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Dianne Feinstein, la senadora encargada de supervisar a la CIA

  • La determinación de hacer público el entorpecido informe sobre las torturas a detenidos le garantiza un lugar en la historia

Dianne Feinstein

Dianne Feinstein

AFP
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Actualizada 14/12/2014 a las 09:40
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  • Colpisa. Nueva York
En octubre de 2012, Dianne Feinstein, extraordinariamente celosa de su vida privada y poco dada a las entrevistas, concedió una al diario de su ciudad natal 'The San Francisco Chronicle', un mes antes de ganar por cuarta vez las elecciones al Senado. "Pretendo dejar una gran marca", dijo, profética. Resulta difícil decir si anticipaba el impacto que tendría el informe sobre las torturas de la CIA, que su oficina pulía en esos momentos, o era una simple declaración de principios.

Feinstein, que ya entonces estaba a punto de cumplir los ochenta, no necesitaba más marcas que batir. Había sido una de las primeras mujeres en graduarse en la prestigiosa Universidad de Stanford, la primera en presidir el Consejo de Supervisores de la ciudad, la única alcaldesa de San Francisco, la primera senadora de California y la única mujer en presidir el poderoso Comité de Inteligencia del Senado. Una institución dentro de una institución, ante la que se cuadra la propia Hillary Clinton. Y, con todo, la "gran marca" que dejará estaba aún por llegar.

La propició sin querer John Brennan, que cuando fue a verla a su oficina el pasado 15 de enero no sabía con quién se metía. A sus 59 años, el director de la CIA llevaba todavía más en la Agencia de Inteligencia que Feinstein en el Senado, y entre medias había trabajado en la Casa Blanca como asesor de Seguridad Nacional del presidente en materia antiterrorista, donde estructuró el programa de asesinatos mediante aviones sin piloto, conocidos como drones. Barack Obama no regateó halagos al destituirlo de ese puesto para nombrarlo director de la Agencia en la que siempre quiso trabajar desde que vio un anuncio de la CIA en 'The New York Times', cuando iba a la universidad. "John es de los más trabajadores que he visto", le alabó el presidente. "No sé si ha dormido en los últimos cuatro años".

Feinstein, la venerable anciana que presidía el Comité encargado de supervisar a la CIA, le estaba pisando el callo. Hacía tres años y medio que su gente rebuscaba entre los millones de documentos con que les habían inundado cuando el Comité abrió una investigación sobre las llamadas "Técnicas de Interrogatorio Reforzadas", que la izquierda se empeñaba en llamar torturas. La CIA les vigilaba de cerca en esa oficina que les habían habilitado cerca de su central. Al menos en tres ocasiones intervinieron sus ordenadores, borraron documentos y espiaron sus comunicaciones. Habían puesto las manos sobre el borrador de una investigación interna de la Agencia conocida como la Revisión Panetta. O bien algún renegado del organismo la había puesto allí para que la vieran o a alguien se le había pasado.

Cuando el documento desapareció de la base de datos, el personal del Comité supo que no lo había soñado, porque tenía una copia impresa guardada en la caja de seguridad del Senado. Feinstein no se conformó cuando Brennan negó la intervención. Tampoco cuando le dijo que habían sido órdenes de la Casa Blanca. Ella fue con la queja a la Avenida Pensilvania y ahora le tocaba a él ir a ponerla en su sitio para zanjar el episodio. Por aquello de que la mejor defensa es el ataque, acusó a sus empleados de haber intervenido la Intranet de la CIA para robar documentos secretos y amenazó con denunciarlos ante el Departamento de Justicia, que desestimó los cargos.

DISCURSO HISTÓRICO

"Veo esto como un esfuerzo potencial para intimidar a este personal, y no me lo tomo a la ligera", diría Feinstein dos meses después al pleno del Senado, en un discurso de 45 minutos que pasará a la historia como el día en que una octogenaria senadora decidió poner freno al Cuarto Poder. "He oído miles de discursos en este hemiciclo", reconoció el presidente del Comité Judicial, Patrick Leahy, "pero no creo que ninguno de ningún partido haya sido tan importante como el que acaba de dar la senadora de California".

Feinstein acababa de declarar la guerra a la CIA. Y lo más sorprendente es que la histórica legisladora no era la típica progresista californiana, sino alguien que había votado en favor de la Guerra de Irak y de la Ley Patriótica, que defendía las intervenciones de los servicios de Inteligencia como algo "necesario" y que había llamado "traidor" al filtrador Edward Snowden.

"Feinstein siempre ha presionado a la Agencia en privado pero la ha defendido en público", dijo entonces Amy Zegart, que estudia asuntos de Inteligencia para la Universidad de Stanford. Brenann había cometido el error de pensar que podía intimidarla.

Quienes la conocen saben que la senadora puede ser tan amable y bondadosa por las buenas como feroz enemiga por las malas. "No querrías tener en tu madriguera a otra persona que no fuera ella", dijo el senador Mike Thompson, que la ha conocido en ambos frentes. Cuando el martes tomó de nuevo el pódium del Senado para darle jaque a los interrogatorios de la CIA dejó claro que las estratagemas que habían frenado durante dos años la publicación del informe solo sirvieron para convencerla de que tenía que difundirlo.

"Mi determinación de hacer público este informe ha aumentado a medida que crecía la campaña de descalificaciones y artículos en la prensa lanzados contra él antes de que nadie tuviera oportunidad de leerlo", explicó. Feinstein, con su enorme sentido de la responsabilidad, representaba en ese momento lo mejor de Estados Unidos denunciando lo peor del país. "EE UU es lo suficientemente grande como para admitir lo que ha hecho mal y lo suficientemente seguro de sí mismo como para aprender de sus errores", retó.

Para Feinstein, la publicación del informe no era solo su última palabra en la guerra contra ese poder en la sombra que representa la CIA, sino una cuestión de principios. "Hacerlo público es un paso importante para restaurar nuestro valores y mostrar al mundo que somos, de hecho, una sociedad justa y apegada a la legalidad. La historia nos juzgará por nuestro compromiso con una sociedad justa gobernada por las leyes y nuestra voluntad para enfrentar la verdad más desagradable y decir: 'Nunca Más'".

Si ese es el epitafio de la senadora Dianne Feinstein, solo ella lo podrá decir. Los analistas creen que, a pesar de que se enfrentará a la próxima reelección con 85 años y el clamor subrepticio de que debe dejar paso a otras generaciones, "puede ser senadora todo lo que quiera", dijo a CNN Jesse Unruh, que dirige el Instituto de Política de la Universidad de California.

INFORMES POR LA NOCHE

Desde pequeña, cuando su tío Morris Goldman la llevaba a los plenos del Ayuntamiento, y su madre la obligó a estudiar en un internado católico que formaba a sus alumnas para ser influyentes, ella sabía que quería estar en política. Todavía hoy se lleva a casa por la noche gruesos informes que devuelve por la mañana llenos de notas con 'post-it' amarillos.

"Si a Bill Clinton le gustaba quedarse despierto toda la noche haciendo llamadas para hablar de cualquier cosa, ella prefiere quedarse leyendo un informe sobre 'fracking'", escribió su biógrafo extraoficial, Jerry Roberts. "Es persistente y tiene una inteligencia aguda", añade Susan Kennedy, que fue su ayudante. No tiene, según dicen, sentido del humor ni aprecia el sarcasmo. Su mayor cualidad suele ser su carácter moderado y su talento para mediar. Algo que Brennan parece haber desperdiciado, pero que sirvió para que Hillary Clinton y Barack Obama enterrasen el hacha de guerra en una reunión secreta que auspició en su casa de Washington, donde suele organizar encuentros.

Feinstein, hija de un médico casado con una modelo, creció con una madre abusadora a la que con frecuencia tuvo que enfrentarse por ser la mayor de tres hermanas. Su única hija, Katherine Feinstein, fruto del segundo de sus tres matrimonios, fue la presidenta del Tribunal Supremo de San Francisco durante doce años. En esta ciudad se la recuerda por el sonido de sus tacones en las cárceles más pestilentes, cuando empezó como miembro del Consejo de Libertad Provisional para Mujeres, pero también de alcaldesa por saltar del coche oficial y hacerle el boca a boca a un vagabundo al que vio desmayarse desde la ventanilla cuando recorría el peligroso barrio de Tenderloin.

Feinstein se convirtió en una ardiente opositora a las armas el día en que saludó al supervisor Dan White, que acaba de dimitir. En lugar de responderle, White pasó de largo por delante de su oficina y le metió dos tiros al alcalde George Moscone y al nuevo supervisor, Harvey Milk, un conocido activista gay al que Sean Penn interpretó en el cine. Feinstein fue la primera en ver los cadáveres e incluso dice haber metido un dedo en el agujero en busca del pulso.

Ese atentado la convirtió en alcaldesa por defecto, puesto que conservó casi una década, y más tarde en la patrocinadora de una ley para vetar los rifles automáticos por la que parecía que sería recordada. Su determinación para exponer los aberrantes interrogatorios de la CIA ha tomado la delantera, y ahora parece que la definirá para siempre. El jueves, mientras Brennan daba su versión en rueda de prensa, la senadora del collar de perlas rebatía sus argumentos en Twitter.
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