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Casa Real

Felipe VI celebrará el sábado los primeros cien días de reinado

  • Ha puesto las bases de un reinado que busca ser referente ético, pero en la Zarzuela admiten que aún queda camino

El Rey Felipe VI y doña Letizia con sus hijas
El Rey Felipe VI y doña Letizia con sus hijas
archivo
  • COLPISA. MADRID
Actualizada 21/09/2014 a las 06:00
Era difícil que la fecha fuera redonda, pero el rey Felipe cumplirá prácticamente sus cien días de reinado -se cumplirán el próximo sábado- en un lugar cargado de simbolismo, la Asamblea de la ONU. Alo largo de la próxima semana y hasta mediados de la siguiente, tendrá lugar en Nueva York, como todos los años por estas fechas, la apertura del periodo anual de sesiones que reúne a mandatarios y gobernantes de los 193 países miembros. España quiere aprovechar para dar un impulso definitivo a su candidatura al Consejo de Seguridad, el principal órgano de decisión de Naciones Unidas, durante el bienio 2015-2016. Es una batalla reñida frente a Turquía y Nueva Zelanda. Así que la tarea del Monarca, encargado de pronunciar un discurso que en otras ocasiones ha recaído en el presidente del Gobierno de turno y sólo en tres a su padre, don Juan Carlos, no es menor.

Más allá de los resultados concretos en la votación, que tendrá lugar en octubre y que sin duda dependen de otros muchos factores, la cita resulta clave para contribuir a la tarea que, desde el mismo día de su proclamación, el 19 de junio, se impuso don Felipe: renovar la imagen de la Corona y recuperar la credibilidad perdida por la institución en unos años de severa crisis que han hecho mella en la moral de los españoles y han dinamitado su capacidad de indulgencia frente a los deslices y agravios de quienes, supuestamente, debían aportar soluciones.

La ONU es, según fuentes diplomáticas, como "la presentación en el templo", su puesta de largo en la escena internacional y una oportunidad de demostrar sus capacidades como agente principal de la 'marca España'. En Nueva York tendrá ocasión de relacionarse con dirigentes mundiales y está previsto que mantenga encuentros bilaterales aún por concretar. Sí se sabe que acudirá a la recepción que ofrecerá el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en el Hotel Waldorf Astoria en vísperas de la sesión inaugural.

Si las cosas salen bien, será, en todo caso, un mero paso en un camino que, desde la Zarzuela, se advierte largo. Las encuestas publicadas a lo largo de estos meses en diversos medios apuntan a que la sucesión de don Juan Carlos ha sido recibida como positiva por la sociedad y eso ha hecho respirar aliviadas a las más altas instituciones del Estado porque, a pesar de que en muchas conversaciones discretas, se admitía que la abdicación empezaba a parecer la salida más conveniente para un Rey terriblemente desgastado por los problemas de salud y los escándalos, existía vértigo a que el tiro saliera por la culata y a que, de la noche a la mañana, estallara en España el debate sobre Monarquía o República.

No ha sido así. Las manifestaciones iniciales pronto quedaron amortiguadas y, aunque esta misma semana se debatió en el Congreso de los diputados una moción del grupo Izquierda Plural en el que instaba al Gobierno a convocar un referéndum consultivo sobre la forma de Estado, ese incendio parece, de momento, controlado. Sin embargo, don Felipe ha heredado una institución deteriorada y es plenamente consciene de ello. Justo antes de su llegada al trono, el CISrecogía una valoración ciudadana de sólo 3,72 puntos.

Los vericuetos del 'caso Nóos' y la imputación de la infanta Cristina -sobre la que aún tiene que resolver la Audiencia Provincial de Palma-, el 'tropezón' del rey Juan Carlos en su viaje secreto a Botsuana, la herencia de don Juan en cuentas suizas. Suponen lastres para un reinado al que don Felipe quiere dar el marchamo de honesto y transparente, pero al que apenas ha empezado a poner los cimientos. En la Casa del Rey, pilotada ahora por el abogado de Estado Jaime Alfonsín, exjefe de la secretaría del Principe de Asturias, avisan: "No nos gustan las improvisaciones".

VIRTUD PÚBLICA

Los gestos del nuevo Rey han estado, en efecto, muy medidos. De un lado, ha querido hacer visible que enarbola la bandera de la virtud pública. Un mes y nueve días después de acceder al cargo, la Zarzuela anunció su decisión de someter las cuentas de la Casa Real a una auditoría externa de la Invervención General del Estado (ahora sólo existen los controles internos); se comprometió a aprobar antes de fin de año un código de buen gobierno y un régimen jurídico que establecerá qué regalos pueden recibir los miembros de la Familia Real -restringida al propio Monarca, la reina Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía, don Juan Carlos y doña Sofía-, y prohibió que sus miembros puedan dedicarse a actividades profesionales privadas.

Esta semana se anunció además que el que fuera secretario de las infantas Elena y Cristina, señalado por el juez por estar "al tanto" de las actividades del duque, aunque exculpado de delito, Carlos García Revenga, dejará la Casa antes de fin de año. Y también que, para evitar la "sensación de interferencia", a don Juan Carlos se le habilitará un despacho en el Palacio Real, a más de 20 kilómetros de Zarzuela, donde podrá recibir a quien quiera sin que eso afecte al jefe del Estado.

Otro objetivo es "abrir" y sintonizar con la calle. Las fotos con ciudadanos en actos diversos empiezan a ser habituales y, en julio, por primera vez, los Reyes recibieron a organizaciones de colectivos homosexuales, ejemplo de un nuevo talante que se aprecia en los cambios de protocolo o en la ausencia de símbolos religiosos en la proclamación.

Don Felipe se la juega también en su papel de árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones y más en un momento tan delicado como el actual, con la tensión generada por el independentismo catalán. En lo que va de año ha estado siete veces en Cataluña. En la última, ya como Rey, pronunció un discurso en catalán y castellano, a partes iguales, cargado de elogios a los catalanes. El Monarca no quiere ser un elemento de distorsión en el debate. Al contrario, ha asumido que su papel, dicen en la Casa del Rey, es transmitir mensajes de "respeto, entendimiento y convivencia".


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