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ENTREVISTA

"Mostrando fotos brutales, la gente se tapa los ojos y no quiere ver"

  • La fotoperiodista pamplonesa Maite Hernández Mateo inaugura este jueves en Zaragoza la exposición 'Al sur de la India', un retrato lleno de humanidad sobre los niños ciegos, los huérfanos y los refugiados tibetanos
  • "Intento mostrar lo que se puede conseguir si ayudamos a esa gente, tanto a un inmigrante que se marcha a Nueva York como a un niño de India. Intento mostrarles como personas, más que los efectos que la pobreza tiene sobre ellos"

Maite Hernández, con niños de un campo de refugiados tibetanos situado en India

Maite Hernández, con niños de un campo de refugiados tibetanos situado en India

CEDIDA
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Actualizada 17/01/2012 a las 00:43
  • G.M.A. PAMPLONA
Lleva el espíritu del 'freelance' en las venas, el enfoque solidario y optimista en el objetivo de su cámara y la mirada reposada de quien ha visto mucho y ha comprendido. Colabora con distintos medios de comunicación y empresas nacionales e internacionales para poder dedicarse después a su verdadera pasión: dar voz a los 'olvidados' por Occidente. A sus 33 años, la pamplonesa Maite Hernández Mateo acumula un extenso currículum como fotoperiodista. Graduada en esta especialidad por el International Center of Photography de Nueva York y licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, ha conocido ya en primera persona la miseria de los marginados de Estados Unidos, República Dominicana o India.

66 imágenes y un breve documental de este país, realizados para la ONG zaragozana Estrella de la Mañana, centran la exposición benéfica 'Al sur de la india', que se inaugurará el próximo 19 de enero en el centro de Caja Inmaculada (CAI) Joaquín Roncal, en la capital aragonesa. Instantáneas de niños ciegos, huérfanos y refugiados tibetanos que tratan de captar la capacidad de evolución de quienes tan sólo se tienen a sí mismos. Curiosamente, el artista navarro Serafín Zubiri le acompañará en el acto. Su próximo frente de trabajo será el pueblo mapuche de Argentina, donde colaborará con un proyecto de IPES. Su clarividencia es un soplo de aire fresco en un mundo, el de la información, cada vez más deshumanizado.

¿Hasta qué punto las personas con las que ha trabajado en India están marginadas?
Ser ciego en la India se considera una maldición, se cree que los niños ciegos han sido castigados. Con esa idea, nos podemos imaginar el resto… Muchas veces por falta de cultura, se les trata de forma horrible. Se cree que no sirven para nada, son un gasto más en la familia y si les dan las sobras de la comida, puedes darte por contento. Los tienen atados para que no molesten, para que no se hagan daño a sí mismos. De modo que no evolucionan y acaban siendo no sólo ciegos, sino más discapacitados, porque no desarrollan todo lo que pueden hacer.

¿Qué se puede aprender de esas personas que no tienen nada?
Yo pude ver su evolución en pocos días. Cuando llegué, recuerdo que había un niño que estaba con los voluntarios de Estrella de la Mañana desde hacía tres días. Al principio, cuando le intentaba tocar, me esquivaba, no respondía. Sin embargo, el último día, de tanto estar con él y hablarle desde el cariño aunque no me entendiera, me dio un abrazo. Ver ese desarrollo en una semana te hace pensar cuánto se puede hacer.

¿Qué mirada hay que emplear con la cámara para retratar a quien no puede ver?
Tienes que observarle mucho más que a una persona que ve, porque ésta, en un momento dado, te puede transmitir ciertos sentimientos con la mirada. La mirada es bestial y tú puedes ser capaz de captar esa mirada con tu cámara. Pero en el caso de estos niños, algunos de los cuales no tienen ojos o los tienen totalmente cerrados, te tienes que fijar en otras cosas, sobre todo en sus gestos. En mi caso, hice las fotos de los niños ciegos en blanco y negro y en luz y sombra, plasmando los reflejos de la luz sobre ellos. La luz que ellos no pueden ver.

¿No cree que al haber visto tantas imágenes de pobreza extrema y miseria nos hemos inmunizado ante el dolor ajeno?
Creo que se han utilizado mal esas imágenes del dolor ajeno. Ha habido un periodismo muy agresivo que buscaba la humillación de quienes sufren, creyendo que con eso se iba a conseguir un efecto que no se ha obtenido. Porque el resultado ha sido el contrario. Mostrando imágenes brutales, sólo consigues que la gente se tape los ojos y no quiera ver. Yo intento mostrar lo que se puede conseguir si ayudamos a esa gente, tanto en el caso de un inmigrante que se marcha a vivir a Nueva York como en el de un niño de India. Intento mostrarles como personas, más que los efectos que la pobreza tiene sobre ellos.

Pero cuando uno entra en contacto con historias humanas tan intensas, ¿no le invade la frustración al ver que su trabajo, ese que tanto le ha conmovido, no tiene el mismo resultado sobre los demás que sobre uno mismo?
Totalmente. Es frustrante pasar meses editando un trabajo de 15.000 fotos, vídeos y entrevistas para terminar haciendo luego una pieza de cinco minutos que, con suerte, la visitan unos cuantos miles de personas y no te la publica nadie. Realmente estas historias nadie las quiere ver porque no interesan. Hasta que la sociedad no se conciencie de que esto es la vida, seguiremos así.

¿El fotoperiodismo en países tan antagónicos resulta adictivo?

Puede ser, porque recibes muchísimos estímulos completamente diferentes a los de aquí. En este viaje a India, el segundo que hago, se me generó una especie de contradicción: la odio y me encanta al mismo tiempo. Y en un mismo día puedo sentir las dos cosas. Pero eso también me ha ocurrido en Nueva York. Son realmente las historias y la gente las que te crean esa adicción. Y por eso me interesan las historias humanas, porque me tocan o llegan de alguna manera.

En un momento tan dramático como el actual, ¿es más necesario que nunca que los profesionales de la imagen y el periodismo se adentren en el mundo de los olvidados?
Por supuesto. Si ahora mismo no contamos la realidad más cruda de lo que está ocurriendo, ¿cuándo lo vamos a hacer?

Rodeada de tanta pobreza y miseria, ¿cuántas veces se ha desmoronado?
Todos los días. No había día en el que, en un momento dado, no sintiera impotencia porque debido al lenguaje no me entendían o por no poder cambiar todo lo que me gustaría en dos minutos… Pero luego ves un pequeño gesto o un problema que se ha solucionado y, entonces, te das cuenta de que aunque no puedes cambiar el mundo, sí puedes cambiar pequeñas cosas.

Hay quienes creen que el periodista o fotógrafo debe marcar cierta distancia respecto a la realidad que aborda. ¿Está de acuerdo con esa postura?
Yo no quiero hacerlo. Si realmente quiero llegar a una persona, tengo que entrar en su realidad. ¿Cómo voy a entender a estas personas si no vivo con ellos, si me voy a un hotel de cinco estrellas? Hay que vivir a su lado y luego, cuando te vas a tu casa y analizas tu trabajo, debes ser capaz de apartarte y ver algo más. Pero antes te tienes que ganar su confianza, porque contar la intimidad de alguien es muy fuerte. ¡A ver quién de nosotros sería capaz de desnudarse así! Yo no busco la foto sangrienta. Quiero saber qué pasa por la cabeza de ese niño cuya madre se ha prendido fuego al quedarse viuda porque en la India la repudian. Para llegar a la profundidad de una historia, te tienes que meter, no puedes tomar distancia. Muchos defienden que los profesionales están para informar, pero desde el momento en el que coges una cámara o un micrófono estás poniendo tu visión personal de la realidad.

¿Se equivocan por tanto quienes se llenan la boca hablando de objetividad?
Para mí es imposible ser objetivo…

Como mucho, subjetivamente objetivo…
Ahí podríamos estar de acuerdo (risas).

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