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Leitza, la fuerza y el color del carnaval

  • La tradicional cita con los disfraces más originales llenó ayer de color las calles de Leitza, donde la temperatura y la lluvia respetaron el desfile de una docena de carrozas que transportaron vampiros, pescadores, deportistas, gitanos y hippies

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Las clases de spinning provocaron risas y curiosidad entre visitantes y autóctonos. CALLEJA
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Las plumas de nueve pavos reales llamaron la atención. CALLEJA
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Pequeños y mayores participaron, como cada año, en el desfile. CALLEJA
  • ANDREA GURBINDO . LEITZA
Actualizada 23/01/2012 a las 01:01

NO siguieron el mismo procedimiento de cada día puesto que el armario no les deparaba vaqueros ni camisetas. Tampoco ropa de domingo. Leitza amaneció ayer teñida de todos y cada uno de los colores de la escala cromática. Ya desde los balcones, el pueblo disfrazó las calles de fiesta un año más. La intensidad se pudo sentir, a partir del mediodía, en los cientos de disfraces que arrancaban, con fuerza, la época de carnaval.

Una temperatura de 10 grados y un cielo que despejó las muy temidas lluvias, apaciguaron el desfile tras un leve chirimiri. Con la música también como protagonista, decenas de autóctonos y foráneos abrían hueco a las más inesperadas carrozas. Inauguraban el paseo mujeres vestidas de bolsas recicladas, médicos en miniatura y payasos. Mayores y pequeños hacían de los primeros minutos de la fiesta un día que, como cada tercer domingo de enero, llenaba Leitza de flashes. MªJosé Mangado Cortés, de 53 años, había viajado con su marido desde Pamplona. "Venimos cada año. Lo descubrimos hace tiempo y nos gusta ver la participación de todo el pueblo con el carnaval", relataba mientras descubría de reojo la llegada de un carro del Oeste que "conducían" dos réplicas de la Abeja Maya. Muy de cerca y sin perderles la pista, los trogloditas se acercaban confiados. Una bar con ruedas perseguía estas dos carrozas para no dejar sediento a nadie.

Lograban acaparar miradas la docena y media de plumas que llevaban a sus espaldas Oihana Calderón Callejas, de 21 años, y sus amigas. Todas, de Leitza, habían "copiado" el disfraz de una amiga que tienen en Milagro. Nueve pavos reales se contoneaban graciosas. Las jóvenes, que no encontraban exactamente vocablos para describir por qué en Leitza cobra tanta importancia el carnaval, eran un claro ejemplo de la implicación de todos los vecinos.

Más agitado que ellas y secándose las gotas de sudor de la frente se mostraba Ángel Irujo Saquete que parecía ya un experto sobre la bicicleta estática que utilizaba para dar sus clases de spinning. "Oye, esto me va a acabar gustando", reía con el público. "¡Ritmo, ritmo! ¡Suave, suave! ¡Ahora a tope!", gritaba a sus alumnos, que no alcanzaban los 8 años, al ritmo de los últimos éxitos musicales.

Las reinas de la mañana

Le seguían hippies, mariquitas, motoristas en vehículos de juguete, gitanos, indios... Todos anticipaban la llegada de las dos últimas carrozas, que acapararon, sobremanera, las miradas. Draculeneaera un castillo gigante en el que seis matrimonios viajaban vestidos con los trajes más siniestros. "Nos ha costado un mes y medio hacerla, por las noches, y ha sido un poco difícil", explicaba José Luis Párraga Pascual, de 61 años, que se mostraban satisfecho con la tregua que les había dado el temporal después de tres días de precipitaciones.

Por último paseaba el mayor pescado con el que se habían hecho un total de dieciocho jóvenes, que bailaban y cantaban sobre su logrado tiburón. Se trataba del encargado de poner el punto final del desfile, por el que Agustín Aramburu Villabona y Juan Zabaleta Zabaleta, deambularon constantemente. Vestidos con el traje más tradicional de Leitza, "anterior a la guerra civil", colorearon el ambiente con la "txapela del atsaure", nombre con el que se conoce este traje oscuro de sombrero colorido. "El martes saldremos vestidos así por la tarde. Aquí todavía sigue la fiesta", apuntaron.

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