ARGENTINA

Cristina Fernández y el creciente declive del kirchnerismo

  • Después de superar sus problemas de salud, la presidenta argentina trata de capear el creciente deterioro económico y social con un cambio en su equipo de Gobierno

La presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, a su llegada al aeropuerto de Roma.

La presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, a su llegada al aeropuerto de Roma.

efe
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28/12/2013 a las 06:01
  • COLPISA. MADRID
El kirchnerismo da claras muestras de agotamiento en Argentina. Este derivado peronista que llegó al poder con Néstor Kirchner en 2003 y que se ha prolongado con su viuda, Cristina Fernández, desde 2007 hasta hoy no supo o no quiso poner orden y claridad en las finanzas y en las estructuras sociopolíticas durante los tiempos de bonanza económica que disfrutó y ha visto este año cómo los incendios se acumulan a sus puertas. Este diciembre de vandalismo y saqueos en veinte de las veintitrés provincias argentinas con una docena de muertos supone la violenta punta de un iceberg de problemas sociales, económicos y de convivencia que los dirigentes políticos no han sabido dar respuesta. La gestión de los sucesos de Córdoba evidenciaron los errores estrepitosos tanto del gobernador de la provincia, que no le dio la importancia debida a la huelga policial que provocó el estallido, como del Gobierno nacional, que cuando quiso reaccionar le mecha ya había prendido en otras localidades. Al final, la respuesta también ha dado la medida de la clase política firmando casi a ciegas las subidas salariales demandadas. Aunque sin la capacidad de presión de la policía, otros sectores como la enseñanza o la sanidad, con condiciones más precarias que la policía, estudian ya medidas de fuerza a conseguir sus reivindicaciones.

La ola de saqueos se produce pocos días después de que la presidenta argentina regresara a escena tras sus problemas de salud y el obligado reposo de 40 días. Cristina Fernández reapareció pletórica a través de un vídeo de apariencia casera que atribuyó a su hija Florencia. Con una imagen distendida y su habitual locuacidad, CFK se lanzó de nuevo al ruedo político con una medida estrategia para recuperar la iniciativa. Los malos resultados de las legislativas de octubre y la pésima evolución económica requerían un cambio de timón.

La puesta en escena del regreso tuvo su contrapunto político con el mayor cambio ministerial de los últimos años. La buena noticia fue la salida "sin anestesia", según la prensa argentina, de Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de Comercio, especialista en falsear los indicadores económicos y amenazar a los empresarios, que fracasó en su intento de controlar una inflación que alcanza el 25%. La decepción vino con el nuevo ministro de Economía, Axel Kicillof, el artífice de la expropiación de la presencia de Repsol en YPF. Un ascenso que augura pocos cambios en el intervencionismo y opacidad del Gobierno en los asuntos económicos.

Una economía que, además de la galopante inflación, afronta la escasez de divisas, un inquietante déficit público y la caída de la inversión extranjera. Mientras, la población comprueba que por mucho que trabaje su capacidad adquisitiva no hace más retroceder. A ello se une el aumento de la criminalidad y la corrupción. Bajo este conjunto late una crispación social que el Gobierno ha alimentado con una simplista política de polarización en los que los culpables de los males del país son sus adversarios y los sectores críticos que denuncian su mala gestión.

Probablemente, a Cristina Fernández le gustaría emular a su admirado Hugo Chávez y perpetuarse en el poder, al menos un mandato más. Sin embargo las elecciones de octubre enterraron las posibilidades de una tercera elección al restarle los escaños necesarios para forzar una reforma constitucional. Los movimientos entre los posibles aspirantes para las elecciones del 2015 ya han comenzado entre el propio kirchnerismo y las fuerzas de la oposición. A diferencia de Venezuela, Argentina mantiene un vigor democrático que permite esperar un Gobierno que desarrolle el enorme potencial del país y que le integre en la misma corriente que impulsa a muchos de sus vecinos.
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