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VUELTA AL COLE

El "recreo" de los padres

  •  El café de la mañana sirve de lugar de encuentro y desahogo entre las "cuadrillas del cole" que padres y madres forman en torno a la vida escolar de sus hijos.

Desde la izquierda, Mari Carmen García y su hijo de tres años, Maite Lozano, Itxaso Mauleón y una amiga de la
Desde la izquierda, Mari Carmen García y su hijo de tres años, Maite Lozano, Itxaso Mauleón y una amiga de la cuadrilla con su niña.
R.A.
  • RAMARIS ALBERT. PAMPLONA
Actualizada 07/09/2012 a las 10:52
Posos en el fondo de una taza de café, bajo un frío sol matinal, evidencian la espera del primer día de adaptación de Infantil. Maite Lozano, Itxaso Mauleón y Mari Carmen García aguardan sentadas en una terraza a que algunos de sus retoños culminen la hora que requiere el primer día de clase en uno de los colegios públicos del barrio de la Rochapea.

Este paisaje “cuadrillas de cole” se repite en las terrazas pamplonesas desde primera hora hasta media mañana. Según los horarios de cada pareja, a veces se toma el café mamá y otras, papá. Esta vez les ha tocado a ellas, vecinas de Berriozar, Rochapea y Buztintxuri, respectivamente, para las que también es el día de la vuelta al cole.

ENCUENTRO DE GRANDES Y PEQUEÑOS

La duda y expectación sobre lo que les aguarda este curso revolotea en el aire, pero los recortes en Educación, la posibilidad de una -o varias- huelgas y el temor a que sus hijos se vean afectados por la reducción de profesionales de la educación no empaña el entusiasmo de ver cómo sus peques acuden al aula por primera vez y otros, “los mayorcitos”, a Primaria.

“(Los recortes) nos afectarán porque cualquier día nos dirán 'huelga'. A mi hijo le van a quitar un profesor de inglés con el mismo grupo de alumnos”, asegura Mauleón, madre de un niño de seis años, una niña de cinco y un bebé de tres meses.

Itxaso es la calma. Un dulce hilo de voz discurre por sus labios, que muestran una cálida sonrisa cuando recuerda que su niña, al despedirse de ella el primer día de clase, se abrazó a su pierna para que no se fuera. “Siento una mezcla de nervios y emoción porque ya se van convirtiendo en pequeñas personas”, afirma.

En cambio, Maite es pura energía. Habla rápido y contagia un vivaz entusiasmo cuando relata que a las siete de la mañana, al acudir a la habitación a despertar su hijo, que pronto cumplirá los seis años, él ya estaba en pie, con la mochila preparada. “Ander está muy emocionado porque se reencuentra con su grupo de amigos”, explica.

Sin embargo, no todo es alegría. En su mente persiste la preocupación de que se vean reducidas las horas de terapia que recibe el pequeño semanalmente con el logopeda que, según ella, “le vienen muy bien”.

Asimismo, sus críticas afloran cuando recuerda el periodo de adaptación, fase que se prolonga un mes, sobre todo, cuando la pareja trabaja a tiempo completo. Sus manos no paran de moverse mientras sus ojos oscuros se agrandan y empequeñecen según la intensidad que le imprime a su voz.

“Mi hijo es adoptado, y fue muy traumático en esos días hasta que entendió que yo lo recogía a la vuelta y, entonces, se tranquilizó. Pero un mes completo es una exageración. No tienes tanto tiempo de adaptación y tienes que estar a turnos con tu esposo o tomarte vacaciones”, afirma.

Mari Carmen tiene una voz melodiosa que invita a conversar. Cuando su niño salió de la primera hora de adaptación, lo cogió aúpas y le hizo la entrevista de rigor: “¿Cómo te ha ido? ¿Te gustó?”. El peque poco a poco empieza a sentir el bálsamo de su madre y suelta en susurros frases breves a modo de respuesta.

“Así lo tengo agarrado. ¡Es que ha salido con una cara!”, admite ante sus amigas. El niño hace una confesión que nadie más de la mesa logra escuchar, pero es evidente que se trata de su primer día de clase en euskera cuando ella cierra el interrogatorio con la pregunta: “¿Que te hablaban raro?”. “Éste está descolocado”, observa, lo que provocó las risas de la cuadrilla y ella abrazó cariñosamente al menor.

Hoy le ha tocado a ellas ir al cole, pero las tres mujeres afirman que se distribuyen a turnos con sus esposos las responsabilidades escolares, por lo que no necesariamente se ven todos los días. Y cuando ambos padres trabajan a tiempo completo, siempre hay un familiar que les brinda el apoyo necesario.

PRIMARIA, LA VUELTA CON UN POCO MÁS DE EXPERIENCIA

Al otro lado de Pamplona, otras tres amigas apuran el último sorbo del café en una terraza de la plaza del Conde de Rodezno. Sara, Elena y Maite -según se limitaron a identificarse- celebran el reencuentro propio del nuevo curso escolar con más tranquilidad, ya que sus hijos no son novatos en los avatares de la escuela.

“Los niños ya están en Primaria. El primer día, si ya están adaptados y esperan encontrar a compañeros que no han visto en verano, no tiene mucha historia”, comenta Maite.

A excepción de una tercera niña de Elena de apenas meses, las tres tienen un par de hijos de seis y 10 años en el colegio Jesuitas de la calle Francisco Bergamín. El cruce de los seis niños cada curso, a veces en los mismos grupos de clase, ha tejido una amistad entre madres e hijos que se sustenta con actividades escolares y cafés, cuando el tiempo lo permite.

“Cuando tienes hijos, te acostumbras a hacer encaje de bolillos con los horarios. Yo lo peor que llevo es la rigidez de los horarios que te impone la rutina. El corre-corre de la mañana, que si el desayuno, coge el coche, aparca en el cole”, reconoce Sara.

El trío coincide en que varios factores pueden influir en que los primeros días de clase vayan como la seda o se conviertan en una breve -pero intensa- pesadilla: si ya han ido a guardería o no -y, por tanto, ya han pasado el umbral de la adaptación- y si son los primogénitos o los benjamines de la casa, en este segundo caso, porque suelen animarse ante la perspectiva de coincidir con sus hermanos de más edad. “Les gusta hacerse mayores y empezar en el colegio”, puntualiza Maite.
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