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11 DE MAYO DE 2011

Lorca revive, aún con grietas y heridas, un año del terremoto

  • 300 comercios afectados por el seísmo no han abierto, colectivos denuncian que las ayudas llegan "con cuentagotas" y critican que "queda mucho por hacer"

En Lorca, esta semana
En Lorca, esta semana
EFE
  • AGENCIAS.LORCA
Actualizada 11/05/2012 a las 12:15
Hasta 300 comercios de la ciudad que resultaron afectados por los terremotos del pasado 11 de mayo no han vuelto a abrir al público. Un total de 400 personas han recibido atención psicológica desde el pasado mes de junio hasta hoy por el seísmo. Las asociaciones y plataformas de vecinos afectados coinciden en criticar que las ayudas llegan "con cuentagotas". El alcalde culpa a la ley de subvenciones de los problemas burocráticos a los que ha tenido que hacer frente el Ayuntamiento para ayudar a los damnificados. Y los vecinos se manifiesta denunciando que "queda mucho por hacer".

Los habitantes de Lorca (Murcia) recuerdan casi de memoria dos momentos de su particular 11M: las 17.05 horas, cuando se produjo el primer terremoto de 4,4 grados de magnitud en la escala de Richter, y las 18.47 horas, cuando se desató el temblor más dañino, de 5,2 grados, cuya devastación se agravó por la superficialidad de su epicentro.

Nueve muertos, 324 heridos, miles de desplazados, el 80 % de los edificios dañados y pérdidas económicas por la destrucción de instalaciones municipales, casas, locales comerciales, monumentos e iglesias, valoradas en agosto de 2011 en 1.200 millones de euros.

El barrio de La Viña, que desde el mismo 11 de mayo de 2011 comenzó a conocerse popularmente como la zona cero, fue el más afectado y vivió el estruendoso desplome completo de un edificio de cuatro plantas, que, convertido en un amasijo de hierros, se convirtió en uno de los iconos de la catástrofe.

Esta imagen, junto a otras, como la del derrumbe del campanario del santuario de la Virgen de las Huertas, patrona de la ciudad, transmitido en directo por el programa de La 1 "España directo", dieron la vuelta al mundo con una gran repercusión mediática.

Los hospitales Rafael Méndez y Virgen del Alcázar tuvieron que ser desalojados, y sus más de 500 internos, trasladados en 350 ambulancias a otros centros hospitalarios de la región de Murcia, como ocurrió con varias residencias de ancianos, cuyos ocupantes fueron llevados a otras de pueblos vecinos.

El Gobierno de Murcia, que decretó el cierre de todos los colegios e institutos de la ciudad, muchos de ellos gravemente dañados en su estructura, recibió llamadas de las embajadas en España de Estados Unidos, Finlandia, Perú, Rumanía, Ecuador, Filipinas y Reino Unido interesándose por si había compatriotas afectados por los temblores de tierra.

Los dos terremotos del 11 de mayo en Lorca son los más importantes, tanto por el número de víctimas mortales como por los destrozos materiales causados, de la historia de España del último medio siglo, después de los ocurridos en Granada el 20 de abril de 1956, cuando hubo 12 muertos, 70 heridos y 500 edificios derrumbados.

El tráfico de llamadas de Telefónica se multiplicó por 15 en los minutos y horas siguientes a los seísmos de Lorca, y la red de esta compañía no pudo llegar a gestionar las más de medio millón de comunicaciones simultáneas que se realizaron en algunos momentos.

Se colapsó también la red de telefonía móvil de Movistar, la de Orange tuvo dificultades, la comunicación llegó a hacerse casi imposible. No había apenas agua y alimentos, sólo una tienda y un bar abrieron la mañana siguiente al siniestro, y sus propietarios se convirtieron en pequeños héroes salvadores vendiendo comida y bebida.

Hubo que habilitar grupos cerrados de usuarios para que pudieran comunicarse entre sí los militares, policías, sanitarios, bomberos y otros efectivos implicados en las tareas de salvamento más urgentes.

Hasta los bancos tuvieron que instalar cajeros automáticos portátiles para que la gente, que salió de su casa o trabajo casi sólo con lo puesto, pudiera disponer de dinero en efectivo.

Tuvo que interrumpirse durante varios días el tráfico ferroviario, y durante horas el suministro de gas y agua.

La gente deambulaba con bolsas de plástico de supermercados con los enseres que habían podido recoger de sus casas antes de salir huyendo de ellas para buscar espacios abiertos seguros, como jardines y plazas públicas.

Unas 40.000 personas pasaron la noche al raso, y el Huerto de la Rueda, la explanada asfaltada donde se realizaba el mercado ambulante semanal, se transformó en un campo de refugiados dantesco: "Lorca parece Beirut", dijo entonces el alcalde, Francisco Jódar, del PP.

A pesar de que miles de personas intentaban conciliar el sueño, otros tantos incontables, en su mayoría inmigrantes, sobre todo magrebíes, ecuatorianos y subsaharianos, guardaban pacientes y largas colas para recibir algo de comida y agua.

Centenares de médicos, enfermeros, psicólogos, militares de la UME, voluntarios de Cruz Roja y Protección Civil, bomberos, conductores de ambulancia, policías locales y nacionales, guardias civiles, perros especializados en rescate y operarios municipales se afanaban sin descanso para que todo fuera un poco menos doloroso.

Fueron los miembros de la UME quienes montaron el primer gran campamento, que luego fue trasladado a un polideportivo, mejor habilitado para dormir y asearse, en el que llegó a haber 1.518 personas -entre ellas, 40 niños- de 17 nacionalidades, y del que fueron saliendo a cuentagotas durante los meses siguientes a la tragedia, las últimas de ellas a finales de octubre, 5 meses después de los temblores de tierra.

Unos 18.000 de los 92.000 habitantes de Lorca son inmigrantes, casi un 20 por ciento de la población censada oficialmente, sobre todo ecuatorianos (que llaman cariñosamente a la ciudad Lorquito, jugando con el nombre de la capital de su país de origen) y marroquíes, que se dedican fundamentalmente a trabajos agrícolas.

El funeral fue presidido dos días después de los seísmos por los príncipes de Asturias, en presencia de los presidentes del gobierno de España, Murcia y la Comunidad Valenciana, y del ministro de Fomento, en el mismo recinto ferial en el que, poco antes, las familias de los muertos los lloraban al aire libre entre paredes derribadas y letrinas portátiles, con el enervante ruido de fondo de decenas de generadores eléctricos.

Se decretaron hasta tres días de luto oficial, la avalancha solidaria de empresas e instituciones públicas y privadas fue enorme, y, tras saber del drama, casi todos los partidos políticos suspendieron sus actos de campaña previstos para el 12 de mayo.

No obstante, ese día y los siguientes pisaron las calles llenas de cascotes José Luis Rodríguez Zapatero, varios ministros, Mariano Rajoy -entonces en la oposición- y el coordinador general de IU, Cayo Lara, entre otros muchos líderes políticos.

Los colores rojo, amarillo y verde del código semántico semafórico, al que se sumaba el trágico negro que ordenaba su demolición, se convirtieron en un nuevo elemento en casi todas las fachadas de los inmuebles del casco urbano, colores que en cuestión de días iban cambiando.
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