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Atmósfera

Los "bichos" herbívoros influyen en el CO2 de la Tierra

  • Un estudio indica que limitan la capacidad de los bosques de absorber este gas

Los

Un insecto posado sobre una hoja.

DN
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Actualizada 03/03/2015 a las 10:15
  • E. Press. Madrid
Un nuevo estudio publicado este lunes en 'Nature Plants' muestra que los insectos herbívoros pueden limitar la capacidad de los bosques de absorber niveles elevados de dióxido de carbono en la atmósfera, reduciendo su habilidad de frenar el cambio climático impulsado por el hombre. Así, en un mundo lleno de dióxido de carbono, los árboles podrían prosperar si no fuera por los 'bichos' comedores de plantas.

El hallazgo es importante porque los modelos de cambio climático, por lo general, no tienen en cuenta los cambios por la actividad de los artrópodos en el ecosistema, dice el director del estudio, Richard Lindroth, profesor de Ecología de la Universidad de Wisconsin-Madison, en Etados Unidos. La investigación sugiere que es hora de añadir los insectos a esos modelos.

El dióxido de carbono, por lo general, hace que las plantas crezcan más rápido y las hace más eficientes en la forma en la que utilizan los nutrientes. Pero la magnitud del daño causado por los insectos que comen hojas analizados casi se duplicó en condiciones elevadas de dióxido de carbono, lo que lleva a una pérdida estimada de 70 g de captura de carbono por parte de la biomasa por metro cuadrado por año.

"Ésta es la primera vez, a esta escala, que los insectos han demostrado comprometer la capacidad de los bosques para capturar dióxido de carbono", subraya Lindroth. Además, conforme aumentó su alimentación, se pasaron más nutrientes del follaje al suelo del bosque en forma de materia fecal de insectos y restos de hojas masticadas, mezclándose en el suelo y probablemente alterando el perfil de nutrientes del bosque. "Los insectos mascan hojas y expulsan los restos en los excrementos, por lo que cambian los tiempos del ciclo de nutrientes, así como la calidad", explica Lindroth.

John Couture, exestudiante de Doctorado del Laboratorio de Lindroth y autor principal del estudio, pasó tres años con su equipo analizando el impacto del aumento del dióxido de carbono por sí solo, altos niveles de ozono (que es altamente tóxico para las plantas) por sí solo y los niveles elevados de ambos gases combinados en el cremiento de álamos y abedules en lo que fue uno de los mayores ecosistemas simulados en el mundo, 'Aspen Free-Air Carbon dioxide and ozone Enrichment' (Aspen FACE), un experimento ubicado cerca de Rhinelander, Wisconsin.

A diferencia de un invernadero o cámara atmosférica, el sitio de FACE (ahora fuera de servicio) era un área experimental masiva al aire libre que permitió a los árboles crecer en condiciones naturales, como el suelo natural, la luz del sol y la lluvia. Las únicas condiciones artificiales fueron las que se realizaban experimentalmente. El sitio consistía en una docena de grupos de árboles creciendo en parcelas de 30 metros de diámetro, rodeadas por una red de tuberías de PVC diseñadas para evacuar los gases en el medio ambiente que los rodea.

Fueron expuestos a dióxido de carbono y ozono en los niveles previstos para el año 2050, aunque Lindroth dice que el nivel de dióxido de carbono de 560 partes por millón estudiado es probablemente demasiado bajo. Los árboles fueron plantados como árboles jóvenes a mediados de la década de 1990 y con el tiempo Couture recogió datos para el estudio desde 2006 hasta 2008, tiempo en el que habían crecido hasta parecerse a cualquier número de las masas forestales alteradas que se encuentran a lo largo de Wisconsin.

Tras la recogida de hojas y excrementos de los animales que se alimentan de ellas, Couture midió la cantidad de área foliar consumida por los insectos en cada parcela y tamizada a través de sus excrementos y los alimentos expulsados por estos animales para evaluar la cantidad de nutrientes que salen de los árboles a través de sus excrementos y para ver la pérdida de la biomasa de los árboles.

"Los insectos tienen un nivel básico de nutrientes que necesitan para crecer y para ello, pueden optar por comer alimentos con más nutrientes -por desgracia, los bichos no siempre tienen esa opción-- o comer más", argumenta. En general, el equipo encontró que las parcelas de ozono eran menos hospitalarias para los insectos, reduciendo su comportamiento alimenticio y provocando una menor pérdida de biomasa.

Con estos resultados, los investigadores crearon modelos que les permiten predecir qué podría suceder en los bosques bajo condiciones ambientales cambiantes. "La gran pregunta es si los bosques del norte crecerán más rápido en presencia de una gran cantidad de dióxido de carbono --plantea Lindroth--. El dióxido de carbono es un sustrato para la fotosíntesis. Se consigue convertido en azúcares, que luego se convierten en biomasa vegetal. ¿Podrían los árboles absorber más dióxido de carbono y, por lo tanto, ayudar a reducir su aumento en la atmósfera?".

Como los seres humanos continúan contribuyendo a expulsar más dióxido de carbono a la atmósfera terrestre, la respuesta debería ser porque los árboles actúan como esponjas para el gas de efecto invernadero. Pero resulta que, las hambrientas orugas y sus hermanos insectos, en su propia búsqueda de comida en un ambiente elevado de dióxido de carbono, pueden limitar el crecimiento y reducir la capacidad de los bosques para frenar el calentamiento climático.
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