibujos que le ha regalado Antxon en un maletín. Moisés los archiva entre papeles y fotografías que duermen, como él, en un ambiente húmedo y frío. Entre sus manos sujeta un libro. Buda. Dice sentirse reflejado en él. "Es la historia de un hombre que experimenta, como yo".

Moisés salió a la calle hace seis meses con la intención de hacer el Camino de Santiago. Por circunstancias familiares se vio obligado a dejar el trabajo semanas antes y junto a un compañero llegó a Pamplona. "Hice el servicio militar aquí y tenía un buen recuerdo de Navarra". Lleva chaqueta de punto y vaqueros. Toma todos los días un plato caliente en el comedor París 365. Tiene una hija de 23 años y a ella fue a quien expuso su nuevo planteamiento de vida y también estuvo casado. "Salir a la calle era una forma de perder la vergüenza de tener que pedir a los demás. Y si no estás acostumbrado, te cuesta", reflexiona. Mientras Antxon se ha bebido el café de un sorbo, Moisés muestra que no tiene dinero en los bolsillos, ni ingresos. Quiere trabajar, y aunque sabe que es difícil, intenta buscar empleo cuidando ancianos en alguna residencia. "He dejado currículums. Siempre he trabajado en eso", explica.

La historia de su vida

Antxon guarda minuciosamente su libreta de ahorros en la caja del DVD de una de las películas que grabó como actor. La rodó en Cerdeña y la dirigió su hija. Bella Bimba es el rótulo que aparece en el disco de la que, dice, parece la historia de su vida. "Creo que mi hija pensó en mí para grabarla". Su cartilla también está a cero. Antxon espera con inquietud los ingresos que, "de un momento a otro", le proporcionará la película. "Así me puedo dar algún capricho, como irme al hotel la Perla tres días y vivir como un rey. Tengo ahí un traje para esas ocasiones...", dice mientras exhala la última calada de un cigarro que le han proporcionado. "Es mi único vicio", comenta. Apaga la colilla en uno de los dos ceniceros que tiene.

"Un día debajo del puente es precioso", relata. "Para quien está debajo del puente, claro. Para el que está arriba no". Antxon mira a los ojos fijamente cuando habla. Sentencia con convicción mientras se reconoce en una persona egoísta. "Lo que tengo en mi mochila es para cualquiera. Yo no soy egoísta en ese sentido. Soy egoísta porque quiero libertad y porque quiero que me dejen en paz", explica. Cuenta que es lo que ha hecho siempre. Irse y vivir solo. Eso, dice, le ha hecho llorar. "Yo lloro mucho, todos los días", explica. "Es, aunque diferente, nuestra forma de vida", dice Moisés retomando el motivo de su situación.

La que viven en el mismo espacio y de forma paralela, aunque cada uno a su aire. "Moisés sabe que yo cualquier día me voy". Antxon le mira directamente mientras espera una respuesta que no llega. "Pero es un hombre bueno y a mí me cuesta conectar con alguien tanto. De momento, estamos bien juntos", continua. Una pizca de nostalgia se traslada a la escena. "Lo que ahora quiero es pasar aquí la Nochebuena, es lo que más me apetece. Montaré un belén aquí mismo. Soy un gran belenista", Antxon rompe continuamente los silencios. De seguido, la fuerza del caudal del río interrumpe en la escena. Aunque no ha dejado de sonar, ellos le roban protagonismo. Los coches pasan rápido por encima del puente. A la misma velocidad, ambos dibujan un gesto de felicidad en su rostro. "Subo a Pamplona, a la biblioteca. Voy a conectarme a internet, que es gratis, y a ascribirle a mi hija. ¿Antxon, quieres venir?", pregunta Moisés. "No, no, yo te espero aquí".



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