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Perú

Un dominico navarro busca ayuda para su misión en Perú

Pablo Zabala, de Oteiza, ha vuelto a su tierra unos días

El dominico Pablo Zabala Martínez, en las naves de Ayuda Contenedores, donde se cargan los envíos para su misión de Boca Colorado.

El dominico Pablo Zabala Martínez, en las naves de Ayuda Contenedores, donde se cargan los envíos para su misión de Boca Colorado.

05/02/2017 a las 06:00

Una túnica blanca anda estos días por Pamplona. También por Oteiza de la Solana, donde su portador nació hace 70 años. Una túnica blanca que comparte color con una larga barba que identifica a los misioneros dominicos. Acento y vocabulario peruano, por los años que lleva en ese país. Y habla y calcula en soles (1 euro: 3,50 soles). Navarro y peruano. O peruano navarro. Depende de dónde esté. “No es lo que tú seas, sino lo que tú eres para ellos”. Lo dice con orgullo de una internacionalidad generosa. “Usted es español de casualidad, es nuestro padre Pablo”, le dicen, mientras sonríe con los ojos, con la boca, con el rostro. Por donde va cuando vuelve a su casa, que tiene muchas en España, además de su Oteiza querida, esta túnica blanca busca, pide y recibe para los de allí. Dinero y cosas, cosas que sobran, porque, para comprar, mejor allí, que es más barato. Organiza mercadillos en la selva amazónica, donde reside desde 2008, y vende barato para comprar lo que haga falta para su poblado de Boca Colorado, en el distrito de Madre de Dios, en el sudeste de Perú, y para todos los que atiende de su alrededor. No hay pérdida. La túnica y la barba blanca son de Pablo Zabala Martínez. La primera la vistió por primera vez cuando tenía 15 años, en Palencia, donde tomó los hábitos. Lo de la barba fue más tarde, aunque se diría que nació con ella. Se la mesa como quien se rasca la cabeza para pensar. Abraza. Y cuando lo hace recibe, además del cariño, sobres que le dejan en su mano, con dinero para los suyos. Porque, cuenta, “Dios se encarga”. Y a donde va, le dan.

El padre Pablo, como le conocen en Boca Colorado, es muy querido y conocido. Llegó cuando su barba no era blanca todavía, pero sí larga. El pueblo donde reside es minero, la población busca oro, y cuando lo describe parece que está pintando una escena del cine del lejano oeste, cuando los hombres llegaban a buscar el mineral dorado e iban construyendo asentamientos. Y todo lo que con ello conlleva.

Así nació en los años ochenta Boca Colorado, un asentamiento minero formado por personas que surcaban el río Madre de Dios, llegaban al río Colorado impregnados de la fiebre del oro. Es una zona, explica el dominico, donde la explotación del oro se hace de forma manual, informal, donde la gente muere ahogada en el río, donde la fiebre y la enfermedad no solo son causadas por el oro, donde la gente trabaja 24 horas seguidas, donde consiguen fácil el dinero y fácil se lo gastan, porque al principio mandan lo que ganan, pero luego ya..., donde por un gramo de oro te dan 160 soles, donde se mezcla la población que llega para buscar oro con la nativa, donde reina el analfabetismo, con gente de paso, bajo nivel cultural, un lugar, ya le avisaron, que podía ser una versión de 2008 de “Sodoma y Gomorra”... “La labor del párroco es la de estar, acompañar”, explica. Pero él hace más. Una de sus funciones principales es la de llevar adelante un albergue que puso en marcha cuando llegó en 2008. Entonces, había ocho chicos y ocho chicas. Hoy son 20 y 20, de 11 a 18 años. Un lugar donde rigen tres reglas: trabajo, estudio y buen comportamiento.

Sí, así lo hacen. Se levantan a las cinco y media la mañana. Y todos trabajan una hora con las gallinas, el huerto, la limpieza... Hasta que desayunan a las 6:30. Una hora más tarde empiezan las clases. Al padre Pablo se le puede ver construyendo capillas, viajando a lo largo del río para atender otros poblados, dando clases, cultivando, barriendo, pintando, limpiando, bailando en las fiestas, conduciendo la furgoneta, celebrando misas, bautizando... A 600 niños ha bautizado en el tiempo que lleva, porque para la población de allí es importante para evitar las enfermedades.

Le gusta contar sorprendido que, cuando ha regresado de visita, en alguna ocasión, a Cuzco, le han recibido “como si fuera un artista, con bandas de música, levantándome en hombros”... Porque había sido párroco del templo de San Cristóbal, una barriada de recursos limitados, donde era muy querido, y esas cosas no se olvidan. ¡Cuenta tantas cosas! ¡Tiene tanta vida y vidas que narrar! Que no para de hablar, porque esa vez de Cuzco a la que se refiere era la primera ocasión en la que regresaba al país después de aquello que ocurrió un día, hace años.

Pasó en 1999, la población “le secuestró” para que no se marchase. Cuando se enteraron que se tenía que ir, la gente se desplazó al aeropuerto para impedirlo. Doscientas personas le agarraban, le sujetaban y no le dejaban irse. A él le habían mandado regresar a España antes de lo previsto. “Quédate padre Pablo”, “Padre no te vayas”, le decían tratando de impedir que cogiera el avión. Fue portada de medios no solo locales, también europeos, como Le Monde. Fue noticia. Y se quedó. Hasta 2001.

 


“SIEMPRE QUISE SER MISIONERO”

Pablo Zabala Martínez nació el 4 de marzo de 1947 en Oteiza de la Solana (Navarra) en una familia con seis hermanos. A los diez años se fue a Villava al Seminario Hispanoamericano de Misioneros Dominicos. “Yo quería, ya entonces, ser misionero y dominico”, asevera. Y eso que su padre había dicho: “Prefiero ir al infierno que tener un hijo cura”. El hijo cura lo tuvo. “Mis dos hermanas se pusieron a servir para poder pagar mis estudios”, recuerda. Estuvo tres años y después ingresó en el seminario Virgen del Camino de los dominicos, en León, donde estuvo dos años. Entonces, como una de sus hermanas ya se iba a casar y no podía seguir financiando sus estudios, le dieron una beca e ingresó en el noviciado de Palencia. Tomó el hábito con 15 años y, desde entonces, hasta hoy. Después llegó al convento dominico de Las Caldas de Besaya, en Cantabria, para estudiar tres años de filosofía. Y algo más estudió, taxidermia. Sí, aprendió a disecar animales. Después, cinco años de teología en el convento para dominicos de Salamanca y vuelta a León. Aquí , en Virgen del Camino, fue profesor de ciencias para seminaristas e hizo la carrera de biología en la facultad de veterinaria de León.

Al terminar la carrera, un proyecto de museo de ciencias naturales en León le llevó a diferentes lugares de Suramérica (Perú, Guatemala, Salvador, Panamá...) a recoger ejemplares. “Fue un viaje científico financiado por Pablo Díaz, fundador de la cerveza mexicana La Coronita”, explica.
A partir de ahí empezó su labor misionera en Perú, la que él quería desde pequeño. Estuvo de 1983 a 1985 en Sepahua; de 1986 a 1988, en Maldonadillo, y de 1991 a 1997, en Purus. Desde 1997 a 2001 le destinaron a Cuzco, “donde me hicieron famoso”, dice refiriéndose al “secuestro” que le “impidió” regresar a España cuando el obispo quiso cambiarle de destino. Dice con cierta satisfacción que fue invitado por Fidel Castro a Cuba en 1990, porque una tía monja del dictador era dominica y había conocido al misionero navarro. Pero no le dejaron.

De ahí, vuelta a España, de 2001 a 2008, al Real Santuario de Montesclaros, en Cantabria, donde fue párroco de varios pueblos. Pero no olvidó su ya tierra, Perú. En esos siete años llegó a mandar hasta 30 contenedores, a Perú y a Argentina, país al que había ido a vivir una mujer que había bautizado en Cuzco y que es a quien le envía el material. Ha estado estos días por ahí, por Cantabria, porque mantiene muchos amigos que siguen mandando sacos y sacos a Boca Colorado, donde le mandaron, por fin, en 2008, como él quería, y donde quiere seguir siendo el padre querido, el padre del “quédate, no te vayas”, la túnica que vive entre los mineros que buscan pepitas de oro.


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