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BANCA ESPAÑOLA

El líder indiscutible de la banca española

  • Declaró la guerra a la competencia a finales de los 80 porque quería ser el número 1

  • COLPISA. BILBAO
Actualizada 11/09/2014 a las 06:00
Desde hace décadas se ha asentado la idea, a medio camino entre la maledicencia y la más cruda realidad, de que en el Banco Santander sólo hay dos categorías profesionales: "O eres un Botín o eres un botones". Una frase ácida para sintetizar que entre el presidente del banco y la escala laboral inferior no había mandos intermedios, por mucho que algunos creyesen que mandaban algo. Y la personalidad de Emilio Botín no sólo no acabó con esa sospecha sino que la actualizó cada día, fruto no de un poder dictatorial sino de un liderazgo incuestionable.

Con Emilio Botín Sanz de Sautuola desaparece no sólo un directivo carismático sino también el último banquero de la vieja usanza. Biznieto, nieto, hijo y padre de banqueros, tenía prefijado su destino prácticamente desde la cuna y fue preparado para continuar una saga familiar que había convertido un pequeño banco nacido en Santander, en eje de su actividad empresarial. El próximo 1 de octubre hubiese cumplido 80 años y pese a los rumores que circulaban en el seno de la organización, en ningún momento había transmitido señal alguna de que estaba dispuesto a abandonar el sillón, desde el que siempre se había mantenido en la primera línea de combate. A mediados de julio y tras anunciar que en septiembre convocaría una junta extraordinaria de accionistas -se celebrará el próximo lunes para aprobar una ampliación de capital-, se dispararon los comentarios sobre una posible renuncia al cargo, al borde de cumplir los 80 años. Pero todo apunta a que no tenía, por el momento, intención alguna de dejar la tarea que le mantenía en tensión permanente: vigilar la rentabilidad del Santander y azuzar a sus directivos para alcanzar mejores resultados.

EL LICENCIADO DE DEUSTO

Nacido en Santander en 1934, estudió el bachiller en Gijón y sus padres decidieron que debía cursar la licenciatura en Derecho -esa base de formación que vale para un roto y un descosido-, de ahí que eligieran la Universidad de Deusto para comenzar a preparar su aterrizaje profesional en la banca familiar. De su estancia estudiantil en la capital vizcaína se llevó algo más que el título universitario, ya que en aquel periodo conoció a Paloma O'Shea, natural de Getxo aunque de una familia de origen irlandés, con la que se acabaría casando años más tarde.

En 1958 ingresó en la plantilla del Banco Santander como apoderado en la sede central de la capital cántabra para incorporarse dos años más tarde, en 1960, al consejo de administración de la entidad que presidía su padre. Hasta 1977, año en el que asumiría el papel de consejero delegado, pero en especial hasta 1986, momento en el que fue nombrado presidente de la entidad cántabra, Emilio Botín desarrolló una labor discreta, como quien está preparándose en silencio para darle la vuelta a todo. Aunque nadie puede dudar que fue conservador en lo político, decidió ser revolucionario en la banca y sacar al Santander de aquella vida aparentemente apacible y aburrida que invadía a las entidades financieras en España, tras haber superado la fase más aguda de la crisis en el final de los años 70 y el principio de los 80. Por ello, no dudo en romper las viejas reglas de 'no agresión' del sector, para declarar la guerra abierta en el mercado y proclamar que la competencia -tradúzcase por robar cuota a otros bancos- iba a ser su norte y su bandera. Ahí nació la 'supercuenta' en la segunda mitad de los 80, el primer movimiento comercial agresivo de un banco español que apelaba al mercado con un mensaje contundente y hasta entonces nunca visto: "Nosotros le pagamos más por su dinero".

No sólo había decidido que los bancos españoles debían competir, sino también que tenían que crecer -ahí habían sido el Banco de Bilbao y Sánchez-Asiaín los primeros en fijar el rumbo de las fusiones-, y que la expansión internacional era el único camino posible para aumentar de forma significativa el volumen de negocio. Las incursiones en la banca europea han sido siempre una asignatura a medio aprobar -al fracaso de su alianza con el Royal Bank of Scotland le siguió la más reciente apuesta por el Abbey National, la sexta entidad financiera de Reino Unido-, pero sus mayores satisfacciones las obtuvo en Latinoamérica, auténtico foco de expansión del Santander. "Botín ronca en España y ronca en Chile", titulaba la principal revista de información económica chilena en 1997, apenas unos meses después de que el Santander comprara el Banco Osorno, uno de los principales del país andino. Un titular que podía interpretarse como desconsiderado a este lado del charco, pero no en Chile, donde roncar es sinónimo de mandar mucho. Si a su abuela María se le adjudica el honor de haber descubierto las pinturas de las cuevas de Altamira, al fallecido presidente del Santander se le identifica con el arranque de la bancarización masiva en Latinoamérica.

ENEMIGOS, FUERA

Campechano, con enormes dosis de sentido común, nunca toleró las intrigas en su entorno y jamás dudó en utilizar el cese -eso sí, con generosas indemnizaciones, como la que le llevó a los tribunales por los pagos al excopresidente José María Amusátegui y al ex consejero delegado Ángel Corcóstegui- como vía rápida para acabar con quienes pretendían hacer alguna sombra a su liderazgo al frente de la entidad. A enemigo cesado, talonario de plata. Nunca lo ocultó, quería ser el número 1. ¿En qué? En todo.

Su relación con el poder siempre estuvo ligada por la peculiar ortodoxia del manual del perfecto banquero. Así, no dudó en mostrarse siempre 'filogubernamental', independientemente de que el poder estuviese en manos del PSOE o del PP, aunque tampoco se contuvo a la hora de mandar mensajes de advertencia cuando consideraba que las decisiones del Ejecutivo ponían en peligro alguna de las macromagnitudes que influyen en el crecimiento de la economía. De la misma forma, jamás dudó en actuar como el primer embajador de España, allí donde le llevaban sus obligaciones como presidente de la entidad financiera.

Dicen que en un aficionado al golf -y él era un obseso de este deporte, hasta el punto de construir un campo de 18 hoyos rodeando el cuartel general del banco en Boadilla del Monte-, el hándicap que consigues tras jugar en competiciones oficiales es el equivalente al número de horas que se trabaja a la semana, por aquello de que el guarismo desciende conforme mejora la calidad del jugador y la técnica del swing está en relación directa con las horas de entrenamiento en el campo. Pero Emilio Botín era el fiel reflejo de que tal aseveración no es cierta, porque su 'hándicap 11' revela que estaba entre los que pueden ser considerados 'buenos' jugadores, pero nadie dudaba de su intensa dedicación al banco. Más bien, los directivos se quejaban exactamente de lo contrario: por su afición a las llamadas a horas intempestivas y a la convocatoria de reuniones en sábados y domingos.

En torno a Emilio Botín hay un incontable número de 'sucedidos' que están entre la realidad y la leyenda urbana. Es el caso, por ejemplo, de la supuesta decisión de montar una oficina móvil en una furgoneta que utilizaba para desplazarse por Madrid, en la que con cierta frecuencia se hacía acompañar de algún directivo al que sometía durante una parte del trayecto a un duro interrogatorio sobre los objetivos asignados. Cuando consideraba que la reunión había terminado, ordenaba parar la furgoneta y otro vehículo recogía al directivo para reintegrarle a su despacho.


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