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PERIODO DE ADAPTACIÓN

Los padres no renunciarían

  • Admiten que no sabían que podían renunciar a la adaptación escolar de los niños

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Carmen Díez y su marido Carlos con Irati.
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Iñaki da un biberón de agua a su hijo Etienne.
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Iona abraza a Andrada y Ariana, sus dos gemelas.
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Iván e Inma, con su hija Alba de dos años.
  • DN . BERRIOZAR/BARAÑÁIN.
Actualizada 17/09/2011 a las 01:00

D esconocían que existiese la posibilidad de poder renunciar a la adaptación de sus hijos, nadie les había informado de ello, hasta ayer, que este periódico lo hizo público. Aún y todo, los padres consultados expresan que tampoco se acogerían a esta posibilidad. "La adaptación es buena y necesaria", subrayan.

Llega septiembre y el mundo parece que se vuelva del revés. Es viernes, 16 de septiembre. Los padres se enfrentan a la recta final de este "duro proceso". Son las nueve y media de la mañana. Carmen Díaz y su marido Carlos pasean por el exterior de la escuela infantil Iruñalde de Berriozar. Empujan la silleta vacía de su hija Irati. Esperan. Irati se encuentra dentro, "adaptándose". Han llegado a las nueve, y a las nueve y media reciben el primer aviso de una de las educadoras. Uno de los dos tiene que subir a sosegarla. Carmen y Carlos se pelean por hacerlo. Gana él. Carmen se queda fuera, en la misma puerta, encuadrada por una reflexión escrita en la pared: "El niño está hecho de cien. El niño posee cien lenguas, cien manos, cien manos, cien pensamientos, cien formas de pensar, de jugar y hablar. Cien maneras de escuchar, de sorprender amar.

"La traemos a las nueve de la mañana", Carmen rompe el silencio. Yo estoy de excedencia y mi marido trabaja de tardes", explica. Irati empezó la adaptación el cinco de septiembre. "Ella lo lleva muy mal. La dejo llorando y la recojo llorando. Es normal, después de estar un año pegada a mí, se preguntará por qué la abandono". Aún y todo, Carmen y Carlos consideran beneficiosa la adaptación. Dentro de la escuela, en la primera planta, varias educadoras tranquilizan a los bebés. "Físicamente es muy duro y emocionalmente más. Hay que aguantar mucha angustia", indica una de ellas mientras acuna el llanto de uno de los pequeños. Treinta minutos después, Leidy Brito Y Pedro Valenzuela salen con su hija María. "Ha terminado por hoy. La hemos tenido 45 minutos", dicen. Los dos también están de acuerdo con esta fase, y eso que Pedro sólo duerme tres horas, trabaja de noche, y Leidy tiene que cerrar el bar que regenta durante este tiempo. "Es un gran esfuerzo, pero es lo mejor". A esta misma hora, Iván Fernández e Inma Rodríguez dejan a su hija Alba, de dos años, en la guardería Eguzkilore de Berriozar. Alba pasó el proceso el año pasado y ahora lo lleva mejor. "A los padres nos trastoca, pero nos adaptamos. Es bueno para ellos", expresan.

Asimismo opinan, esta vez en Barañáin, Iñaki Iñiguez, padre de Etienne, de 14 meses, y Ioana, madre de Andrada y Ariana, gemelas de 14 meses. "Es mucho el cambio, pero se terminan acostumbrando. Son niños.", sostienen. Etienne es un auténtico veterano. "Empezó a mediados de agosto en la guardería. Ha pasado de treinta minutos a cinco horas", dice orgulloso su padre, mientras le da un biberón de agua.



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