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"Me avergüenzo de haber pagado a ETA"

Actualizada 01/11/2011 a las 02:00

La primera vez que Antonio (nombre ficticio) recibió una carta de extorsión de la banda terrorista ETA pensó que se la habría enviado alguno de los empleados de su empresa para gastarle una broma macabra. En aquella carta que recibió a mediados de los 90 no aparecía el anagrama de la banda terrorista y por eso le resto importancia. La segunda vez que se encontró con la misma petición de dinero se dio cuenta de que el remitente de aquellas cartas selladas en Francia era ETA. Se asustó, pero de nuevo, decidió no comentarlo con nadie, ni tan siquiera con su mujer. Entonces, tampoco le dio importancia y rompió aquella carta en mil pedazos. Pero la tercera vez fue diferente.

En la tercera misiva los terroristas detallaron paso a paso el itinerario que hacía su hijo de cinco años todos los días desde que salía de casa para ir al colegio hasta que regresaba a media tarde después de haber asistido a varias actividades extraescolares: "Al leerlo era como si me lo estuviese contando su madre. Era realmente inquietante". ETA le exigía 25 millones de pesetas en concepto de impuesto revolucionario. "Esta es la única vez que he sentido miedo en mi vida. Me planteé seriamente el irme con mi familia", confiesa.

Antonio, al igual que muchos empresarios navarros, se preguntó qué debía hacer. Buscó consejo en su padre, en su cuñado, y en un asesor jurídico de la Policía. "Le enseñé las cartas. Él me dijo que si lo denunciaba, me dirían que estaba protegido pero que esto no sería así. No podían estar encima de mí y de mi familia las 24 horas. Aquellos eran otros tiempos... Me aconsejó que si podía, que pagara. ¡No tenía tanto dinero! Sabía que si aceptaba el chantaje cometía un delito, y que mi empresa estaba abocada para siempre al fracaso. No sabía qué hacer".

En la carta que recibió unos pocos días después le indicaban en qué lugar y a qué hora debía dejar la cantidad que le pedían. Las instrucciones eran muy precisas. "Me indicaron en qué modelo de coche tenía que ir, por supuesto, absolutamente solo, sin linternas, ni ninguna luz que levantara sospechas o que indicara mi posición. El dinero, los 25 millones, debía llevarlo en bolsas de plástico y repartido en francos, dólares y libras", relata el empresario navarro.

"Fui de madrugada"

De ser feliz en su trabajo, dirigiendo la empresa que él mismo había creado, pasó a no poder dormir ni dos horas seguidas, a dejar de atender a sus clientes y sobre todo, cómo él mismo explica, a sentirse indefenso. "Mi mente se iba a mi hijo de 5 años y a las carta de ETA. Jamás en mi vida he manejado un arma, ni siquiera tengo una escopeta. Pero estaba convencido de que si le pasaba algo a mi hijo le pegaría un tiro a su asesino. Al final opté por pagar. Me dio vergüenza hacer lo que hice. Cometí una terrible torpeza. Si me hubiese pasado esto ahora no habría reaccionado igual. Hubiera ido a la policía y hubiera denunciado. No hubiese pagado", lamenta.

Unos días antes de realizar el pago, el empresario navarro acudió al punto que le habían indicado para comprobar el recorrido: "Fui a las dos de la madrugada como un tonto. Cuando andaba en el monte, solo, y con las bolsas de plástico en mi mano, en lo único que pensaba es que me estarían observando y que en cualquier momento me pegarían un tiro, me matarían, y nadie jamás se enteraría de que había pasado conmigo".

Después del pago, este empresario navarro no recibió más cartas, y ante el temor de ser chantajeado de nuevo, empezó a rechazar pedidos de sus mayores clientes: "Lo más difícil de toda aquella situación fue el silencio. Hasta hace unos años sólo lo sabían mi padre y mi cuñado. Sólo después, con el tiempo, se lo he contado a mis hijos".

Cuando se le pregunta por el fin de ETA, su posición es de escepticismo: "No creo que hayan terminado. Han sido gente del buen vivir, cuyo trabajo y su forma de hacer negocios era la extorsión".

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