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Fobia social

"Llevo media vida encerrada en casa"

Gema Ruiz tiene 30 años y sufre fobia social desde los 16. Teme salir a la calle y sentirse juzgada, observada, amenazada y agredida. Todo empezó en el instituto

El diario personal de Gema Ruiz

Gema Ruiz, de 30 años, sufre desde los 16 años y por culpa del bullying un trastorno conocido como 'fobia social'. Este es su diario.

Gema Ruiz
Imagen de Gema Ruiz Rodríguez observando el atardecer por la ventana del salón de su casa en la comarca de Pamplona. Atalaya desde la que ve la vida pasar.

Gema Ruiz Rodríguez observa el atardecer por la ventana del salón de su casa en la comarca de Pamplona. Atalaya desde la que ve la vida pasar.

Actualizada 15/12/2017 a las 10:32
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La fobia social es miedo. Y el miedo es la calle. La gente...”. Los nervios obligan a Gema a levantarse del sofá, salir del salón y encenderse un cigarrillo en la cocina. “¿Puedo fumar, por favor?”, pregunta. La petición suena a súplica. Gema da una calada y regresa más tranquila. Se acerca a la ventana y fija la mirada en el naranja del atardecer. El último suspiro del día. El vaho de sus palabras dibuja metáforas en el cristal. Su pareja, Fran Pérez, le observa expectante.

“No es fácil para ella someterse a una entrevista y mucho menos a una sesión de fotos”, comenta. Pero esta vez Gema tiene motivos para superar el miedo. Quiere ayudar a personas en una situación similar y, de paso, enfrentarse a uno de sus peores miedos: exponerse. “Creo que la fobia social, por experiencia, se puede atajar si se trata desde el principio”, aclara. “Llevo media vida encerrada en una habitación, a oscuras, y sé de lo que hablo. Cuando se vive de noche y se sueña de día, el tiempo se hace eterno. Soñar, al final, se convierte en la única forma de vivir algo distinto”.

Entre sus pies merodean dos gatos, uno negro y otra negra y blanca. “Son la mejor compañía”, sonríe. Gema vuelve al sofá. Al sentarse, se encoge como un ovillo. “Ahora parece que estoy saliendo del túnel”, expresa, sonriente. “Quiero salir. Quiero ayudar a otras personas. Quiero ser independiente, trabajar...”, susurra. Sus dos brazos se cruzan sobre el pecho presionándolo, como si de esta manera pudiera protegerse de las preguntas.

“Tenía 14 años cuando empezó todo. Vivía en Madrid”, relata. Por un tema que prefiere no tocar, “cosas de adolescentes”, apostilla, sufrió dos agresiones de un par de compañeras del instituto. Agresiones que se transformaron en amenazas constantes. Un tsunami de violencia que impactó sobre ella de lleno.

En un primer momento, sigue contando Gema, lo habló en su casa con sus padres, quienes reaccionando inmediatamente. “Hablaron con el psicólogo y el director del instituto. Pero ellos no lo quisieron asumir como un problema del centro porque los hechos ocurrieron fuera”, aclara. Sin embargo, en lugar de calmarse los ánimos fue a más. Y el miedo a encontrarse con aquellas personas crecía.

“Estaba tan asustada que a los 16 años abandoné definitivamente los estudios. Y decidí quedarme en casa. Llevo media vida encerrada”, repite. “He perdido los mejores años de mi vida”. Nana, su pequeña gata blanca y negra busca refugio entre sus brazos. Las pupilas amarillas del animal enfilan directamente hacia el extraño. “Pero te acostumbras. Tu única ventana al exterior es un ordenador. Te acuestas a las siete de la mañana y te levantas a las cuatro de la tarde. Así todos los días. Días en blanco...”. A su cuarto sólo entraba su madre. Charlaban. Lloraban. A los 18 años le diagnosticaron fobia social. “Me llevaron a psicólogos e hice distintas terapias, pero ninguna pudo con mi enemiga invisible”. Cuatro años después, la situación se agravó y, con 22 años, le fue diagnosticado Transtorno de la Personalidad por Evitación (TPE).

Gema se va tranquilizando a medida que la conversación fluye. Su tono de voz no varía. Emplea un lenguaje claro, sosegado, y directo, a veces aderezado con largos silencios. “Vine a Pamplona en 2011, por amor y para escapar de Madrid”, señala. Gracias a Fran, su pareja, parece estar recuperando el pulso a la vida. Ha comenzado a dar paseos e incluso ha retomado los estudios de ESO, aunque a distancia. No se siente preparada para asistir a todas las clases.

 

Aunque Gema mantiene un alto nivel de expresión escrita, a pesar de no haber finalizado los estudios, asegura que no es capaz de mantener una conversación. “Si me preguntan qué tal estoy, no sé qué decir. Me bloqueo”. Los miedos persisten, pero las ganas “por sentirse útil”, de trabajar, la espolean. “Ha ganado confianza”, dice Fran. Respecto a los paseos, añade, “camina encorvada, con el pelo cubriendo parte de la cara para que la gente no le mire, y agarrada con fuerza a mi mano. Es tal la tensión que acumula cuando sale a la calle que al volver a casa se queda sin fuerzas”.

La esperanza también se revela en sus sueños, mientras duerme. Las pesadillas ya no son tan frecuentes. “Ahora viajo y me veo rodeada de gente. Sueño que soy normal, independiente, y que tengo rutinas...”. Además, durante estos años de cautividad ha labrado un enorme campo de aficiones. Le apasiona escribir, la lectura, principalmente los libros de la Segunda Guerra Mundial y los animales. Disfruta editando vídeos y patinando.

La fobia social es un trastorno mental, el tercero más común en adultos, que sufre un 7% de la población, mayoritariamente mujeres. Un estudio que llevó a cabo el National Institute of Mental Health (NIMH) y que fue publicado en Journal Pediatrics en 2011, el 50% de los adolescentes sufren timidez, pero de éstos, el 12% cumple los criterios de fobia social. Este trastorno provoca un fuerte miedo irracional hacia situaciones de interacción social. La persona que lo padece siente ansiedad extrema al ser juzgado. Los fóbicos sociales son conscientes, pero son incapaces de controlar su miedo y su ansiedad. Por ello, evitan las situaciones. Suele desencadenarse durante la adolescencia, y es habitual que las personas que la sufren no busquen ayuda hasta después de diez años de presentar síntomas. Como la mayoría de fobias, el ambiente juega un papel determinante en su aprendizaje.

Precisamente para alejarla del ambiente en el que se originó la fobia social, Fran la animó a mudarse a Pamplona. “Yo por ti me curaría”, respondió ella. Y a esa tarea lleva dedicándose los últimos seis años. “Desde el principio me contó lo que pasaba. Creía que podría ayudarla, que sólo era timidez. Pensaba que saliendo conmigo, conociendo gente nueva y alejándola de Madrid se solucionaría... Me equivoqué”, lamenta. “Me di cuenta de que la solución no era salir a la calle, sino empatizar, ponerse en su lugar”.

De momento, Gema sigue recibiendo medicación y ayuda psicológica. “En Navarra no hay todavía mucha información sobre esta fobia a nivel de asistencia social”, lamenta. “No se reconoce nuestra enfermedad por lo que tampoco recibimos ayudas. ¿De qué vamos a vivir si no se tiene en cuenta nuestra incapacidad? A mis 30 años aún no he podido producir y quiero trabajar. Las enfermedades mentales, al ser ‘invisibles’, parece que no existen. Pero están ahí y pueden condicionar tu vida tanto o más que las dolencias físicas”, concluye.

El diario personal: una semana en la vida de Gema Ruiz

LUNES
Hoy lunes tenía clase de matemáticas a las 17.00 horas. Ayer miré las líneas de villavesas que tenía que coger para ir, ya que nadie me podía llevar. Al final, después de una noche de pesadillas soñando con el trayecto al instituto, el miedo me ha podido y no me he sentido con fuerzas para enfrentarme a este reto. Mi miedo a ir sola por la calle y el pánico a los autobuses, acompañados de la noche de pesadillas, han hecho que no me haya atrevido a salir de casa. Otra tarde más acompañada por los gatos y la televisión.

MARTES
Hoy es martes. Ayer no salí de casa en todo el día y hoy me he levantado más temprano para poder dar un paseo en compañía de mi pareja. Pero según iban pasando las horas, y sin darme cuenta, he ido atrasando el momento hasta que a las 16.00 me he quedado sola otra vez y no he sido capaz de prepararme ni de ir a comprar una barra de pan para la cena. Hoy cenaré fruta. Mañana no sé si pisaré la calle, es una incógnita.

MIÉRCOLES
Hoy es un día festivo, es Todos los Santos, pero para mí todos los días son iguales. Por la mañana no he tenido ganas de salir. Es el único momento del día en el que puedo hacer algo, ya que estoy acompañada, pero de nuevo ha sido una mañana desaprovechada. A partir de las 16.00 me vuelvo a quedar sola, y no se me pasa por la cabeza animarme a salir sin compañía. Así que pienso en hacer los deberes, en poner una lavadora, en leer un libro... Aunque al final no soy capaz de hacer nada. Estoy agotada mentalmente y lo noto físicamente. Parece que he corrido un maratón. Se hace de noche y llega el momento de acostarse. Tengo mucho sueño, pero el insomnio no me deja dormir. Casi a las 06.00 de la mañana cierro los ojos y caigo. Por fin. Voy a soñar. Es la única forma de vivir algo distinto.

 

JUEVES
Hoy me he levantado a las 11.00 de la mañana, he conseguido dormir casi cinco horas. A las 12.00 tengo clase de Sociales. Me gusta. Me he preparado sin pensarlo mucho porque, si me paro a pensar, seguramente no iría. Llego al instituto, acompañada, y como siempre me recorre un escalofrío por la nuca cuando veo que hay gente en la puerta, esperando a que suene el timbre. Voy hacia la entrada cabizbaja, porque si me encuentro con alguna mirada siento que me tiemblan las piernas. Pero consigo llegar a mi clase y me centro en ella. ¡Reto superado! Ahora tengo que ir a comprar, siempre acompañada, algo que necesito. El impulso de haber ido al instituto me ha permitido incluso pararme a tomar algo en una terraza. A las 16.00 tengo otra clase, Naturales. De perdidos al río. He ido también. ¡No me lo creo! Estoy contenta. Llevo casi todo el día fuera de casa. Pero me pasa factura, y por la noche me da una bajada de tensión. Por algún lado tenía que salir toda la que había acumulado a lo largo del día... Mañana tengo instituto a las 09.00 horas, pero son las 05.30 y no me puedo dormir, pensando en lo mucho que me va a costar.

VIERNES
Casi amaneciendo he decidido no ir al instituto. No puedo. Tengo mucho sueño. No estoy preparada para enfrentarme otra vez a tanta gente cuando no he descansado ni física ni mentalmente. Me vuelvo a dormir. Despierto casi a la hora de comer. Me siento muy culpable por no haber ido a clase. Es mi obligación. ¿O no? Precisamente por este detalle elegí sacarme los estudios a distancia, para tener la opción de no ir a clase si no me veo con fuerzas o preparada. Pero me siento mal. Dos clases en blanco. No salgo en todo el día, y eso que hoy sí tengo compañía. No quiero que el día acabe así. Por la noche me pongo un chándal, una coleta y vamos a casa de mi suegra a cenar y a ver la tele. Por lo menos hoy me ha dado algo el aire, aunque sólo haya sido en el coche, yendo de una casa a otra.

SÁBADO
Hoy toca comer con la familia pero, hasta las 16.00 horas, nada. Estoy sola. Comemos en compañía y volvemos a casa. Hace frío y no apetece salir, así que vemos capítulos de una serie, arropados en el sofá. Llega la noche y con ella más sofá, más tele y así termina este sábado.

DOMINGO
Hoy ha amanecido lloviendo. El cielo está triste y me lo ha contagiado a mí. No tengo ganas de nada, solamente de que pase el día. Echo de menos dar un paseo, aunque sea bajo la lluvia, pero el día de hoy pasa sin pena ni gloria. Mañana empieza otra semana. Espero sentirme mejor y enfrentarme a mis miedos. Todos dependerá de cómo amanezca, y del cielo también...

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