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Política

El último debate del bipartidismo, ante el auge de nuevas formaciones

  • Las bodas de plata del Debate sobre el estado de la Nación culminarán una etapa de hegemonía del PP y el PSOE

Debate sobre el estado de la Nación
Debate sobre el estado de la Nación
Preparación del Debate sobre el estado de la Nación
  • Colpisa. Madrid
Actualizada 24/02/2015 a las 07:12
El Debate sobre el estado de la Nación cumple sus bodas de plata. Instaurado en 1983 por Felipe González, se ha celebrado todos los años salvo en los ocho que ha coincidido con los debates de investidura. El del martes será, si se mantiene el desplome de PP y PSOE y la pujanza de Podemos y Ciudadanos, el último del modelo bipartidista instaurado en la transición. El próximo, el de 2017, no limitará su interés al cara a cara entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición porque habrá nuevos portavoces con respaldo de grupos poderosos si no se tuerce la tendencia.

Hace 33 años, Felipe González se medía con el fallecido líder de Alianza Popular Manuel Fraga, que hizo un dibujo apocalíptico de la situación de España mientras el presidente del Gobierno explicaba la expropiación de Rumasa y nadaba entre dos aguas respecto al ingreso en la OTAN. Mariano Rajoy se fajará este martes con el socialista Pedro Sánchez, nuevo en estas lides, con la corrupción y las políticas contra la crisis como hilo conductor de sus alegatos.

Aunque el interés ciudadano mengua año a año -la audiencia televisiva de 2014 fue del 1,2 por ciento-, para las fuerzas políticas y sus líderes es la cita parlamentaria del año sin reparar en (o minusvalorando) que el deterioro de la imagen de los políticos ha ocasionado un inocultable divorcio con la sociedad. Un botón de muestra es que en todos los debates celebrados desde 2010, los ciudadanos concluyeron, según los estudios del CIS, que el duelo no lo ganó nadie.

El debate ha sido una buena radiografía del pulso político del país en las últimas tres décadas. Fueron duelos tranquilos en sus primeras ediciones, cuando González tuvo como adversarios a Fraga, Arturo García Tizón porque el líder de AP Antonio Hernández Mancha no era diputado y Miguel Herrero de Miñón. Aquellas discusiones fueron de guante blanco para lo que se estila ahora, con gotas de histrionismo y algún arrebato catastrofista. El líder socialista despachó sus diez duelos sin demasiados sobresaltos.

Las tornas cambiaron con la llegada de José María Aznar al mando del PP. Los cara a cara se volvieron a cara de perro y el nuevo líder de la oposición reclamó una y otra vez desde 1993 la dimisión del presidente del Gobierno. Lo hizo con una claridad meridiana en 1994: "Váyase, señor González". El poderío del PSOE ya no era el de antaño y el acoso de Aznar, por un lado; y el líder de IU, Julio Anguita, por otro, pusieron en más de un aprieto a González. "Paro, despilfarro y corrupción" fue la muletilla con la que el líder de la oposición martilleaba al jefe del Ejecutivo.

Aznar también despachó sus seis debates sin agobios, a lo que contribuyó la variedad de contradictores que tuvo. El primero fue un desganado González en 1997, al que siguieron Josep Borrell -todavía se recuerda su enredo con los devengos de caja-, Joaquín Almunia y José Luis Rodríguez Zapatero -con el que, sin embargo, vivió uno de los momentos más tensos en 2003 a propósito de la guerra de Irak, cuando aseguró que las armas de destrucción masiva "aparecerán"-.

Zapatero no lo tuvo tan fácil en su media docena de duelos como presidente. Rajoy, que demostró ser un hueso duro de roer, contó con un argumento que tocaba la fibra sensible de muchos, el diálogo con ETA. El entonces líder de la oposición se despachó en su primera cara con el socialista en 2005 con una acusación de "traicionar a los muertos" que fue toda una declaración de intenciones. Debate tras debate hasta 2009, Rajoy echó en cara Zapatero el proceso de paz.

Cambió el discurso en la segunda legislatura del dirigente socialista al encontrarse con otro filón opositor de muchos quilates, la crisis que Zapatero negó en 2009 a pesar de las evidencias. Rajoy reclamó el adelanto electoral en 2010, ridiculizó la política económica gubernamental y, un año después, cuando el Ejecutivo socialista asestó el primer tijeretazo, lo exigió y lo logró semanas después.

TERRORISMO Y CORRUPCIÓN

Investido presidente del Gobierno, Rajoy encontró la horma de su zapato con Alfredo Pérez Rubalcaba, que también tuvo un ariete con el 'caso Gürtel' y Luis Bárcenas, los incumplimientos electorales y los ajustes. El jefe del Ejecutivo capeó los envites como pudo hasta que hace dos años pudo decir que España tenía "la cabeza fuera del agua" de la crisis.

Más allá del resultado, los debates han sido un espejo de la evolución política. En los años de plomo de ETA, los ochenta y primera mitad de los noventa, la política antiterrorista no fue motivo de mayores controversias. Todo cambió a partir de 1995, cuando Aznar introdujo la lucha contra ETA en el arsenal opositor. Aquel año, el PP acosó a González con los GAL y volvió a la carga en 2005 a raíz de los contactos abiertos por el Gobierno de Zapatero con la organización terrorista.

La corrupción, a su vez, era un terreno virgen para la confrontación hasta los últimos años de González, cuando estallaron los casos de Luis Roldán, Mariano Rubio o de la Cruz Roja, entre otros. Esta lacra reapareció cambiada de acera en 2013. Los populares eran ahora los destinatarios de la petición de cuentas por el 'caso Gürtel', Bárcenas o Jaume Matas.

Los debates sobre la crisis económica han sido los más recurrentes en las veinticinco citas parlamentarias. En la década de los ochenta, noventa y en este siglo, Gobierno y oposición han cruzado pullas y acusaciones a propósito de la economía, y el Ejecutivo, cuando ha vivido años de bonanza, ha sacado pecho. Lo hizo Zapatero en 2007, cuando anunció el cheque-bebé de 2.500 euros; y lo hizo Rajoy el año pasado, cuando, además de asegurar que España había "cruzado el cabo de Hornos" de la crisis, presentó una reforma fiscal con rebajas incluidas.

Han sido, de todos modos, veinticinco debates de andar por casa, centrados en los problemas domésticos y alejados de los grandes asuntos europeos o mundiales.


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