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Salud

La marcha de un hijo sin despedida

La pamplonesa Raquel Besora García se puso de parto en la semana 31 de embarazo (siete meses). Su hijo Adrián nació sin vida y su mellizo Julen, con 1,7 kilos estuvo mes y medio en la incubadora. Reivindica más compresión social y de los sanitarios

Ampliar Surge un grupo de apoyo a madres que han perdido a sus bebés
Surge un grupo de apoyo a madres que han perdido a sus bebés
  • SONSOLES ECHAVARREN
Actualizado el 16/12/2016 a las 10:26
Raquel Besora García se puso de parto el 8 de noviembre de 2011. Tenía 30 años, era madre primeriza y se sintió “muy feliz” al ver que sus mellizos ya querían llegar al mundo. Aunque aún estaba embarazada de 31 semanas (siete meses, una gestación a término oscila entre las 38 y las 42), se alegró de poner fin ya a su embarazo porque uno de los niños estaba creciendo dentro del útero menos de lo esperado. “Ilusa de mí pensé: ‘mucho mejor, que salga y ya crecerá en la incubadora’. Eso creía”, relata esta pamplonesa que ahora tiene 35 años. Pero nada ocurrió según lo previsto. En una ecografía previa al parto, los ginecólogos percibieron que uno de los dos bebés (Adrián, el de menor peso) no tenía latido. “Un médico le preguntó al otro: ‘No oigo el latido. ¿A ti qué te parece?’ Como si fuera lo más normal del mundo. ¡Y yo estaba allí delante! Sola, de parto y no podía dejar de llorar”. A su marido, Leo Potenza García, argentino de su misma edad, nadie le hizo pasar a la sala del ecógrafo. Y le dieron la noticia a él solo y en el pasillo del hospital Joan XXIII de Tarragona (entonces vivían en Cambrils). Hoy la pareja, que reside en Pamplona, tiene dos hijos; Julen, el mellizo de Adrián, de 5 años; y Nahia, de 2. “Estamos bien pero Adrián sigue muy presente en nuestras vidas. Nunca dejamos de imaginarnos qué haríamos si estuviera vivo”, cuenta Raquel, que es auxiliar de enfermera, aunque desde hace cinco años no ejerce. Superado el duelo, quiere ofrecer ahora tu testimonio para ayudar a otras madres en una situación similar. “Se necesita más compresión por parte de los servicios sanitarios, de la sociedad, la familia y amigos”.

El día del parto, rememora Raquel, fue complicado. “Julen salió y se lo llevaron enseguida. Yo solo preguntaba si estaba vivo. A Adrián le costó más salir porque, claro, estaba muerto y no podía empujar”, se emociona. Tras el parto perdió mucha sangre (le tuvieron que hacer transfusiones) y recibió mucha anestesia. “Entonces recuerdo que vino una auxiliar de enfermera con Adrián en brazos, envuelto en una toalla. Pero solo pude verlo a distancia, le toqué un poco la carita y se lo llevaron”. Ahora, con la perspectiva del tiempo, se arrepiente de no haberlo besado, de haberle hecho unas fotos (o pedido a alguien que las hiciera). “No estaba muy consciente. Fue muy duro”. Al poco, les preguntaron a su marido y a ella si querían incinerar al niño (algo que se hace a partir de la semana 24 de embarazo pero que antes no se permite). “Dijimos que sí y dejamos las cenizas en el hospital. Ahora me arrepiento”.

45 DÍAS EN NOTARIOS

Cuando salió de la sala de reanimación tras el parto, a Raquel la subieron a una habitación en la que estaba ingresada una mujer que acaba de tener gemelos. “Tuvieron muy poco tacto. Yo no hacía más que llorar y todo el mundo me decía que no me preocupara que, por lo menos, tenía otro hijo. Lo único que quería era marcharme de allí cuanto antes. La otra mamá estaba con sus dos hijos y yo, con ninguno”. Julen, que había pesado 1,7 kilos al nacer ingresó en la UCI de neonatología, donde estuvo 45 días. “Llegar a casa sin ellos fue muy duro. Allí estaban las dos cunas, el cochecito gemelar...” Raquel y su marido, que trabaja como transportista, pasaban el día en el hospital. “Aunque estés mal, no puedes meterte en la cama y llorar porque tienes otro hijo”. El 22 de diciembre, a Julen le dieron el alta y los tres se marcharon a casa aunque no fueron las navidades que habían esperado con ilusión.

Raquel lamenta que no encontró ni en su familia ni en sus amigos el apoyo que necesitaba. “Nadie me hablaba del tema y solo me decían que me fijara en Julen, que estaba bien”. Sin embargo, esa crianza, cuenta, fue ‘muy dura’. “Si no comía, si se ponía enfermo... Siempre pensaba que le iba a pasar algo. Estábamos muy alerta”. Pese a todo, Julen fue creciendo como un niño sano y a los dos años, Raquel se quedó embarazada de nuevo. Al hacerle la autopsia a Adrián (pesó 900 gramos), descubrieron que el feto había muerto dentro del útero al formarse un coágulo de sangre en el cordón umbilical. Por eso, el nuevo embarazo de Raquel fue seguido como “de alto riesgo”. “Yo estaba llena de terror de que me volviera a pasar. Aunque vieron que no tenía ningún problema de coagulación de la sangre, pedí voluntariamente inyectarme heparina (medicamento anticoagulante)”, recuerda Raquel.
“Físicamente, no tuve problemas pero psicológicamente, lo pasé muy mal”. Al final, como la niña venía de nalgas le programaron una cesárea. “Yo quería un parto natural pero me recomendaron que no me arriesgara”.

En este tiempo, Raquel ha contactado a través de foros de Internet con madres que habían perdido un hijo durante el embarazo o al poco de dar a luz. “El dolor no se mide según la edad del hijo. No hay que silenciarlo sino permitir que se exprese”. Algo que le hubiera gustado saber cuando se puso de parto de sus mellizos el 8 de noviembre de 2011.
Adrián, muy presente en la vida de la familia
 
Adrián García Besora nació sin vida pero es “uno más” en la familia. Sus hermanos, Julen y Nahia, saben perfectamente que podían haber sido tres y su madre dice orgullosa que ella ha tenido tres hijos. “Pero la ley no deja inscribirlo en el libro de familia. Solo si ha vivido 24 horas fuera del útero”, lamenta. Al poco de nacer Adrián, pidieron a los responsables de anatomía patológica del hospital Joan XXIII de Tarragona hacer una foto al niño. “Nos dijeron que no, que ¡para qué la queríamos! Pero yo estaba en mi derecho. Y es la única imagen que tengo de mi hijo”. A sus otros niños les ha hablado mucho de su hermano. “Julen me dice que si Adrián estuviera aquí jugaría al fútbol con él”. Raquel guarda en una caja algunos recuerdos del pequeño (bodys, pijamas, ecografías...) “A los padres habría que darles tiempo para asimilar la noticia”.
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